Penúltimo servicio a España

Juan Carlos I, el rey emérito que sacudió a la monarquía española por las investigaciones de sus cuentas en paraísos fiscales, reside ahora en los Emiratos Árabes Unidos. Esta es la historia que lo tiene al borde de enfrentar un proceso ante la justicia

Por Luis María Ansón
Periodista y escritor español. Miembro de la Real Academia Española y presidente del diario digital El Imparcial

Hace ya un mes que el entorno del Rey padre conocía la decisión de Don Juan Carlos de instalarse durante algún tiempo fuera de España, con el fin de que Felipe VI pueda mantener la estabilidad institucional sin los acosos de escándalos familiares. En Moncloa sabían también la posición de Don Juan Carlos y tal vez demostraron escasa prudencia al filtrarla a medios afines.

El pasado 20 de noviembre, hace ya ocho meses, anticipé lo que iba a ocurrir: “Como el Rey es el eje del sistema de la Transición, un sector de la izquierda española está almacenando datos para generar un gran escándalo económico en torno a Juan Carlos I, con el fin de fragilizar la estabilidad de Felipe VI. Nada más torpe ni más injusto. La libertad de que hoy goza España se debe sustancialmente a Don Juan Carlos y a la madurez del pueblo español”. Padre e hijo se pusieron de acuerdo para establecer un cortafuegos ante el actual Rey que evitara el desgaste de la Institución monárquica y la fragilización de la Corona. Don Felipe renunció a cualquier posible herencia de su padre y le suspendió de la asignación pública que recibía. Era una medida acertada, aunque tal vez una ingenuidad creer que eso iba a paralizar a los que pugnan por destrozar el sistema.

Con el espíritu que siempre le ha caracterizado, Don Juan Carlos ha decidido hacer el gran sacrificio con su penúltimo servicio al pueblo español y a España, retirándose durante algún tiempo fuera de su patria. A nadie puede sorprenderle la decisión del Rey padre. Siendo Príncipe de Asturias, declaró: “No hay sacrificio que no esté dispuesto a hacer por España”. Por España se enfrentó con su padre, al que adoraba, y por España se aparta ahora de su hijo, tras un reinado admirable que los historiadores más rigurosos han instalado entre los cuatro grandes de la Historia de España, junto a los de Carlos I, Felipe II y Carlos III.

Algunos analistas consideraron en su día que fue la ambición la que condujo a Don Juan Carlos a dar un hachazo en la Dinastía, aceptando el ofrecimiento del taimado caudillo Franco, el dictador amigo del duce Mussolini y del führer Hitler. Laureano López Rodó y Gregorio López Bravo fueron los que convencieron al entonces Príncipe de Asturias de que, si no aceptaba la propuesta de Franco, el sucesor sería Alfonso de Borbón Dampierre, lo que significaba la liquidación de la Monarquía histórica. A Don Juan le costó considerable esfuerzo digerir la decisión de su hijo, pero finalmente entendió el alcance de la situación y durante seis años se ocupó, a través de entrevistas personales, de encauzar a la oposición democrática en favor de su hijo, con la sola condición de que convocaría elecciones libres. Ni Don Juan, su padre, ni Doña María, su madre, ni sus hermanas Doña Pilar y Doña Margarita, asistieron a la proclamación de Don Juan Carlos como Rey de España. Cuando convocó elecciones libres para el 15 de junio de 1977, Don Juan, un mes antes, abdicó sus derechos en su hijo, trasvasándole la legitimidad dinástica en un emocionante acto en el Palacio de la Zarzuela que nunca olvidaré. Año y medio después, Don Juan Carlos se robusteció con la legitimidad popular, tras la aprobación de la Constitución votada por la voluntad general del pueblo español libremente expresada. Poco después, decidió que su padre fuera enterrado en el Panteón de Reyes del Monasterio de El Escorial, bajo este lema en su sarcófago: “Ioannes III, comes Barcinonae”, (Juan III, Conde de Barcelona).

En su discurso de abdicación, Don Juan recordó a su primogénito cómo su padre el Rey Alfonso XIII decidió retirarse de España para impedir que los españoles se enzarzaran en una guerra fratricida, cosa que la II República no supo evitar. Tomó Alfonso XIII el camino del exilio, conservando unos derechos que no consideraba suyos sino “un depósito acumulado por la historia”, de cuya custodia debería rendir cuenta algún día. Y en el lecho de muerte, Alfonso XIII le dijo a su hijo Don Juan la frase que presidió toda su vida: “Majestad, sobre todo España”.

En su discurso de abdicación, Don Juan expuso ante su hijo el Rey que, como Monarca, debía “ejercer un poder arbitral por encima de los partidos políticos y clases sociales sin distinciones, que la Monarquía tenía que ser un Estado de derecho en el que gobernantes y gobernados han de estar sometidos a las leyes dictadas por los organismos legislativos constituidos por una auténtica representación popular; que aun siendo la religión Católica la profesada por la mayoría del pueblo español, había que respetar el ejercicio y la práctica de las otras religiones, dentro de un régimen de libertad de cultos como estableció el Concilio Vaticano II; y, finalmente, que España por su Historia y por su presente tiene derecho a participar destacadamente en el concierto de las naciones del mundo civilizado.

Penúltimo servicio a España

El Rey, visiblemente emocionado, lo recuerdo muy bien, intercambió una mirada con Doña Sofía, y contestó a su padre: “Quiero cumplir como Rey los compromisos de este momento histórico. Quiero escuchar y comprender lo que sea mejor para España. Respetaré la voluntad popular, defendiendo los valores tradicionales y pensando sobre todo que la libertad, la justicia y el orden deben inspirar mi reinado. De esta forma la monarquía será elemento decisivo para la estabilidad necesaria de la nación. En estos momentos de indudable trascendencia para España y para nuestra familia, y al recibir de tus manos el legado histórico que me entregas, quiero rendirte el emocionado tributo de mi cariño filial, unido al respeto profundo que siempre te he profesado, al comprender desde niño que sobre todo y por encima de todo tú no has tenido nunca otro ideal que la entrega absoluta al servicio del pueblo español”.

Han transcurrido cuarenta años y, tras un reinado fecundo y próspero en libertad, la embestida frentepopulista en las redes sociales y en varios canales de televisión ha conseguido que Don Juan Carlos se aparte para dejar a su hijo el Rey, libre de un desgaste que podía hacerse insoportable.

Nació Don Juan Carlos en el exilio. En el exilio vivió su infancia. Y, sin eufemismos ni veladuras, vuelve ahora a un exilio voluntario como penúltimo servicio, en primer lugar, al pueblo español; después, a su hijo Felipe VI y, finalmente, a la Corona. Tal vez esté haciendo Don Juan Carlos lo que debe hacer, pero a mí se me quiebran de tristeza los puntos de la pluma. Desde el pasado 20 de noviembre de 2019, en que publiqué en El Mundo mi artículo Juan Carlos I en la Historia, estaba claro que iba a ocurrir lo que ha ocurrido. Y ojalá que se despejen los horizontes, emborrascados por aquellos que están dispuestos a terminar con lo que significó la Transición, con la España de la concordia y la conciliación, que superó la realidad cainita de la turbulenta historia española en los dos últimos siglos.

Y no está de más concluir este artículo con la frase de Quevedo que tantas veces he recordado: “Que el reinar es tarea, que los cetros piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas, que la corona es el peso molesto que fatiga los hombros del alma primero que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva, lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo”.

En 2014 Juan Carlos I, después de un reinado de más de 38 años, abdicó en favor de su hijo Felipe y desde entonces, Felipe VI de España.

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