Por Daniela Abisambra Bernal / Comunicadora social e internacionalista, premio CPB, Podcast Curioseame sobre la vida de los jóvenes.

@AbisambraD

¿Cuáles han sido los efectos de la pandemia en la educación colombiana? Altos índices de deserción, cierres de planteles educativos, crisis económica en empresas de transporte escolar y servicios de cafetería. Una educación virtual que funciona en lo privado y muy mal en lo público. Miles de estudiantes permanecen encerrados en casa.

Para nadie es un secreto que la pandemia ha cambiado y continuará cambiando nuestras prácticas e instituciones en maneras que no creíamos posibles. Con la llegada de marzo de 2020, muchas cosas cambiarían a escala mundial para la educación. Según la Unesco, en abril de 2020, 188 países cerraron sus puertas educativas. Esto generó un efecto directo sobre más de 1.500 millones de estudiantes, es decir, el 91 % total de estudiantes matriculados en el mundo. Pero los efectos de este cierre y las transformaciones que vendrían con él, están lejos de haber impactado únicamente a los estudiantes.

Padres de familia, maestros y prestadores de servicios que se alimentaban del ecosistema educativo, tales como los servicios alimenticios y de transporte sufrirían una serie de cambios que para algunos son percibidos como oportunidades, pero para otros han significado una crisis inminente. Nuevas preguntas surgieron, cuya respuesta no encontraremos sino en unos años. ¿Qué costos tiene para los países que la educación cambie en un largo plazo? ¿Qué daños en el tejido social creará esa interrupción de la educación en el mediano y el largo plazo? Pero lo que sí podemos responder hoy son esos efectos que de forma inmediata hemos podido percibir en el ecosistema educativo colombiano. 

Para iniciar podríamos analizar el que todos hubiéramos pensado que sería el mayor efecto del cierre y de la posterior virtualización de la educación y es el aumento sistemático de la deserción estudiantil, tanto universitaria como escolar. Frente a esto se debe reconocer que si bien aumentó un 1.3 % la deserción según cifras de diciembre del Ministerio de Educación, esta no es tan alta en comparación con la que se llegó a estimar que podría llegar a suceder por falta de infraestructura tecnológica, crisis económica y dificultades en el acceso de información, la cual rondaba cerca del 20 %, de acuerdo con la ministra de Educación, María Victoria Angulo. Esto lo que demuestra es una 

respuesta positiva a los esfuerzos por parte de instituciones, maestros, estudiantes, padres de familia y entes gubernamentales por adaptarse a las condiciones “nuevas” de educación en esta coyuntura.

Al respecto, Luis David Prieto, vicerrector académico de la Pontificia Universidad Javeriana, comparte con Alternativa un balance positivo en términos de la deserción universitaria, alegando que esta se debe a la correcta y pronta adaptación que hubo por parte de las instituciones, poniendo como ejemplo la Javeriana, en la que ha habido monitoreos cercanos acerca de las necesidades de toda la comunidad universitaria para ayudar a suplir los vacíos de los miembros estudiantiles, de profesorado y administrativos.

Entre las acciones tomadas para reducir al máximo la deserción ocasionada tanto por los limitantes económicos como los tecnológicos, cuenta Prieto que se abrieron canales de comunicación para que cualquier persona de la comunidad javeriana pudiera hacer uso de los recursos a su disposición, como el préstamo de equipos de cómputo y tabletas, la instalación de redes de Internet en sus casas por cuenta de la universidad, generación de redes de apoyo para los estudiantes para poder alcanzar resultados óptimos en la calidad de la educación y facilidades de pago para solventar la carga económica.

La brecha en lo público

Sin embargo, este panorama esperanzador para las entidades privadas está lejos de ser replicable en las públicas, especialmente en las zonas rurales del país. Si hablamos en términos de conectividad, indispensable para los modelos actuales de educación en pandemia, la brecha entre lo público y lo privado, y aún más entre lo rural y lo urbano, es cada vez más preocupante. Esa brecha digital, aunque siempre presente, en la realidad en la que vivimos desde hace un año ha llegado a ser crítica para los procesos educativos, teniendo en cuenta que las zonas que más la presentan son las rurales, en las que la educación se ha visto más afectada.

Para finales de 2019, el Dane arrojó que el 74 % de la población rural carecía de acceso a Internet. Si bien los esfuerzos del Gobierno por mejorar estas cifras en un corto plazo dieron fruto, logrando para el primer semestre de 2020 disminuir esa cifra con 161 mil accesos nuevos a Internet en zonas rurales, lo cierto es que, si la educación en estas zonas era difícil en momentos pre pandemia, con la llegada de esta se volvió un verdadero desafío, pues no se ha logrado impartir esfuerzos suficientes por parte del Ministerio de Educación en acción conjunta con el de Telecomunicaciones que disminuyan significativamente la brecha. 

Situación que podría cambiar, de aprobarse en el Senado de la República el proyecto de ley presentado por el representante Rodrigo Rojas, en el que se busca convertir al Internet en un servicio público para que el Gobierno adquiera la obligación de garantizar la llegada del mismo a todos los rincones del país, especialmente a las zonas rurales, tan carentes de él. 

