Betty Garcés, la soprano colombiana más destacada de estos tiempos, oriunda de Buenaventura, nos abrió su corazón para compartirnos su maravillosa historia, que la ha llevado a grandes escenarios de la lírica en el mundo.

“El litoral pacífico está impregnado en mi canto, en mí. Siempre lo llevo conmigo en las presentaciones que he tenido la oportunidad de hacer en más de 20 países”.

Por Ana Luz Castillo Barrios

Periodista Revista Alternativa

Nació con la música circulando por sus venas, en el seno de una familia sencilla y amorosa, en el barrio El Trapiche del “bello puerto del mar, mi Buenaventura”. Sin embargo, ella no advirtió la grandeza de su don hasta cuando el dolor desgarrador por la muerte de su adorable abuela materna, Eufemia, cuando apenas tenía nueve años, la hizo llorar sin sosiego en el último rincón de su casa. Sus amargos gemidos pronto se convirtieron en melismas y melodías que develaron sus aptitudes para el canto. Su prodigioso talento posicionó a la soprano Betty Garcés como la máxima representante afrocolombiana de la lírica y una de las más destacadas del mundo. Pero cumplir sus sueños no ha sido una tarea fácil.

Alternativa: Naciste en un lugar que es esencialmente música, pero la música también ha estado siempre el ADN de tu familia. Imposible, abstraerse de ese destino, ¿verdad? 

Betty Garcés: Sí. En mi familia hay varios músicos empíricos y con mucho amor por todo lo que tiene que ver con las artes. Crecí en una casa llena de música, especialmente de ¡salsa! Mi papá (quien falleció hace tres años) amaba esta música. Y los recuerdos que tengo son de él reuniéndose cada ocho días con sus amigos para tomarse unos tragos y escuchar salsa a todo volumen, todo el día…

¿Cómo fue el proceso para descubrir tu prodigiosa voz?

Siempre cuento esta historia con mucha emoción porque es preciosa. Yo perdí a mi abuela a muy temprana edad. Fue algo extremadamente doloroso para mí, ya que en ese momento yo estaba pasando por situaciones emocionales muy difíciles. Tenía muchas dificultades de comunicación con mi familia; estaba sufriendo bullying en el colegio, no la estaba pasando bien y no existía para mí un espacio en el que pudiera abrirme y expresarme. Así que mi refugio era mi abuela. Ella vivía en el primer piso de la casa; nosotros en el segundo. Entonces, todas las mañanas, lo primero que hacía era bajar las escaleras para encontrar a la abuela; me sentaba en su regazo y desde la puerta de entrada de la casa veíamos los carros y la gente pasar. Ella me mecía, me decía “mi currucundungo”, me cantaba. Esos eran los únicos momentos cuando mi corazón se sentía contento, correspondido, en casa, aceptado. 

Mi abuela era sorda. Y resulta muy curioso que esa conexión entre nosotras haya sido tan fuerte pese a esa dificultad, porque ella leía los labios muy bien, pero no escuchaba lo que yo le decía. Sin embargo, no necesitábamos las palabras para comunicarnos. 

Cuando ella murió me quedé sin piso, estaba sufriendo muchísimo. Durante el periodo de duelo me iba al cuarto de San Alejo, y allí, cuando ya no podía soportar el dolor, comencé a llorar amargamente, a gemir, y de alguna forma esos gemidos se fueron convirtiendo en melodías que empezaron a fluir de lo más profundo de mi ser. Era mi alma necesitando volar. Dios me dio la oportunidad de liberarme a través de ese nuevo lenguaje.

¿Hasta ese momento habías escuchado algo de ópera? ¿Tenías algún conocimiento de ese mundo del arte lírico? 

Durante el tiempo que viví en Buenaventura nunca tuve la oportunidad de escuchar arte lírico. La música clásica vino después a mi vida…

¿Cómo llegas al conservatorio de Cali? 

