Foto por: Prensa «Los Reyes del Mundo»

Rá, Sere, Nano, Winy y Culebro, estos son los apodos de una variopinta hermandad de la calle, algunos más cerca de ser aún niños y otros ya convertidos en hombres, lo cierto, es que para quienes habitan la rudeza y violencia de la calle, el ser niño termina demasiado pronto.

Rá, quien lidera este grupo, recibe un día la noticia de que ha sido beneficiado con la decisión de un juez para reclamar unas tierras que le heredó su abuela, terrenos que en antaño le fueron arrebatados por grupos paramilitares en el Bajo Cauca, es aquí donde nace la necesidad de iniciar esta aventura, este viaje, esta cruzada.

“Esta película es un viaje incierto, y así también fue hacerla, muy intuitivamente, no siempre tenía todas las respuestas, era también mi propio viaje a lo desconocido”. Reflexiona la directora en una entrevista del material promocional.

La película usa la calle y el entorno más hostil de Medellín como una suerte de burbuja ácida en la que se han formado y sobrevivido estos muchachos, un entorno caótico impulsado por una cámara vibrante e igualmente aturdidora como el sonido de miles de cosas pasando al mismo tiempo, un ruido en el que se sienten cómodos los protagonistas, es su mundo, es su hogar, es su campo de batalla. Y es en el inicio de la cinta donde la directora Laura Mora hace su primera declaración de intenciones, mezcla la serenidad de un momento onírico con una voz en off que resulta gentil al espectador, para luego romper la pantalla con el crujir de los metales, ese gigantesco esqueleto del cual están cubiertas las ciudades, un patio gigante, violento, terrible y de una naturaleza grotesca que es el alma y el hogar de estos jóvenes.

Si hay algo que resaltar de entre tantas virtudes que posee esta película, es su capacidad para usar el paisaje, sea el urbano o el natural a su favor, pasando por secuencias sumamente delirantes en las que navegamos sobre una cámara flotante alrededor de los protagonistas en un momento de la película en que son absorbidos por una casa del placer, habitada por criaturas igualmente marginadas, en una de las escenas más confusas emocionalmente, pero filmada de forma brillante y en la que se destacan, además de una clara manifestación de la naturaleza insatisfecha y atormentada de estos muchachos, el retrato de una realidad que aísla a aquellos pobres diablos que tuvieron la desdicha de ser hijos de la calle, los sin tierra.

Foto por: Prensa «Los Reyes del Mundo»

“Esta película es un viaje incierto, y así también fue hacerla, muy intuitivamente, no siempre tenía todas las respuestas, era también mi propio viaje a lo desconocido”. Reflexiona la directora en una entrevista del material promocional.

Si bien la película narra el viaje físico de este grupo de “reyes sin reino”, es también un laberíntico recorrido emocional y onírico, con momentos en que la realidad se superpone en finas capas a los sueños más lúcidos de sus protagonistas, momentos de ensoñación que quizá juegan con el espectador y le advierten de los posibles finales en los que terminará el acto de aventurarse a parajes inciertos a reclamar tierras en un país como Colombia. El paisaje nacional es una criatura viviente que acompaña la travesía de los protagonistas a través de montañas nubladas, ríos dorados, los baña en quebradas y riachuelos y los esconde en la espesura de su selva. Es de destacar el manejo de la composición de la cinta, a cargo del director de fotografía David Gallego de la Asociación de Directores de Fotografía Cinematográfica de Colombia – ADFC, quien logra plasmar la cinética de los colores y los distintos paisajes.

“Los reyes del mundo” es una cinta sobre Colombia, la de antes y la de ahora, la Colombia que habita en las esquinas, en lo popular, en aquello que incomoda y desagrada. Es también una película sobre esperanza, sobre amistad y fraternidad, es una denuncia y un reconocimiento, consolida la aventura de estos chicos como la gran travesía de los sin tierra, es un viaje mágico que por momentos le arrebata a la realidad el territorio de lo palpable, de lo posible, pues en el viaje de estos reyes sin reino, hicieron suyo el mundo que creaban con cada paso hacia lo desconocido, hacia su propio destino, escrito con su sufrimiento y compensado con breves pero poderosos momentos de genuina felicidad.

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