Fotografías y texto por Ricardo Otero

Berlín es un corregimiento del municipio de Tona, Santander, y parte del complejo del Páramo de Santurban. Se estima que sus primeros pobladores llegaron alrededor del siglo XII -XIII y otros a mitad del siglo XIX. Es un paso obligado para los viajeros que vienen del oriente, en Norte de Santander, hacia el centro del país. El área es un bello altiplano asentado sobre un manto de montañas onduladas en lo alto de la cordillera oriental a unos 50 km aproximadamente de Bucaramanga. 

Sus pobladores, alrededor de 2.500 habitantes en el casco urbano, son en su mayoría campesinos nativos del corregimiento y habitan a las orillas de la vía nacional a lo largo de varios km que conducen a Bogotá desde los municipios vecinos de Pamplona y Cúcuta (NDS).  

Durante gran parte de mi infancia, todos los viajes con la familia se hacían por tierra en un espectacular Daewoo Cielo modelo 1998. Esto nos permitió a mí y mis hermanos conocer la extensa y maravillosa geografía colombiana, principalmente la ruta Cúcuta – Bucaramanga, que me llevó a grabar en la memoria un lugar en específico por su extraño color y su brutal temperatura, y porque era una recta interminable donde podíamos pedir aumentar la velocidad hasta que las agujas marcaran más de 100 km/h, uno de los tempranos estallidos de adrenalina con la naturaleza como escenario.

El Páramo de Berlín es, por su propia naturaleza, un lugar de suma belleza y de una importancia incalculable para decenas de municipios y comunidades tanto de Santander, como de Norte de Santander. Una fábrica natural de agua que nutre las venas de una tierra ubicada al oriente de Colombia, cerca de los 3.200 metros sobre el nivel del mar, con temperaturas que han llegado a estar cerca de los –10 grados centígrados durante la noche, los cuales pude constatar de primera mano en uno de los viajes más recientes en los que quise tomar fotografías nocturnas y solo logré congelarme las manos en menos de 5 minutos.

Al alzar la mirada, podemos notar un paisaje infinito surcado por lejanas montañas de picos afilados y una vida vegetal exuberante, que los ojos no alcanzan a dimensionar. Una profunda sensación sobrecoge el cuerpo y estremece los sentidos. Por momentos, podemos imaginamos inmersos en la lejanía, nutridos por el poderoso abrazo de la madre naturaleza, rodeados únicamente por silencio, quizá solo interrumpido por el sonido de los pájaros que viajan sobre el viento, arroyos y nacimientos de agua que descienden sobre las faldas de las montañas y los árboles que crujen con su danza invisible.

Berlín es una tierra rica en suelos para el cultivo de papa y en mayor medida cebolla larga, una de las pocas plantas que pueden soportar las inclementes heladas que golpean sus suelos, una de las principales fuentes agrícolas y económicas de la región. 

Dentro de la fauna registrada allí hay distintas especies de aves, patos zambullidores, el mítico venado y cóndores, ave insignia de nuestro país y que hace parte, junto con los animales mencionados anteriormente, de una triste lista de criaturas en peligro de extinción, lo cual delega una responsabilidad incalculable en los habitantes y visitantes de la región, con tal de consolidar una simbiosis con estos seres y con la frágil vida vegetal que allí también tiene su hogar.

El Páramo de Berlín cuenta principalmente con una oferta para quienes amen el senderismo y el camping. Es una aventura sumamente exigente, que está destinada para quienes no teman soportar el clima. 

Los recorridos suelen hacerse con la conducción de guías expertos en la región, principalmente para evitar incidir de forma invasiva y que pueda lastimar o afectar el delicado ecosistema. Avistar la vida silvestre, caminar en medio de frailejones y flora endémica, además de poder observar un cielo absolutamente limpio, sin contaminación lumínica, constituyen uno de los mejores planes para los exploradores que deseen hacer observación de estrellas fugaces y eventos celestes (siempre y cuando el clima y la fortuna lo permitan).

Cuenta la historia que el páramo debe su nombre a un viajero alemán que comparó su clima con el de la capital germana hace cientos de años, una observación bastante particular que otorga significado al peculiar y foráneo nombre del corregimiento. 

Berlín no está exento del peligro, pues se han registrado casos en los que caminantes se aventuran por sus extensas montañas sin una preparación adecuada, lo cual ha hecho que muchos de estos terminen perdiéndose durante horas o días, algo demasiado peligroso dadas las condiciones climáticas implacables que presenta el territorio, lluvias constantes,  granizo, niebla total, además de la dificultad de caminar por el suelo frondoso y húmedo que desgasta el cuerpo hasta llevarlo al límite. Respirar aire seco que congela los pulmones también es otra de las consecuencias de aventurarse en este hermoso y peligroso pedazo de mundo.

Sin lugar a dudas, este es un territorio salvaje, inhóspito y que exige al excursionista, turista o simplemente un visitante casual, un esfuerzo enorme y una voluntad implacable si se desea adentrarse en lo profundo de este páramo, joya de los Santanderes. 

Las imágenes que observamos son una carta de amor a Colombia, o por lo menos, una sonrisa al nororiente de nuestro país, un escenario privilegiado en el mundo, y a su vez, una responsabilidad sobre los habitantes, los entes gubernamentales y cada individuo que tenga la fortuna de observar sus paisajes, interactuar con su gente, sentir su niebla y disfrutar de ser envuelto en un abrazo de hielo gracias a las constantes ventiscas que ignoran cualquier día soleado, convirtiendo a este lugar, en una gélida pintura con un oleaje montañoso verde, ocre y azul. 

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