En una conversación con palabras clave, la actriz samaria habló de la relación con sus personajes, de cómo ser mamá la ha transformado y de feminidad.

Después de varios años en el mundo del modelaje, Viña Machado se dedicó a la actuación.

Por Juan Fernando Sánchez

Actor, productor teatral y gestor cultural

@juanfernandosanchezv

Se llama Virginia María, pero con ese nombre la conocen solo en su casa y quizás sus amigos de Santa Marta, la ciudad de donde es. Para el resto de Colombia, y de otros lugares del mundo, es simplemente Viña. 

“Alias Viña”, dice ella. “Alias Virginia”, replico para comenzar el diálogo.

Viña Machado es una actriz a quien se le ven las hechuras de modelo cuando mira a la cámara, cuando camina, cuando arregla su cabello en un dos por tres. Desde los 19 años se metió en ese mundo de las pasarelas, los tacones, los reflectores y las carátulas, después de una adolescencia bastante opuesta a todo ello.

Por el modelaje estuvo mucho tiempo fuera del país absorbiendo otras culturas. Pero a los 25 empezó a recibir llamadas de aquí y de allá para que se convirtiera en actriz. Desde entonces han pasado unos 15 años.

Estuvo meses y meses en las tablas como Doña Flor, el personaje de Jorge Amado, en un montaje de Jorge Alí Triana, y en la televisión ya acumula más de una veintena de caracterizaciones de relieve. Solo por mencionar algunos de los más sonados, fue Brigit en “Lady, la vendedora de rosas”; Consuelo Araujonoguera, en “La Cacica”; Esperanza, en el “General Naranjo”, y ahora es Gloria Mayorga, la compleja jefe de enfermería del Hospital Santa Rosa, en “Enfermeras”.

Hace poco estuvo en la pantalla gigante como Yolanda, una madre de acero en la película Ángel de mi vida, rodada por Yúldor Gutiérrez. 

Confiesa que pasar de modelo a actriz no fue sencillo y solo lo consiguió después de decirse varias veces a sí misma: “Yo no sirvo para esto, pero me gusta”. Entonces, echó mano, seguramente, de algo que es de admirar en ella: su rigurosidad al trabajar sus personajes. “Yo creo en el talento, pero creo también en la disciplina, el estudio. Yo no pienso que sea una mujer muy talentosa, pero sí soy una mujer disciplinada”.

… y llena de intuición, otra herramienta importante para crear personajes. Viña se entusiasma con la palabra: “Creo que la intuición es nosotros de chiquitos, es no dejarse permear por las cosas de afuera que trae ser artista. La intuición te lleva a estar presente. Cuando uno es muy intuitivo está vivo y es muy sagaz ante cualquier cosa alrededor. Los intuitivos la cogemos al vuelo y podemos navegar por escenarios que para otra gente no serían tan agradables”.

Disciplina e intuición aluden al lado claro de ser actor o actriz; pero también el lado oscuro de la artista entró en la conversación. Y lo hizo a través de la palabra autocrítica. Para Viña es horrible, pero la maneja, en cada trabajo siempre chulea un par de cosas. “No soy de las que se tira al piso. Puede que no quede satisfecha, pero trato de que esa insatisfacción me lleve a algún lugar y procuro que lo haga a un encuentro conmigo otra vez”.

Viña, en el juego de palabras con Juan Fernando Sánchez.

LEÓN, EL ESPEJO

El juego con las palabras nos lleva a términos de moda. Pasamos por la resiliencia y desembocamos en la reinvención. Y no hablamos de la reinvención del artista, con el cambio de piel que trae cada personaje, sino del plano personal. Viña vivió un capítulo de su vida que la llevó a reinventarse o, como ella dice, a transformarse: la maternidad. “Esa transformación la vi y la sigo viendo en la que mamá que soy. León (su hijo) no me pertenece, pero es un espejo en el que me miro constantemente. Ahí veo lo que he crecido”. 

Parte de ese “efecto” es la calma que apaciguó su afán. “Siempre queremos más y más. No, yo quiero lo que me está pasando ahora. Después –dice– la vida me llevará a otro lugar que aún no he imaginado”. 

La presencia de León la confronta todo el tiempo, admite. “Un día, mi hijo me preguntó por qué trabajaba tanto y me hace la misma pregunta todos los días, y siempre me tomo el tiempo para responderle. La pregunta ha variado un montón, pero la respuesta constante es ‘porque a mamá la hace feliz’. Es que yo no trabajo, yo hago lo que me gusta. Yo sí creo que tengo una relación ‘muy tóxica’ con mi trabajo y espero tenerla por mucho tiempo”. 