Me fui a vivir a Cali cuando tenía 14 años. Allí, después de terminar el colegio me presenté al Conservatorio Antonio María Valencia, ya que mi hermana mayor, Adriana, me animó. Para lograr aprobar la audición me preparé con una profesora, quien me enseñó a tocar la guitarra que mis papás me habían regalado cuando era más pequeña. Ese fue mi primer instrumento, pero no había podido tocarlo porque en esa época no contábamos con un profesor de guitarra en Buenaventura. Aunque en un principio era lo yo quería estudiar, la profesora me motivó a inscribirme también a canto. La idea era cantar mientras me acompañaba con la guitarra, pero el día del examen no pude tocar el instrumento porque estaba muy nerviosa y me tocó cantar a capella. Una semana después me dieron el cupo, pero no para guitarra, sino para canto. 

¿Qué cantaste en el examen? 

La balada Hijo de la luna del grupo Mecano, que en ese momento estaba en furor y a mí me encantaba. Así comencé a estudiar sin tener la menor idea de qué se trataba el canto lírico. Pero esta profesora empezó a llevarme a su casa para hacerme escuchar grabaciones de los cantantes del arte culto que a ella más le gustaban. Y allí pude escuchar una grabación de una mujer increíble, la famosa afroamericana Jessie Norman (fallecida en 2019). ¡Al escucharla me estremecí por completo! Me llegó tan directamente al alma y a mis sentidos que yo dije “¡quiero hacer eso, necesito hacer eso!”. Ese fue el momento de iluminación para mí.

¿Cómo fue el salto a Alemania?

Fue un reto por donde se le quiera ver, y lo sigue siendo pese a los años que llevo aquí (desde 2009). Llegué a este país ‘por culpa’ del profesor Francisco Vergara, destacado cantante caleño, quien trabajó durante bastante tiempo con la Ópera de Colonia. Volvió a Cali para encargarse del taller de ópera del Conservatorio y para recibirlo los estudiantes le preparamos un pequeño recital. Yo interpreté un aria de la ópera Julio Césary Cleopatra, hermoso, por cierto. Al final del evento, la maestra me llamó y me dijo “Betty, el profesor Francisco quiere hablar contigo”. Hicimos una cita para el día siguiente y en el transcurso de la conversación me dijo cosas muy positivas; me habló sobre el potencial de mi talento y sobre la posibilidad de ir a Alemania a especializarme. Eso fue tremendo para mí porque mis horizontes eran muy pequeños. ¡Se me abrieron los ojos, la mente y el corazón! ¡Y empecé a soñar con ello! Sin embargo, el maestro Francisco conocía mi situación, sabía que no me era posible financiar estudios en el exterior…

“Se han abierto puertas, pero, por mis características físicas, no todas las que he tocado. Espero que Dios me permita abrir muchas más sin necesidad de enfrentar las barreras de las razas”.

¿Qué hizo, entonces? 

Emprendió una campaña para recaudar fondos. Cada vez que teníamos un concierto o un recital, me presentaba con alguien clave del medio. Siempre decía “esta es Betty, nuestra candidata para ir a hacer una especialización en arte lírico en el exterior”. Habló con empresas de Cali, con amigos, con su familia, con personas que ni siquiera me conocían; logró conmover sus corazones. Incluso, una de estas personas que aportó estaba en estado terminal y su último deseo fue firmar el cheque con el que me ayudó a llegar a Alemania. Ni siquiera me conocía. ¡Esto fue fantástico! (lágrimas). 

¿De alguna manera sientes que fueron ángeles que Dios puso en tu camino?

¡Totalmente!  Durante toda nuestra vida estamos rodeados de ángeles personificados en quienes nos apoyan y nos ayudan a salir adelante. Son bendiciones que tocan el corazón y nos hacen ver maravillas que a simple vista no vemos. 

“Ella (su abuela materna) me mecía, me decía “mi currucundungo”, me cantaba. Esos eran los únicos momentos cuando mi corazón se sentía contento, correspondido, en casa”.

Entiendo que pudiste aprender el idioma alemán en tiempo récord. ¿Cómo lo lograste?

¡Pues, ni yo misma lo sé! Cada vez que los estudiantes que quieren emprender ese viaje que yo hice, me preguntan por el asunto del idioma, yo les cuento que hice un curso intensivo de ocho meses, pero que a los cuatro ya lo hablaba fluido. Y creo que eso se debió a la gran emoción que sentía por lo que estaba viviendo. ¡La adrenalina me brotaba por todos lados! Tenía tantas ganas de vivir la aventura, que ese fue mi motor. 

Aun así, me imagino que enfrentaste obstáculos. ¿Sentiste discriminación o xenofobia por tu raza? 

