La región sostiene Estados disfuncionales. Solo el compromiso de los líderes con propuestas audaces, que faciliten soluciones constructivas, permitirá resolver los problemas clave.

Por Gustavo Moreno Montalvo

Economista, abogado y consultor financiero

Latinoamérica es un continente incontinente. No reconoce sus debilidades y anhela el progreso sin esfuerzo. Es muy desigual y, en general, no ofrece perspectivas de mejora para el grueso de la población. Tiene las ventajas de escasas ataduras culturales, pero también la maldición del facilismo, que alimenta visiones locales en vez de impulsar las oportunidades derivadas de la globalización. Sus sistemas políticos son cojos, con foco en presidentes protagónicos y corrupción sin fin. 

Muchos países de la región no atienden las complejas exigencias ni facilitan el aprovechamiento de las realidades de hoy. Todos tienen un serio problema de desigualdad, impulsado paradójicamente por la normatividad laboral que hace difícil la creación de empleo formal en ámbitos globalizados. Panamá y República Dominicana se destacan por el crecimiento rápido en las últimas dos décadas, impulsado por la actitud abierta de sus sociedades hacia el mundo, pero, al mismo tiempo, estas joyas tienen riesgo de crisis política si hay estancamiento prolongado de sus economías. 

Argentina tiene productividad alta por hora trabajada en el sector privado, pero no crece como debería porque el gobierno burocrático lo impide. Brasil tiene gran desigualdad entre regiones: el sur es rico y el nordeste es muy pobre; además, el sector público pesa casi 40 % del Producto Interno Bruto, sin gran efecto en los objetivos de crecimiento y mejora en la distribución del ingreso. México y Colombia no evidencian incidencia del Estado en la distribución del ingreso, serio indicio de corrupción desbordada y desperdicio de recursos. 

Chile creció de manera sostenida varias décadas, pero el colapso de los productos primarios en los mercados internacionales a mediados de la década 2011-2020 puso en evidencia las expectativas insatisfechas de quienes había progresado en lo económico aunque no se sentían incluidos en los mecanismos de decisión de las instituciones públicas. 

La informalidad es evidente en todo el subcontinente, en parte por la normatividad laboral de economías cerradas, con grandes sobrecostos para la generación de empleo formal. Son claros el pésimo diseño de instituciones públicas en todos los países de Latinoamérica y la escasa orientación hacia el cultivo de virtudes cívicas. 

Latinoamérica está construida alrededor de teorías políticas que invadieron a Europa a mediados del siglo XVIII, con el sofisma de la separación de poderes enunciado por Montesquieu, según el cual debería haber separación fundamental entre legislador y ejecutor. Esa teoría carece de fundamento empírico, pues es evidente la inclinación del administrador a canalizar recursos públicos en la dirección indicada por el congresista específico con quien puede haber acuerdo tácito o, incluso, acuerdo explícito.

Mientras tanto, las economías cerradas de la región, por la vía de protección cuantitativa o cualitativa, no asignan recursos con criterios de eficiencia; sus procesos básicos para legislar, juzgar y administrar son disfuncionales, y su capacidad para la planificación a largo plazo es nula. Así las cosas, el Estado no tiene papel efectivo en la sociedad global, con aprovechamiento de las ventajas comparativas relativas, la construcción de conocimiento y la eficacia en el uso de recursos. 

“No hay espacio para sofismas: es preciso ordenar sin violentar. La ideología originaria, producto de la ilustración europea del siglo XVIII, debe ceder espacio a la amplitud que la época exige”.

No hay espacio para sofismas: es preciso ordenar sin violentar. La ideología originaria, producto de la ilustración europea del siglo XVIII, debe ceder espacio a la amplitud que la época exige, con menos énfasis en dogmas y más en realidad. Se necesita disciplina para merecer el descanso y eficacia para acumular los recursos necesarios para el merecimiento.

Habrá oportunidades para aprovechar, oportunidades originarias: Bolívar soñó una Gran Colombia de dimensiones amplias. Hoy es mucho más importante la integración de los países que él liberó del yugo español para que cayeran en manos de Gran Bretaña, Estados Unidos y el resto del mundo. 

Solo el compromiso de los líderes con propuestas audaces, que faciliten soluciones constructivas, permitirá el crecimiento sostenido, la reducción de la desigualdad y la informalidad, la racionalización de la tasa de homicidios y la mejora en la educación. 

Es preciso aprovechar posibilidades. Los retos hoy no son regionales sino globales, sin posibilidad de errar en este mundo amenazado por las perturbaciones climáticas que nuestra especie ha desatado; los abusos del capital internacional entregado a la búsqueda de remuneración a expensas del interés general; los riesgos de armas de destrucción total y el aumento de la desigualdad impulsado por la

globalización y la automatización. 

Los asuntos requieren actitud apropiada, que no se vislumbra todavía en la región. La tarea hoy incluye capturar los beneficios de integraciones audaces, diversificación de canasta de exportaciones, mejor educación y más orientación a facilitar la construcción de patrimonio sobre la base de gestión de dimensiones mundiales. Hay que actuar de conformidad.