Al final su eslogan de campaña lo dice todo: «¡Hagamos grande a Estados Unidos otra vez!» y su bandera será en sus propias palabras: «Esta no será mi campaña, será nuestra campaña. Vamos a unificar a la gente»

HASSAN NASSAR
Director Revista Alternativa

Saber quién se sienta en la Oficina Oval a dirigir el destino de los estadounidenses no es un tema menor. De ahí la importancia de analizar y preguntarse: ¿Qué significa el regreso de Donald Trump a la contienda presidencial?

Lo primero es mencionar que su nominación no es una sorpresa. Tras su derrota presidencial en 2020 y ahora después del pobre desempeño republicano en las elecciones de medio término para el congreso 2022, su nombre ha sido centro de atención y controversia.

Estados Unidos atraviesa una realidad muy compleja con un país dividido en dos partes literalmente opuestas ideológicamente. Para bien o para mal, Donald Trump representa una parte importante dentro de una de esas vertientes políticas. 

Hace poco entrevisté al analista republicano Adolfo Franco y sostenía una tesis interesante: “la época en que un presidente como Ronald Reagan podía ganar unas elecciones presidenciales con una amplia mayoría a su favor es hoy en día impensable”. 

La razón es simple, esto ocurre principalmente porque la polarización ha ganado mucho terreno en los últimos años auspiciada en gran medida por discursos de odio y excesiva posverdad.

Lamentablemente si hay alguien que lo sabe mejor que nadie y cabalga sobre esta realidad como un hábil jinete es el propio Donald Trump. 

El reciente discurso desde su mansión en Mar-a-Lago, Florida, donde lanzó su aspiración presidencial 2024 dio cuenta de que sus banderas están diseñadas para vender una visión apocalíptica de los EE. UU. con mensajes constantes en los medios de comunicación y en las redes sociales que mantengan la polarización en fuego alto. 

Trump dedicará su tiempo a enfilar baterías en temas cruciales para su electorado como la inmigración en la frontera sur, la pérdida de liderazgo e influencia global de los EE. UU. frente a China, el manejo endeble para frenar a Putin en Ucrania o el sometimiento de los Estados Unidos a la agenda del bloque europeo. 

Además, no desperdiciará un segundo de su tiempo asestando golpes frente al abandono de Afganistán a su suerte, el crecimiento de la influencia iraní en el Golfo Pérsico, la desconexión con Corea del Norte, y por supuesto la llegada de varios gobiernos de izquierda a América Latina.

La revolución de la izquierda con Boric en Chile, Petro en Colombia y ahora de Lula en Brasil, sumado a López Obrador en México, Fernández en Argentina, Castillo en Perú, Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua y Raúl Castro en cuerpo ajeno jugando de titiritero regional no son una casualidad y demuestran claramente que la región ahora mira primero a China que a su antiguo socio del norte. 

Todo este panorama además estará enmarcado con una economía global con la inflación disparada, las tasas de interés subiendo, el gasto público en rojo y la recesión acechando cada trimestre, una combinación de insumos en bandeja de plata para ganar votos y seguidores. 

Al final su eslogan de campaña lo dice todo: «Hagamos grande a Estados Unidos otra vez!» y su bandera será en sus propias palabras: «Esta no será mi campaña, será nuestra campaña. Vamos a unificar a la gente”.

Por supuesto, ni el más incauto de los analistas políticos se atrevería a creer que Trump busque unir a la gente, al contrario, “divide y reinarás”, ha sido  su constante en la política.

De otro lado, en el imaginario colectivo, Donald es un ídolo para muchos estadounidenses que ven en su estilo brusco y hostil, un liderazgo genuino, alejado del glamour de Washington, que llama las cosas por su nombre y que ha sido capaz de romper varios estereotipos tradicionales.

A sus seguidores poco les interesa saber de sus líos judiciales, el tardío y cuestionable manejo de la pandemia, sus constantes ataques a la libertad de prensa, su desdén por reconocer su derrota en las pasadas elecciones presidenciales y la toma violenta del Capitolio por parte de sus más radicales fanáticos que pusieron en jaque la institucionalidad. 

Donde sí preocupa este peligroso cóctel es en su propio partido y en el concierto internacional. 

Precisamente por estas razones Trump no la tendrá fácil y serán varios los obstáculos a superar en esta campaña electoral. Dentro de las entrañas republicanas la competencia será intensa para frenar su nominación. Desde ya se perfilan nombres, empezando por el reelecto gobernador de Florida Ron DeSantis, que al día de hoy, es considerado uno de los grandes vencedores de las pasadas elecciones de medio término. 

Es así como los conservadores se debaten nuevamente en un dilema crucial para llegar a la Casa Blanca. Si ganar la presidencia con un candidato como DeSantis, un republicano en sus bases pero que logre convocar a un electorado más liberal sin polarizar y dividir más a los estadounidenses, o tener un candidato como Donald Trump que sin duda apelará al discurso polarizador, confrontacional, proteccionista, que encanta a las bases radicales de los republicanos, pero que dividirá particularmente al electorado. 

Mientras esto ocurre en el plano interno, el mundo también observa perplejo este escenario. Vienen unos meses de intenso debate pero las cartas ya están sobre la mesa, solo falta saber si el hombre fuerte que hoy reside en Florida tendrá nuevamente el as bajo la manga para regresar por segunda vez a Washington.

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