Por: FERNANDO LÓPEZ PARRA

Lo sucedido hace pocos días en Ecuador marca para la región un espacio de reflexión sobre los movimientos sociales. La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, Conaie, en menos de tres años y en el transcurso de un par de regímenes de gobiernos diferentes, ha promovido dos paros nacionales, el primero en octubre de 2019 y el reciente a finales de junio. Las dos paralizaciones han expuesto reivindicaciones históricas que han sufrido los pueblos y nacionalidades del país.

Lo acontecido no se puede entender desde la coyuntura: una lectura cruda y sincera nos advierte de que se trata de una crítica directa y contundente al modelo de Estado neoliberal que rige en nuestra región y, en particular, en Ecuador.

Los detonantes de los reclamos han sido la pobreza, la exclusión, la falta de oportunidades de los jóvenes en general. Los gobiernos no han dado una respuesta objetiva a estos reclamos y más bien han operado por medio del engaño a los movimientos sociales en general y sobre todo a las numerosas organizaciones indígenas ecuatorianas. Los pueblos y nacionalidades han sido vistas por los gobiernos de turno como un actor secundario de la política al cual se lo puede engañar y postergar su atención.

El último paro fue liderado por el dirigente Leónidas Iza, ingeniero ambiental oriundo de los páramos del volcán Cotopaxi. Las movilizaciones encabezadas por la Conaie, ocurridas entre el 13 y 30 de junio, lograron la adhesión de otros sectores sociales, como estudiantes, trabajadores, feministas, ambientalistas y transportistas, por lo que se produjo una paralización contundente del país. La plataforma de reivindicaciones giró sobre diez puntos que demandaron colocar en revisión tanto el precio de los combustibles, así como los créditos de los agricultores, junto con los privilegios de determinados grupos económicos y, sobre todo, la fragilidad de las políticas públicas destinadas a beneficiar a los más pobres del país.

La Confederación de Nacionalidades Indígenas ha promovido dos paros nacionales en menos de tres años

El Gobierno realizó la declaratoria de un estado de emergencia con la consiguiente limitación de los derechos ciudadanos, al tiempo que el centro del conflicto entre las fuerzas del orden y los movimientos sociales organizados se situó en la capital del país. Los altos niveles de violencia fueron evidentes de parte y parte: no se puede entender, justificar y menos avalar que la movilización social y su concomitante represión concité a la utilización de la fuerza como forma representativa del poder de movilización y de contención de las partes. Fueron días complejos y de profunda reflexión de la sociedad ecuatoriana, porque se cuestionó la naturaleza misma del ser ecuatoriano, debido a que se evidenciaron nuestros desajustes históricos en relación con el reconocimiento de que los derechos y las políticas han sido solo para pocos.

Lo que se espera es un ciclo más de semigobernabilidad y la profundización del deterioro conjunto del sistema político ecuatoriano

Se develó también la poca capacidad del Gobierno para enfrentar este tipo de problemas con una escasa habilidad de entender lo pluri y multicultural de la sociedad, lo que evidencia el desconocimiento de lo político como eje de negociación del interés público. Junto a ello, junio de 2022 desnuda el agotamiento de las élites ecuatorianas, aquellas que, se supone, colocan las ideas políticas que regirán a nuestro país. Se observa un agobio de la capacidad de conseguir consensos y diálogos desde la diversidad, esa diversidad que es el espíritu de nuestra sociedad y que se resquebraja de forma indolente.

De seguro, lo que se espera es un ciclo más de semigobernabilidad y la profundización del deterioro conjunto del sistema político ecuatoriano. Al parecer, el Estado dejó de funcionar desde hace mucho tiempo como forma de organización que racionaliza y garantiza la vida de los ciudadanos, no hemos sido capaces de reinventarnos y los odios se volvieron el mecanismo de gobernar y de oponerse. Las instituciones políticas están cada vez más lejanas y el rechazo es evidente por el fracaso que ellas han presentado. Se vuelve apremiante pensar en una reconstrucción colectiva del país, que debe ser milimétricamente pensada en términos de restablecimiento de una nueva institucionalidad del tejido social, cultural, histórico, económico y productivo, en la que se priorice lo humano y la naturaleza.

Es claro, además, que la más reciente movilización que protagonizó el Ecuador profundo no será la última. Vendrán nuevos capítulos por contar.

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