¿Amamos a nuestros viejos?

Por MIGUEL DE ZUBIRÍA
Director general Fundación internacional de psicología afectiva

Todos dirían que sí…, y podría ser que no. Es una pregunta esencial. ¿Es buen padre quien consiente y es cariñoso con sus hijos? Tal vez si, tal vez no. Las expresiones afectuosas ciertamente son un componente del ser buen padre, pero podrían no ser el central.

Luego de la post guerra, la vejez cambió dramáticamente; la adultez se prolongó y se dilató en el tiempo como nunca antes. Mientras en Corea o Japón los trabajadores se jubilan sobre los 71 años, en España, Francia o Colombia la edad es inferior a los 62 años. Y para las mujeres en Colombia 57, con una esperanza de vida de 81, les restan más de 24 años de vida activa ¡una cantidad de años! Mucho más que una adolescencia completa. Solo que esa vida de más en general se pierde. ¿Es vieja una mujer a los 57 años o un hombre a los 62? ¿debe dejar de trabajar? ¡nadie podría creerlo! no obstante, se asume que sí.

¿Amamos a nuestros viejos?

Un padre formativo contribuye decisivamente a formar a su hijo. No solo lo consiente y quiere, como tantos consideran es lo importante, sino que lo forma para una vida feliz como arquitecto de sí mismo. En esencia, estos padres formativos ayudan a sus hijos, desde muy pequeños a:

  1. Elegir sus metas, deseos, ilusiones, los hacen jóvenes y adultos autotélicos (se colocan metas o telos personales, propias). Así obtendrán durante toda su existencia felicidad motivacional, la primera de las seis felicidades.
  2. Los padres formativos les impulsan a descubrir sus cualidades y sus defectos para sobre ellos construir una autovaloración realista o felicidad personal, para que disfruten su larga existencia.
  3. Conectarse íntimamente con los demás, en particular con los más cercanos, sus compañeros, amigos, socios, novia… Y no sufran posiblemente el mal mayor del siglo XXI, la terrible soledad.
  4. Les ayudan a sentir y leer en ellos y en los demás las variadas emociones, más de veinte, pues son los termómetros indicativos del buen o mal rumbo de la vida, respecto a ellos, a los otros o a su mundo social.
  5. Les enseñan a sufrir. Sí, suena sorprendente. Les enseñan a identificar los sufrimientos, sus posibles causas ¡y sobre todo a enfrentarlos! así ganan la quinta y difícil felicidad plácida, no ocurrida por la falta de estrés, tensiones, conflictos, sino por su capacidad de enfrentarlos, la genial resiliencia.
  6. Los padres formativos, en particular durante la prolongada adolescencia de sus hijos, les colaboran a encontrar sus caminos personales, sus sentidos de vida, a descifrar sus genuinos talentos e intereses a los cuales anhelan destinarle su vida.

Sorprendente es que los jóvenes-viejos, hoy millones, parecen tener que sortear similares demandas psicológicas. Al fin de cuentas la actual prolongada juventud-vejez constituye el dilatado tránsito de décadas hacia esa sí distante ancianidad, que debería estar llena de vida y de vitalidad, una segunda adolescencia.

De sus hijos adultos no solo necesitan abrazos, celebraciones de cumpleaños, llamadas una vez por semana, sino muchísimo más. Estos hijos adultos, que aún no aparecen, tienen el deber moral y afectivo en reciprocidad por las miles de horas recibidas de sus padres, de ayudarles a sus jóvenes-viejos padres a sortear con éxito estos seis enormes retos psicológicos.

Ayudarles a descubrir nuevas metas, anhelos, deseos, de cara al mundo contemporáneo, desconocido por sumergirse en trabajos aburridos durante cuarenta o más años para sacar sus crías adelante. A revalorar sus cualidades. Reconectarse mediante las magníficas redes virtuales para que no se queden solos. A enfrentar dificultades nuevas para las cuales los viejos no se prepararon. Y sobre todo contribuir para que sus viejos padres destinen las décadas de libertad que tienen por delante a su autorrealización personal.

¿Amamos a nuestros viejos? ¿Los aman nuestros gobernantes? podría ser que no.

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“La actual prolongada juventud-vejez constituye el dilatado tránsito de décadas hacia esa sí distante ancianidad, que debería estar llena de vitalidad”.

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