Otro de los efectos inmediatos, alimentado por la falta de conectividad, ha sido el aumento de los esfuerzos por los maestros para continuar realizando su trabajo. A propósito, Enriqueta Martan, profesora de un colegio del distrito en Bogotá, cuenta cómo sus jornadas de ocho horas se volvieron de quince y dieciocho pues tuvieron que volverse increíblemente recursivos y “pescar” a cada niño y adaptarse a las posibilidades de cada cual para poder hacer uso de las clases.

Unos pocos que tenían computadoras y tabletas podían conectarse de manera más sencilla, otros tuvieron que recurrir al correo electrónico semanal para poder enviar tareas o al teléfono, y estos fueron los mejores casos. Para muchos otros se ha tenido que recurrir a radios comunitarias como medio de difusión de algunas cátedras, la repetición de temas de períodos anteriores y la suspensión completa de las clases en otros. 

Pero esto no es todo: las escuelas y universidades públicas y rurales no solo se encuentran en desventaja frente a los procesos de virtualidad de las aulas, sino frente a la esperanza de un retorno a las clases presenciales, pues no cuentan con los protocolos ni los insumos necesarios para poderlos desarrollar. De acuerdo con la firma colombiana Escalando, el 76 % de los colegios oficiales nacionales no cuentan con agua y jabón suficientes para asegurar los protocolos de sanidad, ni con el espacio necesario para el distanciamiento social, por lo que no podrán retomar las actividades formalmente en un futuro cercano. Esto se evidencia en la capital bogotana, en donde 71 instituciones privadas han presentado planes para retornar a la presencialidad, mientras que ninguna de las públicas ha iniciado de manera formal con dichos planes. Siendo así, se levanta el debate acerca de las iniciativas que se están adelantando por parte del Ministerio de Educación para el retorno a una “nueva normalidad”.

Los efectos de la pandemia

Aún más, hay dos efectos que la pandemia ha tenido dentro del sector de la educación: por un lado, el deterioro de la salud mental tanto de estudiantes como del profesorado y, por el otro, la crisis en los servicios terciarios relacionados con la educación, que han sido gravemente azotados por la pandemia. En cuanto a la salud mental, de acuerdo con un estudio realizado por la Asociación Colombiana de Universidades (Ascun) el 55 % de los estudiantes ha sufrido un serio impacto en su estabilidad a causa del confinamiento, afectando de manera directa no solo su rendimiento académico, sino su autoestima y la manera en la que interactúan con los demás. Al respecto, Adriana Parra, profesora del colegio distrital Manuel Elkin Patarroyo da cuenta de dicha situación, al relatar cómo muchos estudiantes han presentado cuadros de depresión y se resisten a recibir ayuda por parte del personal escolar, al considerarlo innecesario y extremista. 

Finalmente, uno de los sectores dentro del ecosistema educativo que se ha visto afectado en magnitudes preocupantes por el cierre de las entidades educativas y la posterior virtualización de las mismas es el de los servicios asociados a estos, como los proveedores de alimentos y de transporte. 

John Cortés, gerente general de Toures de Colombia, una empresa con más de cuarenta años de trayectoria en el mercado de transporte público, compartió su preocupación por el funcionamiento de estas compañías. Toures de Colombia, como muchas de las empresas transportadoras, fue sorprendida por la pandemia, en donde se le congeló la posibilidad de prestación de sus servicios. 

En su mejor momento pudo adaptar su trabajo al ofrecer transporte seguro para empresas, pero una vez se reabrió la economía, estas corporaciones dejaron de necesitar el servicio, quedando nuevamente congelados. Dicha situación se agravó cuando, para septiembre de 2020, se tenía presupuestado volver a clases, pero estando a portas de febrero es una pausa tan prolongada que ya se ha vuelto insostenible. Al respecto, Cortés menciona que los subsidios iniciales por parte del Gobierno ya no son suficientes; los despidos no cesan, los créditos a los bancos están sin pago y no ven una solución cercana, con el regreso de las cuarentenas y restricciones estudiantiles.

¿Han sido los efectos de la pandemia una crisis o una oportunidad para el sector de la educación colombiana? Y la respuesta, aunque esperada, no deja de entristecer y es que, para las instituciones y personas con capacidad de adaptabilidad como las escuelas y universidades privadas y algunas entidades públicas, ha supuesto más una oportunidad de cambio, de crecimiento y de replantearse objetivos para adaptarse a una nueva realidad auspiciada por el Covid. Mientras que, para muchos otros, entre los cuales están incluidos cientos de estudiantes, maestros, padres de familia y proveedores administrativos y de servicios ha supuesto una profunda crisis de la cual no conoceremos los verdaderos efectos sino hasta un tiempo después. Nos deja un sinsabor momentáneo, en el que la brecha en la educación colombiana continúa expandiéndose y un liderazgo más oportuno y pronto por parte del Ministerio de Educación en acción conjunta con el Mintic se sigue reclamando.

“Muchos estudiantes han presentado cuadros de depresión y se resisten a recibir ayuda por parte del personal escolar, al considerarlo innecesario y extremista”.

“32 mil niños de los colegios distritales de Bogotá dejaron sus estudios en lo que lleva la pandemia”.