“Finalmente, a esos políticos promotores del Paro y a algunos líderes de este se les vieron las ‘orejas’, como dice el refrán. Querían hacer campaña para las elecciones de 2022 a costa de la tranquilidad del país”.

POR ÁLVARO RODRÍGUEZ ACOSTA

Presidente

Revista Alternativa

Este junio vimos cómo paulatinamente fue languideciendo el paro nacional que tantos trastornos les ocasionó a la vida diaria del país y a su economía, y que dejó sembrada una mezcla de preocupación, desánimo y enojo entre los colombianos.

Sin que llegaran a resultados concretos y con las conversaciones con el Gobierno suspendidas, los líderes de la movilización vieron cómo iban desapareciendo los bloqueos ante la acción legítima de las fuerzas del Estado; cómo se reducía su capacidad de convocatoria a las protestas y cómo los políticos que las alentaban empezaron a alejarse ante el desgaste de la parálisis y el inconformismo de la gente por la manipulación de la que fue objeto.

Finalmente, a esos políticos promotores del paro y a algunos líderes de este se les vieron las ‘orejas’, como dice el refrán. Querían hacer campaña para las elecciones legislativas y presidenciales de 2022 a costa de la tranquilidad del país. La revelación de un directivo de Fecode sobre las intenciones electoreras de las protestas fue la lápida de la movilización irracional. Su descaro bien merecería el castigo de no poner su nombre en ningún tarjetón partidista.

Ahora, después de tantas semanas de zozobra, cabe preguntarse a quién se le pasa la cuenta de tan lamentable y extensa maniobra. Y no solo se trata de las billonarias pérdidas de las empresas por no poder obtener insumos, ni recibir a sus empleados, ni transportar sus productos a causa de los bloqueos. También de los cuantiosos gastos que tendrán que hacer el Gobierno nacional, los gobiernos regionales y los locales para reparar todo el desastre ocasionado por los vándalos de toda calaña que se ampararon en la protesta para hacer de las suyas. 

Solo en reponer semáforos, Cali, la ciudad más golpeada, tendrá que invertir 3.000 millones de pesos, que bien podrían haber servido para financiar la matrícula cero de muchos estudiantes o los auxilios a la población más vulnerable. Y ese será el gasto pequeño porque recuperar el sistema de transporte costará 55.000 millones de pesos, según la alcaldía local. Una historia parecida se puede contar desde otras ciudades, en las cuales también ha habido desmanes.

«Las enormes peticiones que han hecho los del comité del Paro no son viables fiscalmente y menos para un gobierno con una crisis no resuelta en sus cuentas. Es momento de actuar con racionalidad y de cesar el abuso con el derecho a la protesta. Señores del Paro, no más infamias».

Por otro lado, ¿quién va a pagar por la veintena de muertos, muchos de ellos jóvenes, llevados ciegamente a las protestas; ¿y quién, por las víctimas –muertos y lesionados– entre los miembros de la fuerza pública? Probablemente nadie entre los promotores del Paro ni entre los políticos instigadores. Ellos, seguramente, se limitarán a culpar a la Policía, a negociar posibles respaldos políticos y a hacer sonar sus nombres en las próximas elecciones.

Será inútil esperar excusas por provocar, de cierta forma, esas muertes, como tampoco por el nulo sentido de responsabilidad frente a la pandemia. Mientras los gobiernos locales ponían todo tipo de restricciones para evitar aglomeraciones, incluso sacrificando el comercio de sus ciudades, los señores del Paro fueron haciendo más y más convocatorias que generaban los amontonamientos de gente sin que la bioseguridad importara. Lo prioritario para ellos era protestar, bloquear y –para no se sabe cuántos– vandalizar todo lo que se les atravesara.

El resultado de tanta inconsciencia no ha sido otro que varias semanas con más de 600 muertes diarias por covid en el país, pese a la aceleración de la vacunación. Bien lo gritó el neurocirujano Remberto Burgos en una columna escrita a raíz de la convocatoria a la famosa ‘toma de Bogotá’ de principios de junio: “¡Infames!”. Ese fue su calificativo para los convocantes. 

En la columna, el doctor Burgos describe perfectamente lo que se ha vivido en los hospitales con los corredores llenos de sillas con pacientes demandando camas UCI y con los médicos cansados de tener que decidir a quién darle atención intensiva y a quién dejar a la voluntad de Dios.

Burgos hizo cuestionamientos a los convocantes de la toma que merecen repetirse ahora: “¿A quién representan los señores de la invitación? Estos anfitriones, ¿en qué certamen democrático fueron elegidos? ¿Hubo votación? Llevan malquerencias individuales o consensos incendiarios de grupo (…) A qué mente sensata, con esta situación que están viviendo los hospitales en Bogotá, se le ocurre este anuncio (…). Es una diatriba contra Colombia esta diabólica convocatoria. Si el clamor de la protesta incluye mejorar la salud pública, ¿es necesario crucificar a más colombianos?”.

El hartazgo con el Paro llevó al comité promotor a la suspensión de las movilizaciones. Ha dicho que será solo temporal y para retomar fuerza. Sin embargo, haría bien en no sucumbir a la tentación de repetir la fórmula en los próximos meses, no solo porque la inmunidad frente a la pandemia está aún lejos de lograrse, sino también porque se avecina un proceso electoral que puede desatar ánimos beligerantes, cuando lo que el país necesita es diálogo, tranquilidad y tiempo para que sus hospitales se vacíen, sus empresas se levanten y muchos colombianos vuelvan a encontrar una forma de sustento. Las enormes peticiones que han hecho los del comité no son viables fiscalmente y menos para un gobierno con una crisis no resuelta en sus cuentas. Es momento de actuar con racionalidad y de cesar el abuso con el derecho a la protesta. Señores del Paro, no más infamias.

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