Por Miguel de Zubiría

Psicólogo y director del Instituto de la Soledad

Una de las preguntas más importantes de la existencia es ¿soy feliz?, ¿llevo una vida de bienestar, o predominantemente infeliz o llena de sufrimientos?, especialmente para tomar los correctivos en cada caso, antes de que la situación psicológica evolucione hacia un genuino trastorno. Esto es autocuidado psicológico. 

Millones de jóvenes y adultos en nuestro país son infelices. La mayoría de ellos ni siquiera lo saben. No es tan sencillo conocer nuestras felicidades e infelicidades como tendemos a suponer, como tampoco es sencillo conocer nuestra salud, para ello están los médicos y los exámenes de laboratorio. 

He trabajado durante quince años con jóvenes suicidas en la Liga Colombiana Contra el Suicidio. Sus perfiles son demasiado similares; suman varias infelicidades, es decir llevan vidas con escasas fuentes de alegrías, expectativas, logros, interacciones. Infelices. En espera de la situación propiciatoria de sufrimiento que dispare el mecanismo suicida. 

Ahora captan mi interés los que debieron ser mis temas principales: la infelicidad y los sufrimientos. 

Un reciente estudio del Instituto de la Soledad con más de ochocientos adultos arriba a un dato muy preocupante: uno de dos adultos es infeliz amorosamente. Dicho por cada uno de ellos. Infeliz no en cualquier tema, sino en el más importante de la adultez: ¡el amor! 

Uno de dos ha fracasado o está fracasando en este arte, el más útil, necesario y gratificante, la mayor fuente de bienestar de la existencia adulta entre los 25 y 65 años; ¡después de los 65 será aún más importante! fracasos acumulados que seguramente les condenen a la peligrosa soledad amorosa, muchos con pareja actual.

Peor aún, al solicitarle a centenares de adultos valorar sus diversas felicidades, una a una —no en general, como es la costumbre—: su felicidad amorosa, la laboral, de amigos… ¡uno de cada tres adultos presenta seis o siete infelicidades, todas! son infelices en los diversos aspectos centrales de su vida, a quienes deberíamos denominar personas infelices a secas. ¿Uno de tres? ¡una proporción enorme! sin mencionar otro subgrupo amplio con entre dos y cinco infelicidades de siete medibles. 

¿Cómo puede ocurrir esto en un país que se precia de estar entre los más felices? 

Nuestro nivel medio de bienestar subjetivo supera al de muchos otros países, esto está bien. Sin embargo, un efecto estadístico ha pasado desapercibido, si bien es totalmente obvio. Si el promedio de bienestar por ejemplo es siete, significa que muchas personas presentan puntajes de siete y superiores –excelente—, pero otra gran cantidad presenta puntajes inferiores, ¡y no un número menor, sino prácticamente la mitad! mitad a la cual no se le presta ninguna atención. 

También me sorprende una costumbre cultural nuestra que puede tener mucho que ver con la paradoja. Al saludar a cientos de jóvenes con un intento reciente de suicidio o que planean quitarse la vida en los próximos días con el clásico: ¿Qué tal, cómo estás? me responden, “bien gracias, doctor”. Aunque sé que al interrogarles cada una de sus infelicidades aparecerán en abundancia: su infelicidad, familiar, escolar, de amigos…

Es decir, una es la percepción general y rápida de bienestar subjetivo, la cual han sobreestimado los estudios anteriores, y otra la valoración que las personas hacen de cada mundo donde discurre su existencia, mucho más aterrizada y real. Al pedirle a los adultos valorar el amor, el trabajo, los amigos… los puntajes caen ostensiblemente. 

Siempre me sorprendió el suicidio, la soledad, la depresión, los fenómenos psicológicos extremos, pero nunca la infelicidad, la cual parece ser el factor causal primario. 

Que uno de tres adultos presente seis o siete infelicidades resulta demasiado preocupante, no solo por lo que nos indica de malestar extremo y crónico diario, sino por sus posibles evoluciones futuras. En contravía con la llamada psicología positiva y con todo el enfoque de la autoayuda, para quienes la infelicidad parece ser una perversión, mientras los datos de las personas nos muestran que podría ser más bien la norma que la excepción. 

¿Es más fácil ser infeliz que feliz? 

Sorprendentemente sí. ¿Por qué? porque hay muchos caminos para ser infeliz, mientras solo uno para ser feliz, siguiendo a Dostoievski. Para ser feliz amorosamente se requieren al menos cuatro condiciones, cada una de ellas terriblemente difícil de alcanzar.

  1. Poseer un buen paquete de cualidades amorosas (amabilidad, lealtad, ser buen escucha, cariñoso, no egoísta…), que hoy nadie les enseña a los jóvenes. 
  2. Tener plena conciencia del tipo de pareja que se anhela, entre una gama bien amplia de variantes, que hoy nadie les enseña a los jóvenes. 
  3. Dar con una pareja bien dotada psicológicamente con iguales o más cualidades humanas.
  4. Que su modelo ideal de pareja coincida con el tuyo. 

¡Muy difícil, y es solo el principio de la relación amorosa! de allí que para nada me sorprenda que uno de dos adultos sea infeliz en el tema fundamental de la existencia humana: el amor. En el trabajo las cosas psicológicas no son mucho más fáciles. E igual los resultados son muy cercanos.

  1. Dar con el mejor trabajo posible. Aquel que mejor coincida con tus intereses, aptitudes y talentos. 
  2. Poseer un amplio y rico paquete de cualidades laborales.
  3. Crear gratas y nutritivas interacciones o mejor vínculos de alta calidad con la empresa, los jefes, los colegas, los subordinados. Temas que ni los padres, ni los colegios, ni las universidades les enseñan a los jóvenes.

¡Qué fácil es ser infeliz! Mucho más hoy que antes.

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