Su primera novela, ‘La manada’, es un grito a todo pulmón por desarmar los estereotipos característicos de las jerarquías sociales ­–en su opinión–, generadores de violencias, y porque los adultos le demos a la adolescencia el lugar de importancia que se merece.

Por Ana Luz Castillo Barrios

Periodista Revista Alternativa

@analuzcastillob

María del Mar Ramón llama a las cosas por su nombre. No tiene pelos en la lengua. Si con su primer libro, Tirar y vivir sin culpa, causó un revuelo en todos los escenarios posibles donde el tema del sexo tiene cabida, al revelar, con la honestidad en su máxima pureza, sus intimidades como mujer, y ubicar el deseo femenino en el plano de los derechos humanos –como activista del feminismo que es–, con su segunda obra, La manada, no se quedó atrás, solo que esta vez dio el gran salto al universo de la ficción, el cual –expresa– le gustó mucho. 

Su primera novela es reveladora, escalofriante; no hay manera de que uno no se identifique con alguna de sus reflexiones o con uno que otro rasgo de sus personajes. Sus primeros renglones describen, de entrada, sin anestesia, el asesinato de un adolescente –Juani– a manos de su mejor amigo –Hache– por esas cosas inauditas de la presión de grupo y los absurdos de las comunidades machistas y de las jerarquías sociales. 

Sus dos obras, sumadas a sus aclamadas columnas quincenales en el canal digital Vice, dirigido especialmente al público joven –y donde trata sin tapujos temas como la masturbación y la pornografía en tiempos de pandemia– han bastado para que críticos literarios y líderes de opinión le hayan echado el ojo y hasta la hayan puesto, a sus 29 años –nueve de los cuales los ha vivido en Buenos Aires– en el podio de las escritoras jóvenes más prometedoras de Latinoamérica. 

Así se destapó María del Mar con la Revista Alternativa. 

“Lo que revela la novela es esa desidia frente a la realidad del país. Esa decisión de continuar pese a sus violencias tan barbáricas”.

Alternativa: Antes de entrar de lleno en las intríngulis de tu novela, quisiéramos saber por qué escogiste Argentina para escapar de Colombia. ¿Querías encontrarte con el boom del feminismo allá o fue, al contrario, que el feminismo te encontró a ti allá? 

María del Mar Ramón: Definitivamente el feminismo me encontró a mí en Argentina. Fue al poco tiempo de haber salido del colegio; yo estaba estudiando antropología en la Universidad de los Andes y quería venir a hacer un seminario documental. He tenido una afinidad con este país desde siempre. Aquí encontré unos escenarios con los cuales me identifiqué completamente, como el feminismo, la política y la escritura. Pero al mismo tiempo, la idea nació de una relación incómoda con Colombia, de esa identidad migrante con la que me conecto totalmente; de esa oportunidad de observar desde afuera la historia y la cultura de mi país, así como también mi propia historia. 

¿Identidad migrante? 

Sí. Hay algo que nos sucede mucho a los migrantes: yo soy de una generación muy marcada por un factor de clase social y para la cual la posibilidad de irse del país se volvió un mandato. Colombia tiene esa obsesión por los títulos: “un máster de no sé dónde, un doctorado en sí se más”. 

Yo no creo eso, aunque suene contradictorio, dado que no vivo en Colombia, pero creo que a algunas personas que establecimos nuestras vidas afuera, sí nos sucede que irnos nos habilitó para hacernos un montón de preguntas sobre nuestra historia. La distancia con Colombia nos permitió la obsesión por Colombia, por entenderla con la esperanza de que al mirarla desde la distancia podamos armar ese rompecabezas. Es común que los migrantes colombianos sintamos que a nuestra historia le faltan muchos retazos para poder contarla completamente. Hay mucho escondido, nada claro. En resumen, es difícil contar Colombia porque es muy complejo comprenderla. Es un país incontenible, pero, sobre todo, inenarrable y eso nos genera mucha impotencia a las personas que escribimos. 

¿Podríamos decir que una de las maneras que encontraste de narrar a esa “inenarrable” Colombia es ‘La manada’? 

Lo que el libro hace es contar, a partir de las historias de las familias de estos muchachos, ubicadas en una clase social media-alta, algo de la situación de distintos lugares de nuestro territorio (valga la pena anotar aquí que los sucesos de la novela transcurren en el año 2004) y, a la vez, el vínculo de esta clase con la violencia del país, que siempre es muy distante, una relación casi ajena. Es un país al margen de un país, con una capacidad para ignorar la realidad del otro, lo que se constituye en una característica de supervivencia muy colombiana aun siendo un país tan trágico y violento. 

Lo que se ve en el libro es, justamente, cómo la violencia les está pasando por el lado a estos personajes, la ven en los noticieros y la leen en las revistas, pero tienen la capacidad de decir: “bueno sé que está sucediendo, pero yo tengo que seguir con mi vida”. Y pienso que esa posición que se ha repetido sistemáticamente en la historia colombiana se recrudeció después de los gobiernos de Uribe. En últimas, lo que revela es esa desidia, esa indiferencia frente a la realidad violenta del país. 

¿Quizás es un mecanismo de defensa? 

