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Elvis Presley, inmortalizado por siempre como “El Rey”, quien fuese universalmente inscrito en las páginas de la historia como una leyenda del rock and roll, no solo era una voz revolucionaria. También era un conjunto de características que configuraron un personaje surrealista, bendecido con un histrionismo escénico que potenciaba su interpretación musical, con la cual desató un huracán de erotismo que se desprendía de movimientos epilépticos y vibrantes de sus piernas, brazos y una indiscutible actitud rebelde.

Para principios de los años setenta, su nombre y espectáculo conquistaron Nueva York, uno de los grandes objetivos de quien en un principio, no fuera más que un joven de Misisipi, tocando una sencilla guitarra por los caminos de Norteamérica y soñando con convertirse en Chuck Berry o “Bill” Halley.
También tuvo una abundante faceta como actor de los años cincuenta y sesenta, películas (en su mayoría) de moderado éxito, que ciertamente no opacaron su interpretación musical en las mismas, destacando “El rey criollo” de 1958 dirigida por Michael Curtiz, considerada su mejor participación en el cine.

Hablar sobre “El Rey”, siempre será un modesto acercamiento a un personaje complejo y de una naturaleza salvaje, difícil de descifrar e interpretar. Su vida, quizá sea una metáfora gigantesca del camino del “rockstar”, un artista de las más grandes categorías, nadando en aquel codiciado océano estelar de brillos que se desprenden del éxito y la fama, ese mismo mar que trae consigo la inmersión en las profundidades y la oscuridad, oscuridad que no fue ajena a Presley.

Durante su fugaz participación en la historia, experimentó la depresión, desórdenes alimenticios, un agotamiento producto de las exigentes jornadas de grabaciones, presentaciones, giras, el consumo de píldoras, alcohol y una sórdida forma de vida, desencadenaron un crepúsculo que no hizo honor a su propia leyenda. Sus presentaciones comenzaban a develar la desconcentración, los espectáculos de “El Rey” carecían de aquella potencia que lo convirtieran en un símbolo del rock en años anteriores, un descenso hacia su encuentro inevitable con la tragedia, su adiós a este mundo un 16 de agosto de 1977.

Era un conjunto de características que configuraron un personaje surrealista, bendecido con un histrionismo escénico que potenciaba su interpretación musical, con la cual desató un huracán de erotismo que se desprendía de movimientos epilépticos y vibrantes de sus piernas

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El 2022 fue el año elegido para estrenar una nueva versión de Elvis Presley en el cine contemporáneo, una delirante y frenética cinta dirigida por un aún más elocuente narrador como lo es Baz Luhrmann, director australiano con una trayectoria en el cine bastante llamativa, principalmente por su predilección hacia los musicales, historias y personajes dotados de particularidades y excesos.

Ahora, con “Elvis” Luhrmann se alza con la consolidación del espectáculo en lenguaje cinematográfico del mito del rock and roll, un “biopic” que explora (como toda biografía) la mayor cantidad de aspectos que dieron forma al concepto de Elvis: el ser humano, el hijo, el artista, sus conflictos, temores y sueños para convertirse posteriormente en el símbolo que trasciende las fronteras del tiempo y aterriza en nuestros días.

Austin Butler fue elegido para el desafío de interpretar a un personaje de características tan particulares y variadas en los distintos momentos y estilos durante la vida de “El Rey”. Butler de origen californiano, tiene con esta película su segunda participación en films de primera categoría, el primero fue gracias a Quentin Tarantino en otra adaptación histórica en un universo alternativo como lo es “Érase una vez en Hollywood” (2019). Con Luhrmann dirigiendo esta nueva película estrenada en el más reciente Festival de Cannes, los espectadores pueden tener garantizada la experiencia cinética y vibrante que consolida al director australiano, ofrece un derroche visual y una frenética edición, imágenes que gritan color, música y texturas. Una coreografía de planificación y detalles superlativos que rinden homenaje a un mito.

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