“Es inconcebible para todo el país que, a estas alturas, en Cali todavía persistan los bloqueos y el nivel de inseguridad sea uno de los más altos de Colombia. La ciudad está bajo un amplio dominio territorial de los vándalos consentidos por Ospina. Nadie sabe realmente lo que el alcalde ha pactado con ellos·.

Jaime Arizabaleta
Abogado javeriano
@jarizabaletaf

Lo que ha estado ocurriendo en Cali puede describirse como la peor crisis en la historia reciente de la capital del Valle del Cauca. La coyuntura exige liderazgo, valentía y conexión con la ciudadanía, todo lo contrario a como ha respondido el alcalde Jorge Iván Ospina, quien, actuando como enemigo del pueblo caleño, no ha hecho más que privilegiar a un puñado de vándalos que hoy se denominan “primeras líneas”. 

Es inconcebible para todo el país que, a estas alturas, en Cali todavía persistan los bloqueos y el nivel de inseguridad sea uno de los más altos de Colombia. La ciudad está bajo un amplio dominio territorial de los vándalos consentidos por Ospina. Nadie sabe realmente lo que el alcalde ha pactado con ellos, pero ha habido situaciones y declaraciones que generan todo tipo de suspicacias.

Para la muestra, lo dicho por algunos de esos jóvenes en el sentido de que el alcalde les ha “quedado mal con los compromisos”. Por ahora lo que se conoce es que, según lo denunciado por ellos mismos, han entregado más de 1.000 hojas de vida y la administración solo ha logrado siete cargos

Por supuesto, los caleños nos preguntamos: ¿Cuáles son esos compromisos? ¿Acaso entregar a Cali?

Porque incluso en el último mes se han conocido videos donde miembros de las tales “primeras líneas” amenazan con piedras a los guardas de Tránsito, para desplazarlos y asumir ellos mismos las funciones de control de la movilidad. 

Para empeorar las cosas, nadie parece tener capacidad para controlar al alcalde y mucho menos para hacerlo entrar en razón. El Concejo municipal, lejos de cumplir con su función de control político, se ha convertido en un comité de aplausos, a excepción de la concejala Diana Rojas que ha resultado ser muy valiente. Los entes de control locales están fletados, la corrupción es rampante y la inseguridad está desorbitada. Quienes hacen oposición recolectando firmas para la revocatoria son amenazados.  

En Cali solo queda una ciudadanía adormecida por la resignación ante la corrupción y, si los chavistas cuentan con sus colectivos en Caracas, Ospina tiene en la ciudad sus “primeras líneas”. 

Lastimosamente, esta situación no resulta sorpresiva. Muy poco se podía esperar de una administración que se hizo al poder con apoyo de sectores que se autodenominan “alternativos”, pero que a la hora de actuar no representan un cambio en lo absoluto. Por el contrario, tienen las mismas prácticas corruptas de la vieja política. Esos lobos vestidos de oveja terminan siendo siempre los más corruptos. 

Baste como ejemplo que en Cali puede más el compromiso con los contratistas que el bienestar de los ciudadanos. ¿Acaso no es corrupción que mientras la ciudad atraviesa la peor crisis de su historia, el alcalde haya decidido, de manera campante, orientar recursos a remodelar el estadio Pascual Guerrero? Fueron casi 13.000 millones de pesos para las adecuaciones físicas del escenario deportivo. Si esto no es corrupción…  

Para colmo, Ospina ya está pensando en organizar una nueva Feria de Cali presencial, sin rendir cuentas claras acerca del despilfarro que se generó con la feria virtual. Según la Contraloría, ese invento mal organizado dejó un detrimento patrimonial de 5.000 millones de pesos y 48 contratos con irregularidades. A esto hay que sumarle el alumbrado navideño del año pasado, en el cual se gastaron $10.334 millones en medio de la peor crisis de hambruna de la ciudad, producto de la pandemia.

Hay una enorme sensación de corrupción en la ciudad, pero los entes de control –llenos de cuotas políticas– no hacen nada, ni lo harán. Por eso es pertinente que la opinión pública nacional conozca, como lo ha venido haciendo en las últimas semanas, el panorama actual de Cali: una ciudad destruida, abandonada por su alcalde y colmada de inseguridad, corrupción y pobreza.   

Atrás quedaron los tiempos de gloria. Esa Cali cívica que alguna vez llegó a ser la segunda urbe del país quedó en la historia. Depende de todos recuperar el rumbo. Necesitamos un sector empresarial con dientes, activo en la política y con determinación para reorientar la ciudad; una prensa local que se atreva a desafiar a la corrupción; más liderazgos valientes, sin egos, y con el fin único de velar por los intereses y el bienestar de los caleños.  

Recuperar la grandeza de Cali es urgente.

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