Para mí sí podría ser un mecanismo de defensa, pero también creo que hay que responsabilizarse de él. Nos hemos contado durante muchos años que teníamos que sobrevivir, pero creo que hay que hacerse cargo del hecho de que muchas veces los mecanismos de defensa son salidas sociales muy cómodas. Hay una idea de que eran necesarios, pero hoy en día esa posición hay que cuestionarla y cambiarla tajantemente. Lo lógico es que, si pasan esas cosas, el país se pare. Creo que es un acto de generosidad que si otros no pueden seguir con su vida, yo tampoco pueda seguir con la mía. Es lo que le hace falta al país: la comprensión colectiva de su situación. 

¿Algo de eso pudiste percibir con las manifestaciones del Paro? 

En mi opinión, lo que está pasando con el Paro tiene origen en una generación con una sensibilidad distinta, que ha podido construir a partir de otros medios, de la internet, de las redes. A esta le parece totalmente espantoso e inadmisible lo que pasó antes, y no está dispuesta a seguir con la vida: “Se para hasta que se resuelva”. Creo que esa potencia de los jóvenes en otros escenarios sí ha sido superimportante para empezar a cambiar esa tradición de desidia de Colombia. Yo lo miro con ojos superoptimistas. 

Otro problema que tú reflejas en ‘La manada’ es el desconocimiento y la poca importancia que los adultos le damos a la etapa de la adolescencia. ¿Tuviste esa intención? 

Totalmente. En ese sentido tuve dos propósitos: el primero es que quise hacer personajes muy ‘odiosos’, ‘horribles’ (risas). Mi intención era, incluso, hacer sentir algo de empatía por ellos. A mí me interesaba que, en comparación con una novela donde son muy claras las víctimas y muy claros los victimarios, en la mía eso no quedara tan claro, hasta el punto de que el lector sintiera simpatía, angustia o lástima por esos personajes horribles. 

Es un desafío muy fuerte… 

(Risas). Para mí no hay personajes ni buenos ni malos; hay gente que está puesta bajo unas situaciones y que, bajo ciertas presiones, comete errores. Quise mostrar que las personas que más se afectan por los sentimientos ajenos, por lo que sus pares piensen de ellas, pueden llegar a ser los más violentos. Por otro lado, quise proponer un trato para que los adultos busquemos entender lo difícil que es ser adolescente y ponernos en su lugar; exponer cómo subestimamos y no le damos importancia a todo lo que sucede en esa etapa. Eso nos ha hecho mucho daño. Siempre recuerdo mucho esa frase que nos decían nuestros papás o mamás: “Bueno, ¿pero si sus amigos le dicen que se tire de un quinto piso, usted se tira?” Y uno respondía NO, pero internamente yo pensaba “claro que me tiro”, porque no quiero quedar como la que está por fuera del grupo. 

Hablemos ahora de la construcción de esos dos personajes: Hache y Juani…  

Estos personajes debían ser muy funcionales para la historia que yo quería contar. La forma de construirlos es muy arquetípica porque de alguna manera son seres con los que uno se ha topado en la vida muchas veces. Creo que eso le está pasando a la gente que lee el libro: identifica a los personajes con alguien de su historia, de su vida, de su realidad y les ponen los nombres de su grupito del colegio, por ejemplo. Se trata de construcciones alrededor de los valores que históricamente se les ha endilgado a los hombres: ser machos, tener fuerza, ser insensibles, esconder, no revelar. Yo no soy un hombre y no fui criada como hombre, entonces buena parte de sus caracterizaciones corresponden a la observación y la imaginación. 

La escribiste durante la pandemia. ¿Esta cambió en algo ese ideario original de tu novela?

La pandemia afectó muchísimo mi escritura. Escribí toda la novela durante el confinamiento. Yo venía pensando esta historia, pero más para una lógica de cuento; nunca me creí capaz de escribir una novela. Pero la pandemia me dio tiempo, mucho tiempo para escribir. Y también me dio disciplina. La empecé a escribir para no enloquecerme con el encierro y para mí fue un ejercicio esencialmente entretenido. La verdad es que me quedó gustando este plano de la ficción. También le aportó un tono particular a la novela, un tono opresivo. El solo hecho de pensar en la muerte, en la imposibilidad de volver a Colombia hizo que su escritura adquiriera un tono lúgubre, a veces algo claustrofóbico. Mantiene latente esa sensación de que algo espantoso está por pasar. 

Otro de los aspectos que destaco de tu obra es que, al leerla, pude escuchar ese grito incesante por erradicar los estereotipos. ¿Esa fue otra de tus intenciones? 

Me interesaba mucho desarmar estereotipos y mostrar que eso de que “los chicos son el reflejo de los padres” no es tan cierto. Que la presión es parte de nuestra esencia. Ellos están puestos en un mundo terriblemente violento que no logran visualizar, pero sus padres y sus madres sí lo hacen; sin embargo, le dan la espalda. Y, en concordancia con ello, era muy importante que el libro hablara de la clase social, y lo hiciera de manera vulgar. Yo creo que la diferencia de clases en Colombia es obscena. Y es muy difícil escapar de los estereotipos, al mismo tiempo que son máquinas generadoras violencia. Yo no sé cómo se puede cambiar eso. Solo llegué hasta retratarlo. Y si con la lectura del libro se escucha ese grito que tú mencionas, creo que este ha cumplido su misión y eso me alegra mucho… 

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