 Claro que sí. Es algo que desafortunadamente nos acompaña toda nuestra vida. Durante mucho tiempo, no fui consciente de la situación. No entendía actitudes como, por ejemplo, cuando estaban los estudiantes sentados en el salón y yo me sentaba junto a ellos, todos se paraban o se retiraban del salón. O cuando –algo que aún me pasa– voy viajando en un bus en Berlín y me siento al lado de alguna persona y esta agarra el bolso o lo pasa al otro lado. Yo no entendía por qué pasaba eso hasta que de tanto vivirlo empecé a comprender la estigmatización qué nos rodea. En la ópera también se da mucho… 

¡¿Cómo así?! 

Sí, es un poco difícil porque hay líderes muy conservadores. Este es un género que nació en Europa y aquí los directores escénicos están acostumbrados a ciertos prototipos de personas para cada rol. Enfrentar eso ha sido muy difícil porque debo empezar por romper paradigmas. Gracias a Dios se han abierto puertas, aunque aún no todas las que he tocado. Y espero que Dios me dé la fuerza para seguir ayudando a que eso cambie; a que todos tengamos las mismas oportunidades, sin importar cómo nos veamos o de donde seamos. 

¿Eres consciente de que con tu trabajo estás cambiando la historia para volverla más inclusiva?

Sí lo veo, y más que sentirlo como un privilegio, lo asumo como una gran responsabilidad. El hecho de ser la primera cantante lírica afrocolombiana en los escenarios internacionales es maravilloso, pero implica un gran compromiso. El camino aún no se termina de labrar. 

Hiciste un maravilloso video recientemente en tu litoral pacífico. Háblanos de esa experiencia. 

Es un lugar presente en cada momento de mi vida, en cada concierto. Los atardeceres con sus arreboles, las risas de la gente, la calidez de los vecinos; las lluvias de todas las tardes; las bañadas en el aguacero cuando era chiquita, con mis primitos; con los amigos; ir al parque solo para escuchar el sonido del mar… Todo eso está impregnado en mi canto, en mí. Yo llevo Colombia siempre conmigo y mi deseo es que el mundo conozca su riqueza musical. En cada una de las presentaciones o grabaciones procuro que esté presente el repertorio colombiano de canto académico. Así he podido regalar un poco de nuestra alegría a públicos de más de 20 países. 

Cuéntanos de qué se trata el colectivo Point of Difference, que tú creaste. 

Es un colectivo preciosísimo que apenas está en su primera fase, pero que nace del deseo profundo de mi corazón de salir un poco de los parámetros arraigados en mi profesión y de abordar las necesidades de las poblaciones desde el arte. El propósito es armar un buen parche (risas) de gente muy talentosa, bien formada y creativa, para aliarnos con personas de diferentes profesiones, de tal manera que juntos podamos crear una especie de zona franca donde hagamos arte, pero con el objetivo de hacer el bien. Soy una convencida de que los talentos que se nos han dado no son para ser famosos o ricos, sino para dar bondad. Haremos proyectos que podamos llevar a diferentes comunidades alrededor del mundo y así ayudar a resolver problemas, por ejemplo, de educación. Queremos hacer transformaciones que traigan liberación a las personas.

Para el próximo año Betty está preparando una gira de presentaciones por el Pacífico colombiano y en Bogotá.

Hemos hablado mucho de tu talento y de tu arte, pero ¿quién es Betty, la mujer? 

Betty, la mujer, es alguien que siempre ha sido bastante tímida. Soy muy reservada, pero, eso sí, llena de mucha dulzura y soñadora. 

“Soy una convencida de que hemos sido creados para hacer el bien y eso es lo que pretendemos con Point of Difference: hacer el bien a través de las artes”. 

Cuéntanos, finalmente, ¿en qué estás trabajando y cuándo volverás a Colombia?

Estoy consagrada a la consolidación de Point of Difference. Para el próximo año están en marcha muchos proyectos que me hacen muy feliz. Está programada una pequeña gira por el Pacífico, pero no puedo decir mucho más. Está contemplado dentro un gran proyecto, pero hasta ahí… (risas). Será una grandiosa sorpresa. Eso sí, voy a pasar por Cali, Bogotá y Popayán. Se avecina un gran cambio para el Pacífico… 

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