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Por JUAN FERNANDO SÁNCHEZ

Actor, productor teatral y gestor cultural

@juanfernandosanchezv

El emblemático director de cine inglés que trascendió el tiempo y quedó enmarcado en la conversación popular, cumplió el 29 de abril, cuatro décadas de su muerte. En una Inglaterra que ha dado su aporte al arte y a la sociedad con innumerables figuras que han transformado el pensamiento y su camino, nació el maestro del suspenso Alfred Joseph Hitchcock quien aportó al desarrollo del lenguaje cinematográfico una visión innovadora y moderna en ese paisaje tan homogéneo.

Creció en un entorno aparentemente normal y con condiciones afortunadas más no excesivamente holgadas, ‘Cocky’ como lo mentaban sus compañeros de adolescencia tenía una personalidad rebelde y con templanza resultado de una crianza rígida y con la austeridad, el orden y la disciplina como ingredientes fundamentales en su escala de valores. Esta manera de crecer acompañado de su paso por colegios de jesuitas marcaron su posición frente a la culpa y lo prohibido esbozando los primeros colores de su estilo único y vanguardista, posición clara en sus filmes, el desafío a la moral y la fascinación por ser ese ojo del observador.

Siendo desde sus inicios en la Famous Players-Lasky, una productora de cine de Estados Unidos que llegó a Inglaterra, empezó como diseñador de decorados ya que venía del mundo del dibujo publicitario y era un evidente admirador de la estética y la belleza. Poseía un milimétrico gusto que trasladaría no solo a sus sets de filmación sino también a su devota mirada hacia sus musas, sus actrices, entre las cuales podemos nombrar a Grace Kelly, Janet Leigh, Tippi Hedren y Kim Novak, grandes luminarias del cine de Hollywood y que encontraron en el cine del enigmático director una vía para desarrollar personajes emblemáticos y que las catapultaran a ser iconos no solo del mundo del celuloide, sino también como referentes de la moda y la exclusividad.

Hitchcock era una persona bastante peculiar, controlador y pendiente de hasta el último detalle, características propias de una moralidad fragmentada por los diversos tránsitos entre lo correcto y socialmente aprobado, siendo este su sello como director de cine de autor, y que inspiraría a fulminantes colegas como Kubrick y Truffaut, abiertamente admiradores de su estilo que siguieron sus mismas pinceladas de cinismo y vanguardista transformación. Pero el maestro del suspenso ha influenciado a generaciones de personas que se han dejado estremecer con su legado, un legado que desde los novedosos detalles de su ingeniería cinematográfica pone al espectador en una incómoda morbosidad, y quien que haya visto Psicosis (1960) no se involucró con la enfermiza relación de Norman Bates y la figura de su madre, evidentes rastros de una esquizofrenia y complejo edípico, o en Vértigo (1958) que es un viaje minucioso por las complicaciones psicológicas de un detective retirado debido a los errores cometidos por su acrofobia (temor a las alturas) y que se ve impulsado a combatir su miedo.

Estas como la mayoría de las historias de Hitchcock, nos sumergen en un océano de emociones primarias, enfermedades mentales y retorcidos círculos de realidad humana, lo que es paradójico es que ese cúmulo de comportamientos es examinado, retratado y puesto bajo el lente de un microscopio y en frente del lente de una cámara por un común y corriente transeúnte en sus maneras, que su miedo fue el combustible más inflamable para contar historias escalofriantes, un hombre que se casó virgen a sus 25 años y que estuvo con la misma mujer toda su vida, de lo que se puede deducir que los seres humanos estamos siempre enmarcados bajo las mismas pasiones y que nos regimos por los mismos deseos, simplemente hay que saber mirar.

¿Qué diría Hitchcock?

Por estos tiempos donde la humanidad y sus costumbres se ha visto obligada a saltar a unas nuevas posibilidades y los escenarios hipotéticos se volvieron tesis comprobadas, la pregunta que surge es ¿qué diría Hitchcock? Y poniendo sobre la mesa dos de sus más emblemáticas obras como ejemplo:

Los pájaros (1963) nos cuenta la historia de Melanie que persigue al abogado Mitch Brenner hasta el apacible pueblo Bodega Bay y son inesperadamente atacados por miles de pájaros con ánimos enardecidos y que llegan de la nada a causar una catástrofe, dejando el interrogante de ¿por qué aparecieron?, ¿cuál es su propósito?, ¿de qué manera los podemos combatir? Porque no hay nada que podamos hacer más que ocultarnos y esperar. Este relato podría describir una situación muy actual.

En La ventana indiscreta (1954) la historia se basa en un fotógrafo que por causa de un accidente se ve obligado a estar confinado en su apartamento con una pierna enyesada. Sus días transcurren fisgoneando la vida ajena de sus vecinos, imaginando sus cotidianidades, repitiendo sus rutinas y merodeando sus historias descubre un asesinato en un edificio que tiene en frente y se encuentra con la impotencia de no poder hacer algo, creando un universo de factores y razones alrededor del crimen y que de la compañía de su novia encuentra una manera recursiva para desenmascarar al asesino. Un filme con la sustancia inconfundible de Hitchcock; voyeurismo, suspenso y paranoia.

Estas dos películas del cineasta británico podrían ser complementos muy acertados de nuestros días donde las preguntas surgen, el imaginario se acentúa y el porvenir no es muy claro, la genialidad de un transeúnte ordinario que creó historias extraordinarias que caminan por el tiempo asegurándonos que la ficción no es un retrato de la vida, intensifica su naturaleza y en la mayoría de los casos la realidad si supera la ficción.

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