Terencio Varrón, pretor y polígrafo, director de las primeras bibliotecas públicas de Roma, decía que “la naturaleza divina nos ha regalado la tierra, la capacidad de los hombres ha creado las ciudades”.

 Jaime Eduardo Arango. Analista y consultor. Twitter: @jaimearango9

Cunas de la libertad, las ciudades hicieron posible la racionalidad, el derecho y la moral. La historia es, sobre todo, historia urbana. Fue en la ciudad clásica que se conformó lentamente la idea de que las acciones del estado no pueden ser otras que las de la voluntad de los ciudadanos, lo que ahora llamamos libertad política.

Por lo menos así fue hasta que un emperador encontró la formula aciaga de la religión de estado y ya no se hizo más la voluntad ciudadana. Desde esa imposición de vagos ritos orientales y mandamientos escritos en piedra que nadie había votado, se ha sucedido las más diversas variaciones, pero la religión de estado sigue siendo el gran obstáculo para libertad, hoy la llaman progresismo, o revolución bolivariana, o lo que sea.

Los estados nacionales son entidades proclives a la tiranía, pero en muchos casos y en Colombia es especialmente notable, estas naciones son la suma de algo parecido a ciudades estado. Conjuntos urbanos que producen la riqueza nacional, concentran el poder político y son el escenario del desarrollo de la sociedad civil y que frente a la amenaza de proyectos autoritarios pueden hacer valer su autonomía de facto porque cada vez son más conscientes de si mismas, es probable que frente a la crisis de las democracias la respuesta esa una revuelta de las ciudades para preservar sus libertades.

En estados incapaces de controlar su territorio, o de vigilar sus fronteras, las ciudades pueden tomar medidas para evitar que la violencia se apodere de sus calles, pueden literalmente fortificarse y mantener seguras áreas de delimitación criticas recurriendo a sus propios recursos, esto va a pasar en la medida en que los mandatarios locales desarrollen políticas de identidad para los ciudadanos.

En Nueva York, en Madrid, Buenos Aires, los lideres políticos al frente de la administración de la ciudad a implementado políticas para preservar a sus ciudadanos de lo que perciben como amenazas contra su libertad. Bogotá, por ejemplo, que genera 30% del recaudo fiscal del país, ¿tiene que aceptar que desde el ejecutivo se amenace a sus ciudadanos con destruir su sistema de transporte masivo? ¿O aceptar la confiscación de activos esenciales para sus servicios de salud?, que se afecte la seguridad gravemente su seguridad trayendo las organizaciones armadas a sus calles por medio de acuerdos con la criminalidad? La respuesta al caos en los territorios es la seguridad de las ciudades y la preservación de su riqueza humana y material.

Frente a la grave amenaza que supone un poder ejecutivo enemigo de la sociedad abierta, empeñado en la concentración de poder y confiscación de la riqueza, el poder de las ciudades y su larga tradición de lucha por la libertad, puede ser la respuesta. Por eso recordamos ahora la antiquísima Oración de los Griegos: “Rogamos a todos los dioses que concedan eterna prosperidad a esta ciudad y no permitan que desaparezca hasta que el hierro ardiente nade sobre el mar y las hojas no vuelvan a brotar en primavera”

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