Estados Unidos lidera un actor de rechazo diplomático a las competencias deportivas por los abusos de Derechos Humanos en China.

EUROPA PRESS

Los Juegos Olímpicos han servido históricamente como altavoz de mensajes políticos y, para los países anfitriones, como un examen ‘de facto’ de contextos que trascienden al deporte. Los Juegos de Pekín, que arrancan este jueves, vienen marcados por el boicot diplomático promovido desde Washington, crítico con la situación de los Derechos Humanos en el gigante asiático.

Con la lección aprendida de 1980, cuando la Administración de Jimmy Carter vetó incluso la participación de atletas estadounidenses en los Juegos Olímpicos de Moscú, el Gobierno de Joe Biden optó en esta ocasión por no enviar una delegación política como señal de repulsa a las políticas chinas, dejando el ámbito deportivo al margen.

Entre los «abusos» denunciados por Washington destaca especialmente el «genocidio» contra la minoría uigur en la región de Xinjiang. Pekín niega que existan tales abusos -acreditados también por la ONU- y culpa en cambio a la potencia norteamericana de intentar sacar rédito político de un evento que, a su juicio, debería ser meramente deportivo.

Países como Reino Unido, Australia y Canadá secundaron el llamamiento de Biden, pero la mayoría de gobiernos internacionales se pusieron de perfil. Algunas administraciones, como las de Dinamarca, Países Bajos y Japón confirmaron que no enviarían a ningún alto cargo, pero se mostraron ambiguos en torno a los motivos, agitando incluso la pandemia de Covid-19 como excusa.

Francia e Italia, anfitriones de los próximos Juegos de verano y de invierno en 2024 y 2026, respectivamente, quieren además evitar cualquier represalia y en el ámbito de la Unión Europea no hay una posición común, a pesar de que en julio de 2021 la Eurocámara sí aprobó una resolución -no vinculante- en la que abogaba por el boicot si no se producían avances «verificables» en materia de Derechos Humanos.

EL MENSAJE DE BIDEN

El exasesor de la Casa Blanca Victor Cha, vicepresidente del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales (CSIS), valora en un reciente análisis que, más que incidir en busca de cambios políticos, Biden quiere mandar un mensaje, «reiterar que no seguirá como hasta ahora en el nuevo contexto competitivo de relaciones EEUU-China».

Para China, el mensaje también parece claro y pasa por «alimentar una narrativa interna» sobre la «perversa supresión hegemónica» orquestada desde Estados Unidos. Pekín espera que una vez arrancados los Juegos el protagonismo sea exclusivamente para el deporte, algo que ya «funcionó» en 2008, cuando las medallas permitieron pasar página a las críticas previas a la primera cita olímpica china, apunta Cha.

En total, unos 3.000 deportistas participarán en las más de cien disciplinas que se celebrarán del 4 al 20 de febrero. Un mes más tarde, el 4 de marzo, comenzarán los Juegos Paralímpicos.

De hecho, las encuestas ya dejan entrever la escasa relevancia pública de los mensajes políticos lanzados antes de lo Juegos. Apenas un 9 % de los ciudadanos estadounidenses han oído hablar del boicot, según un sondeo elaborado por el Pew Research Center que esboza un nivel de apoyo similar a la medida entre republicanos y demócratas –del 45 por ciento, aproximadamente–.

HISTORIAS DE PROTESTAS

El olimpismo ha sido históricamente una herramienta de hermanamiento entre comunidades e incluso la ONU reclama una ‘tregua olímpica’, en virtud de la cual pide que se detengan los enfrentamientos en todo el mundo durante el tiempo que duren los Juegos. «A través del poder del deporte y del ideal olímpico, construyamos una cultura de paz», reivindicó la semana pasada el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres.

Sin embargo, el altavoz público asociado a una cita deportiva de tal calibre también ha dado pie a protestas desde hace más de un siglo. La primera reivindicación de la que se tiene constancia en la era moderna del olimpismo data de 1906, cuando el atleta Peter O’Connor, que competía como británico, ondeó la bandera irlandesa tras lograr la medalla de oro en triple salto.

En la memoria colectiva permanecen los Juegos de Berlín de 1936 –que Estados Unidos amenazó con boicotear– y las simbólicas victorias de Jesse Owens frente a los representantes de la Alemania nazi; o los de Melbourne en 1956, cuando se produjeron los primeros boicots internacionales. China se ausentó por la inclusión de Taiwán, mientras que España, Países Bajos y Suiza se desmarcaron como apoyo a Hungría tras la invasión soviética.

Los años ochenta están marcados primero por el boicot occidental a los Juegos de Moscú y, cuatro años más tarde, en 1984, por la represalia de la Unión Soviética –y los países de su órbita– a la cita de Los Angeles, mientras que en los noventa el escenario se reconfigura tras el final de la Guerra Fría. Una Alemania unida participa por primera vez en Barcelona 1992.

Con el cambio de siglo, los Juegos Olímpicos llegan a países que nunca antes habían acogido celebraciones de este calibre y crecen las voces que reclaman que no sirvan como lavado de cara para regímenes autoritarios, especialmente después de que el Comité Olímpico Internacional (COI) concediese en 2001 a Pekín los Juegos de verano de 2008.

También se promovieron protestas contra los Juegos de invierno que Sochi (Rusia) acogió en 2014. Los líderes occidentales evitaron asistir a la ceremonia de apertura y organizaciones defensoras de Derechos Humanos aprovecharon la ocasión para recriminar a las autoridades rusas la creciente restricción de libertades y derechos, por ejemplo sus leyes contra el colectivo LGTBI.

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