Por Miguel de Zubiría

Director del Instituto de Investigaciones de la Infelicidad y la Soledad

¿Sabes de algún muchacho o adulto apático? Todos los conocemos y no a uno, sino a varios; cada vez son más frecuentes en los salones de clase. En secundaria podría ser uno de cada dos estudiantes mayores. Aterrador. Los resultados del Instituto de Investigaciones de la Infelicidad y la Soledad encuentran que, de 1228 jóvenes recientemente valorados, el 53 % sufre apatía, dicho directamente por ellos, o sea, 1 de cada 2. ¡Un número enorme!

¿Qué quieres, cuáles son tus deseos, qué anhelas? “Nada”, es una respuesta común entre estos jóvenes. Solo imagina el día a día de una persona sin metas, deseos o sueños, para que entiendas su permanente condición infeliz. Desde el año 2005 hemos comprobado que la apatía gravita con fuerza en cualquier forma de infelicidad y, por supuesto, en el suicidio. 

Vista la escena más técnicamente, significa que el delicioso circuito automotivacional del estudiante está bloqueado. Su mente infeliz no crea motivaciones personales; por ende, en su diario vivir no alcanza logros ni autosatisfacciones; tampoco interactúa de manera grata con los otros. Le son esquivos los ingredientes psicológicos esenciales del bienestar. En consecuencia, no circulan por su cerebro la dopamina, la oxitocina, endorfinas ni la serotonina, los neurotransmisores cerebrales del bienestar químico. Es infeliz psicológica y biológicamente. 

Está bien, pero ¿es posible diseñar una vacuna contra la infelicidad? Requeriría al menos tres ingredientes. En primer lugar, saber qué es la infelicidad; en segundo, entender qué la produce y, tal vez lo definitivo, descubrir un procedimiento para atenuarla o, mucho mejor, eliminarla de raíz. 

En los últimos años hemos avanzado mucho en la psicología de la infelicidad. Contamos con un poderoso mentefacto conceptual de ella; eso es lo bueno: hemos logrado conceptualizarla. Lo malo es que parece no haber una, ¡sino, por lo menos, veintiún variantes o cepas de infelicidad! Demasiadas más de las que quisiéramos y muy relacionadas entre sí. De todos modos, la apatía parece ser la forma originaria y la más destructiva; a ella le estamos apostando, en primer lugar. 

A la par con la autoevaluación, la segunda vacuna. ¿Qué la produce? La incapacidad de un joven para automotivarse, para desear y trabajar hasta alcanzar por sí mismo sus metas personales. ¿Cuál procedimiento puede atenuarla o eliminarla? Lo mejor sería una vacuna, pero un antídoto sería magnífico. Pensamos que esta primera vacuna puede ser un potente remedio contra la apatía, en concreto, una de las más terribles formas de infelicidad humana. 

Si logramos enseñarles a los jóvenes a desear —la meta de la vacuna—, los beneficios no pararán allí, pues las motivaciones pondrán en marcha un poderoso mecanismo humano, denominado autotélico, que en estos jóvenes, que pueden ser al menos uno de cada tres, opera a media marcha, cuando no está inmovilizado del todo.

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