Por Marco Tulio Gutiérrez Morad 

Estamos, tal vez, en uno de los momentos más dramáticos y complicados de la historia reciente de nuestro país: en cuestión de catorce meses, el terror de la covid-19 ha sacudido los cimientos de nuestra sociedad. Pese a la aparición de la vacuna —hecho de titánicas dimensiones, pues, en menos de un año, los científicos del mundo materializaron una fórmula capaz de combatir el virus y buscar la tan anhelada inmunidad de grupo—, Colombia se encuentra en el punto más difícil desde aquel 19 de marzo de 2020, cuando se nos ordenó la cuarentena obligatoria. Estamos atravesando la más profunda crisis en relación con los niveles diarios de contagios y el número de fallecidos; en este denominado “tercer pico” se pulverizaron todas las marcas que existían y, como si esto fuera poco, el coletazo económico ha sido desgarrador: a quienes habían podido soportar los rigores del año 2020, la furia de estos primeros cuatro meses de 2021 les arrebató todo de tajo, por una economía resquebrajada, una incertidumbre política nefasta y el país ardiendo al interior de una hoguera de polarización, odios e intolerancia. 

En lo corrido de este año, el Gobierno nacional perdió el posicionamiento que el presidente Duque había logrado con mucho esfuerzo por el manejo de la pandemia durante el año anterior; su inadecuada y equívoca reforma tributaria fue propuesta en el momento menos indicado, lo que provocó unas fracturas irremediables a su aceptación ciudadana, la cual llegó al punto más bajo que cualquier mandatario hubiera tenido que enfrentar. 

El problema de fondo es el siguiente: Duque comete un error casi imperdonable, que es haberse desmarcado de Uribe. Esa expresión de respeto reverencial se oculta bajo un manto de distanciamiento que para los colombianos resulta inaceptable, pues el presidente nunca podrá negar que Álvaro Uribe Vélez fungió como una especie de mecenas para él; incluso, en las primeras encuestas del año 2017, el nombre de Iván Duque Márquez no figuraba en las encuestas ni existía siquiera intención de voto por él; de ahí que sus electores no le perdonen el distanciamiento cada vez más evidente entre el primer mandatario del país y Uribe. 

El problema es muy similar al de Santos, con una diferencia circunstancial: Santos eligió, por encima de su planteamiento pragmático, tornar su agenda de gobierno alrededor de los acuerdos de paz, un esquema que centró todo su arsenal político, incluso sin contemplar las consecuencias, en la consecución de los tan anhelados acuerdos de La Habana, y sometió su refrendación al famoso referendo de 2016, cálculo que le falló por completo. Duque, por su parte, no alcanzó a desempacar las maletas en la Casa de Nariño antes de enfrentarse a mil vicisitudes: en 2018 le estalló en las manos la bomba social de la protesta estudiantil; en 2019, los paros y la anarquía fueron el plato fuerte y, como si esto fuera poco, 2020 lo recibió con la pandemia, un problema para el cual no existía manual, protocolo o directriz. A Duque le tocó aprender en el camino a ser epidemiólogo, médico y hasta bacteriólogo; el problema ha sido ese: no le quedó otra opción que enfilar todo su programa político a afrontar una sola situación —la covid-19— y, en medio de esa apuesta, los yerros no se han hecho esperar, pues evidentemente su plan de gobierno no contemplaba una crisis de esta naturaleza. Tal vez el traspié está ahí: el presidente y su Gobierno debieron echar mano de su líder natural, del único colombiano que se puede destacar como el caudillo de los últimos veinticinco años, que era su jefe natural; Álvaro Uribe Vélez, un líder que, sin lugar a dudas, está curtido en todos los frentes de la realidad nacional. 

Desafortunadamente, a nuestro Gobierno le ha faltado ese toque de experiencia y liderazgo que entre 2002 y 2010 caracterizó las decisiones de la Casa de Nariño; hacen falta ministros que den mensajes de autoridad y contundencia. Hoy, con pocas excepciones, como puede ser el Ministerio del Deporte, el alto Gobierno se ha caracterizado por un cúmulo de imprecisiones y desventuras que nada bien le hacen al presidente. 

La ofensiva política en cabeza de los ministros, mediante la cual se intentó salvar la fallida reforma tributaria, es muestra de la inexperiencia y la inmadurez de un Gobierno que intenta hacer las cosas bien, pero no le sale una, como cuando se anunció, con bombos y platillos, el plan de vacunación, cuya presentación auguraba unos resultados similares a los de Chile; sin embargo, estamos ante un déficit gravísimo de vacunas —en especial, de segundas dosis—, que han puesto al ministro de Salud a echar cuentos chinos según los que, supuestamente, las investigaciones científicas dictaminan que, cuanto más tiempo transcurra entre la primera y la segunda dosis, el resultado será más beneficioso. Mucho cuidado: son esos mensajes los que generan consecuencias lamentables.