La vida de un millón de vidas

Cómo el mundo audiovisual ha sido un vehículo para transitar en el tiempo convirtiéndolo en un espacio atemporal.

Por JUAN FERNANDO SÁNCHEZ
Actor, productor teatral y gestor cultural
@juanfernandosanchezv

Cuando nos encontramos con una película o serie y nos engancha creamos un espacio de conocimiento frente a realidades aparentemente distintas y distantes, episodios de la historia que no tuvimos la oportunidad de vivir o viajar a lugares que no conocemos, familiarizarnos con emociones y capítulos de nuestra vida que creímos que nadie más había vivido.

Así como la antropología nos relata esa historia de la humanidad y a través de la tradición oral encontramos rasgos de una especie que tiene los mismos dolores y las mismas posibilidades, en ese enfoque podemos hallar las mismas historias contadas por personas distintas.

Las tragedias griegas habitan en cada esquina y las obras de Shakespeare son protagonistas de nuestra cotidianidad, el mundo audiovisual por su parte es una mezcla de ingredientes que están dispuestos para encontrar la voz de ese grupo de mentes y cuerpos que tienen algo específico que decir, ese algo que conmueve, sensibiliza, empatiza o repele y es lo relevante de las imágenes puestas para contar una historia, construir el camino para transitar por un paisaje que logra llevarnos por diferentes escenarios muy propios e íntimos que detonan preguntas sobre nuestra visión del mundo enmarcado en un espacio de entretenimiento.

El poder de las artes es tan tangible que nos permite transformar nuestra realidad, esas preguntas que nos hacemos al encontrar una manifestación artística desde cualquiera de sus disciplinas y sobre todo las respuestas que nos damos pueden dar un rumbo distinto aunque las historias de las personas se repitan una y otra vez. En ocasiones esos eventos que podemos observar a nuestro alrededor solo se hacen visibles cuando las vemos contadas por otros y nos generan una conexión o nos invitan a una reflexión en ese instante que los notamos como espectadores, pero esos relatos tienen el efecto que permea en nuestro inconsistente y cala de una manera inesperada porque esa es la peculiaridad del arte, darnos la oportunidad de tener una visión subjetiva y que se acomode a nuestro momento específico de vida o conmemorar esos recuerdos que están ocultos en nuestra memoria.

La vida de un millón de vidas

Una apuesta artística desde el audiovisual y que nos permite disfrutar de muchos elementos bien puestos es The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada), una historia que nos lleva a una ficción donde la sociedad padece de una natalidad frágil, hirviendo en gritos de confusión y rebeldía frente a un orden mundial autoritario y de control dictatorial, es esta serie que se basa en la novela publicada en 1985 y que es best seller de la canadiense Margaret Atwood. En su reparto podemos disfrutar de la actuación de Elisabeth Moss, Yvonne Strhovski, Joseph Fiennes entre otras destacadas interpretaciones cargadas de humanidad frente a una realidad que aunque se enmarca en el género de ciencia ficción, haciendo un paralelo constante entre un antes y un después de una sociedad que vivía dentro de unas características similares a las que conocemos hoy día un poco difusas por las circunstancias actuales, pero que tienen rasgos de esas libertades individuales, de cotidianidades que se dan por sentadas y privilegios normalizados, de un momento a otro todo cambia, la ultra derecha toma el mando de las instituciones y en forma de culto oprime el sistema desde la fuerza y el control, transformando esa cotidiana manera de vivir en un régimen en el que se minimizan todas las expresiones, y la vida de todos los habitantes es regida por preceptos religiosos, los días son monitoreados permanentemente y las acciones limitadas, las mujeres minimizadas a la reproducción y labores domésticas, y esos pensamientos o acciones que salgan de lo establecido son condenados, enviados al exilio. Las tres temporadas de esta serie nos llevan por un viaje de emociones, suspenso y preguntas, el camino transitado por June Osborne, “De Fred” este personaje al que le da vida la muy premiada actriz Elisabeth Moss, un personaje atribulado, transformado en su forma pero con espíritu firme y lleno de esperanza.

El cuento de la criada nos hace reflexionar sobre esa forma silenciosa en la que normalizamos el maltrato hacia las mujeres, hacia los homosexuales, ese tácito racismo que de manera sorprendente sigue tan vivo en nuestra actualidad, como ese inconsciente colectivo habita en nosotros y en miles de casos abandona las sombras y rompe el silencio convirtiéndose en un grito aturdidor y avasallante que nos somete al distanciamiento y la segregación.

En muchas ocasiones las preguntas permanecen sin respuesta haciendo un eco casi inaudible en nuestras almas, y ese es el camino que nos propone el arte, es la puerta de salida a una realidad un poco más lúcida en medio de la confusión, es la herramienta con la que contamos para hacer la expresión un camino que transforme las sociedades, todo ha cambiado pero no será la última ni la primera vez que la historia se transforme y esa expresión a la que nos llevan las preguntas siempre estará ahí relatando nuestro camino como sociedad, la pregunta es: ¿hacia dónde queremos que nos lleve ese camino? ¿qué tanto queremos seguir iguales? ¿qué tanto queremos luchar por la democratización de nuestros ideales?

Esta retrospectiva de una realidad distante y ficcionada seguro nos regalará ciertos cuestionamientos, porque muchas veces la realidad supera la ficción.

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