«Cuando no son los bandidos disfrazados de indígenas, son los jíbaros; cuando no son los indigentes trabados hasta los tuétanos, son los atracadores; cuando no son los fleteros, son los extorsionistas ‘vacunando’ en los comercios y en las plazas de mercado. La alcaldesa tiene que saber, a estas alturas, que esto no se resuelve gritando sino gobernando y que gobernar no es un acto de grosería sino de firmeza».

Carlos Alonso Lucio

Ya no se trata de una especulación, ni de una hipótesis, ni de un desacuerdo ideológico. A estas alturas, cuando han transcurrido dos años desde su posesión, para nadie es un secreto que su gestión ha sido desastrosa y que Bogotá sufre un deterioro que salta a la vista.

Prácticamente, no ha acertado en nada. Y lo que recibió andando bien se ha venido desvencijando a pasos agigantados. Insisto en que está ocurriendo a pasos agigantados porque en los dos años que faltan los daños de su mal gobierno pueden llegar a ser descomunales.

Al comienzo fue porque se le cruzó la pandemia. Al siguiente, porque se le cruzó el presidente. Después, porque se le cruzó el general de la Policía. Al subsiguiente, porque se le cruzaron las “primeras líneas”. Acto seguido, porque se le cruzaron los concejales de su propio partido. Y así, sucesivamente, porque nunca deja de cruzársele alguien con el fin de opacar su prístina genialidad o de obstruir las políticas públicas que fue a traer de su doctorado en inglés o en chino (para el efecto da lo mismo).

Cuando el vicio de echarle la culpa a los demás es tan repetitivo, no es raro que todo el mundo vaya llegando a la conclusión de que quien siempre se le cruza a Bogotá, verdaderamente, es la misma Claudia López.

Estamos parados frente a un caso típico de esos liderazgos posmodernos que creen que todo comienza y se acaba con la manipulación de los medios de comunicación y las redes sociales. Por ese camino la doctora Claudia no ha llegado a distinguir muy bien entre lo virtuoso y lo virtual, entre lo político y lo mediático, entre la firmeza y la gritería.

De otra manera resultarían inexplicables las toneladas de millones de pesos que se gasta en asesores de imagen y en pauta publicitaria.

Sin embargo, esta vez quiero referirme puntualmente a su confusión entre la firmeza y la gritería.

Traigo a colación este asunto porque no recuerdo haber visto en la política de los últimos años a una persona tan gritona e insultante con sus contradictores. Su costumbre de insultar con tan altos grados de indolencia e inmisericordia es tan famosa, que muchos se preguntan si aún le queda algo de sensibilidad humana en su corazón.

Pero qué bueno que esto sirviera para que los colombianos, sobre todo los jóvenes, aprendamos a diferenciar entre la seriedad y la grosería, entre la firmeza del carácter y el aspaviento del gritón.

La alcaldesa tiene que saber que el Parque Nacional es patrimonio de todos los colombianos; que es uno de los espacios públicos y de los símbolos más importantes que compartimos los bogotanos.

-¿Por qué, entonces, no lo ha liberado de la invasión que lo tiene secuestrado desde hace meses?

La alcaldesa debe saber, mejor que nosotros, que detrás de los invasores del Parque Nacional hay un grupo de delincuentes que se escudan con niños y mujeres mientras manipulan con un ‘discursito’ indigenista que nadie les cree.

-¿Por qué no los ha desalojado, pese al reclamo de la ciudadanía y a las órdenes judiciales?

La alcaldesa tiene que saber que a los ciudadanos que pasan por el parque invadido les roban los celulares, los amedrentan y los expulsan de la zona.

-¿Por qué su gobierno no protege los derechos de los ciudadanos que pasan por allí?

Señora alcaldesa, es que esto no solamente está pasando en el Parque Nacional. Esto mismo sigue pasando en Kennedy y en Usme y en Suba y debajo de los puentes y en las esquinas y en las estaciones de Transmilenio.

Cuando no son los bandidos disfrazados de indígenas, son los jíbaros; cuando no son los indigentes trabados hasta los tuétanos, son los atracadores; cuando no son los fleteros, son los extorsionistas ‘vacunando’ en los comercios y en las plazas de mercado.

La alcaldesa tiene que saber, a estas alturas, que esto no se resuelve gritando sino gobernando y que gobernar no es un acto de grosería sino de firmeza.

Y si no, que renuncie.

ADENDA. Me di gusto leyendo el libro de Abelardo de La Espriella Amores criminales. Son diez historias que tienen, cada una, una gran virtud. Quien las comienza no puede soltarlas. Su libro conjuga las cualidades del gran penalista que el país conoce con un tremendo talento como escritor. Quienes lo conocemos personalmente, sabemos que Abelardo tiene dos cualidades: es brillante y es buen amigo. Me da mucha alegría saber que también es buen escritor. Ojalá la vida vaya dándole el gusto de ir dedicándole, poco a poco, más horas a la literatura que al derecho penal.

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