Por ESTEBAN GONZÁLEZ GUITART
Escritor
@glezguitart

Una mirada a la novela ‘Caballo sea la noche’

Decía Lord Byron que el amor era lo único que había que ganarse en la vida, y que todo lo demás se podía conseguir robando. El amor no se puede robar, eso es verdad, pero sí te lo pueden arrebatar, desposeerte, arrancártelo de un día para otro. Quien ha perdido el amor de un ser querido no le queda más que deambular por casa como si fuera un viejo general arruinado que busca, desorientado, el origen de su desgracia. Es una turbación dolorosa y humillante, una úlcera en lo más profundo del hipotálamo y del corazón. 

De eso trata la novela corta de Alejandro Morellón Caballo sea la noche (Candaya, 2019; distribuida en Colombia por la Asociación Colombiana de Libreros Independientes): de la desposesión como consecuencia de una separación, y sus diferentes manifestaciones: la pérdida de un marido, de un padre; la muerte de un hijo y de un hermano. 

El escritor madrileño nos presenta una familia de madre (Rosa), padre (Marcelo) y dos hijos (Óscar y Alan). Tras la ausencia del padre y la muerte del hermano mayor, Alan y su madre se atrincheran en una casa en ruinas, donde Rosa vive a través de las fotografías del pasado, en mimesis con la infancia de sus hijos, y Alan solo encuentra paz en el sueño. 

Miguel Servet, teólogo y científico español del siglo XVI, decía que la luz es lo más hermoso de este mundo, y del otro. En el relato de Morellón solo hay oscuridad, desazón y desesperanza, dolor y miedo: miedo al propio dolor, miedo a que la ausencia y la desposesión se prolonguen y sobre todo miedo de los dos supervivientes, Rosa y Alan, a enfrentarse a lo sucedido a través de la palabra, a pactar un relato, a narrarlo de viva voz, y a presentárselo a todos aquellos hombres y mujeres que viven lejos de ese palacio en ruinas que un día habitó una familia, y en el que hoy viven dos fantasmas. 

No hay descripciones físicas de la novela, pero es fácil imaginar que los personajes de Morellón tienen el cuerpo apagado, las manos descoloridas y el rostro macilento. Si la luz es lo más hermoso de ambos mundos, la oscuridad de Caballo sea la noche es una representación del infierno en la Tierra. 

Con un lenguaje violento, pero al mismo tiempo poético, Alejandro Morellón ha trazado, a través de personajes enloquecidos, sin contacto con la realidad y que viven en el delirio, el retrato más exacto y riguroso de la ausencia: culpas, actitudes pueriles, el derrumbamiento de un imaginario compartido: fotografías, recuerdos, idiomas. 

En ocasiones solo a través de la irrealidad se puede apreciar la dimensión de la certeza. En literatura hay verdades que solo pueden completarse con la metáfora. El lenguaje literal no lo abarca todo. A veces hay que recurrir a la irracionalidad, al onirismo, a las alucinaciones para delimitar el desaliento, para ponerle nombre a la tristeza. El propio título de la novela, Caballo sea la noche, es la mejor descripción de una aspiración de Rosa y Alan: que su abatimiento finalice, que un caballo blanco lleve, tan lejos como pueda, el desconsuelo. 

El mérito de la obra de Morellón es que su narrativa no sigue el paradigma dramático tradicional de historia feliz-final triste, historia triste-final feliz. Su forma de narrar no es lineal y, con ayuda de una prosa simbólica, nos transporta al mismo tiempo a un pasado dorado y a un presente funesto. Alejandro Morellón fue reconocido con el IV Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, con el libro El estado natural de las cosas. Caballo sea la noche es su primera novela.

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