Era inevitable la pregunta sobre cómo había descubierto esa pasión por actuar. La respuesta: una parálisis. “Me mandé a hacer un proyecto y me paralicé. Yo me paralizo cuando un hombre me gusta mucho. En este caso se llama arte”. Sintió la necesidad de estudiar y cuando, dos años después, le ofrecieron de nuevo un personaje, pidió que le hicieran un casting. “Yo creo en los procesos, los necesito. Cuando hice la prueba, me sentí biche, pero más o menos pude usar el cuerpo que tenía antes rigidez y vi por dónde era”. Todo fue fluyendo y aparecieron más papeles. “Entre más chiquito era más estudiaba, porque sentía que cada uno era la oportunidad de vivir una nueva experiencia. Yo digo que no actúo, sino que pongo los pies en un espacio en el cual me convierto en otra persona”.

Hace un par de meses llegó a la pantalla grande en ‘Ángel de mi vida’
Fue Yolanda, la madre de Ángel (Junior Polo) en ‘Ángel de mi vida’, la película de Yúldor Gutiérrez.

DE BRIGIT A GLORIA

Un hecho clave en su carrera fue meterse en los zapatos de Brigit, en “Lady, la vendedora de rosas”. “Fue como si me poseyera. Me empezó a llevar por lugares inimaginables. Yo les decía a los directores no podía parar: ¡Qué es esta tristeza tan horrible! Yo conozco perfectamente sus dolores y salí convertida en otra persona, en otra mujer”.

Viña siente que el actor o la actriz es como un rompecabezas al que los personajes le van dejando piezas bien puestas. “Cuando hice Brigit no había amado así, no había sentido ese amor tan doloroso. No había sido mamá”. Pero ya lo había sido cuando llegó a Yolanda, su personaje en la película Ángel de mi vida, una madre con un hijo con parálisis cerebral. 

“Ella tiene una relación que yo nunca quisiera tener con un hombre. Él no es un compañero, básicamente toma decisiones. Ella tiene una voz bajita y yo no soy así. Pero ella cree que es el soporte de ese hombre y eso es válido. Lo he visto en la cultura de la ‘costa’, de donde soy. Yo lo hubiera mandado para la porra, pero Yolanda lo quería todo”.

Viña trató de racionalizar completamente a Yolanda –algo que odia–, pero tuvo dificultades para meterse en su piel. Ahí empezó a jugar fuerte la figura del director, Yúldor Gutiérrez. “A él le pareció maravilloso ver a Viña completamente anulada, dejando surgir a la Yolanda que él quería. Trabajamos tanto y tan en detalle, que logró aplacar todo eso que yo podía creer o sentir”.

Con ‘Yolanda’ a cuestas fueron dos meses de ensayos y 20 días de rodaje. En cambio, con Gloria Mayorga, el personaje que la tiene en la ventana de la popularidad y el reconocimiento como actriz, lleva dos temporadas. La jefe de enfermería en “Enfermeras” la ha hecho pasar por todo los colores, del rojo al gris. 

Con ella ha vivido experiencias y sensaciones nuevas, como un síndrome de abstinencia, un ataque de pánico y las ganas de morirse. La actriz reconoce que ha sido maravilloso tener un personaje durante tanto tiempo, pero que también le ha demandado mucho. “Yo tengo que dejar a ‘Gloria Mayorga’ en la puerta de la casa. Tengo que ser Viña por un rato”. Sin embargo, les agradece a “Gloria”, a los directores y a sus compañeros de elenco haberle ayudado a construirla en todas sus facetas.

Mirarse en el espejo es la recomendación de Viña a las mujeres.

FEMINIDAD CONGRUENTE

Ya es hora de cerrar la conversación sobre tantas feminidades distintas en la vida de una actriz. ¿Cuál sería el mensaje de esa intérprete para el resto de las mujeres, todas las que quieren hacer oír su voz? “Comunicar de manera correcta lo que queremos –responde–. Y para eso hay que andar por la vida con ‘congruencia’. Pensar y actuar de la misma manera. No quedarse en el discurso. Y lo primero que habría que hacer sería mirarse en el espejo con comprensión y compasión para encontrar esa congruencia”.

Viña se explaya en el tema. “Las mujeres tenemos que reconciliarnos con nuestra feminidad y no estar sujetas a la opinión de otros. Hay gente que dice que soy ruda. No es verdad. Soy una mujer muy sensible, vulnerable”. Y es lógico: si no, no podría ser la gran intérprete que es.

Sin embargo, no cree en la guerra de los sexos. “Me encanta el valor del hombre en la sociedad y me encanta el valor que le da a la mujer. Nunca mis hermanos y mis amigos me han dicho que lo mío no tiene valor, y nunca he dicho que todos los hombres son iguales… Ahí empieza una comunión”. 

Una comunión que en su caso califica de maravillosa: “Siempre fui el amigo con tetas”.

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