Por Carlos Fernando Galán

Presidente del Concejo de Bogotá

Claudia debería entender la importancia de la crítica. Los gobiernos pueden ser mejores si escuchan más a sus contradictores y se dan la oportunidad de corregir. Las críticas no deben ser señaladas de mentirosas o mezquinas.

Como todos, Claudia ha tenido aciertos y desaciertos. A pesar de nuestras diferencias, reconozco que su liderazgo ha sido fundamental para la ciudad durante este año, y fiel a mi compromiso de superar el pleito político en Bogotá, la he acompañado en algunas de sus iniciativas, pero también la he cuestionado, con independencia, cuando ha sido necesario. De hecho, como presidente del Concejo, he brindado todas las garantías tanto a las bancadas de gobierno como a la oposición y, asimismo, la corporación le ha brindado todas las herramientas a la alcaldesa para que saque a la ciudad adelante: se logró la aprobación del Plan de Desarrollo, el cupo de endeudamiento más grande de la historia y una reforma tributaria.

Su liderazgo fue definitivo al principio de la pandemia. Fue valiente y responsable con la medida del simulacro de cuarentena que a la postre sirvió para que el Gobierno Nacional implementará la medida a nivel nacional, y afrontó con entereza la crisis del 9, 10 y 11 de septiembre dándole voz a las víctimas del uso excesivo de la fuerza por parte de algunos miembros de la Policía.

En esos momentos críticos, en los que necesitamos dejar a un lado nuestras diferencias, la he acompañado. Sin embargo, también la he cuestionado cuando no he estado de acuerdo. Los gobernantes también se equivocan, y en democracia la crítica permite identificar esos errores y corregirlos por el bien de la ciudadanía. Los errores se agravan cuando los gobernantes no valoran las críticas, cuando responden a ellas con insultos y cuando cometen nuevos errores para no tener que aceptar que se equivocaron.

Es inocultable que la ciudad no va bien en seguridad. Es cierto que el problema no comenzó con Claudia y que, desde finales del Gobierno anterior, algunos analistas venían advirtiendo que la seguridad podría empeorar en 2020. Efectivamente la gente se siente insegura, pero la alcaldesa insiste en sacar pecho con unos indicadores engañosos. Aunque, al igual que Uribe, regaña a sus secretarios en público para mandar un mensaje de autoridad y realiza un despliegue mediático cada vez que la Policía captura a una pequeña banda, los resultados aún no se ven. Para el próximo año no invertirá un solo peso en nuevas cámaras de seguridad y tampoco veremos avances con la promesa de los 2.000 policías nuevos, algo que desde el año pasado advertí que no era tan sencillo. 

En movilidad he señalado que su mensaje es engañoso. Desde la campaña se viene atribuyendo, como logro suyo, los Regiotram de Occidente y del Norte; sin embargo, estos son proyectos de la Gobernación de Cundinamarca cuya función principal es la integración regional y que aportarán muy poco a la necesidad de transporte público al interior de la ciudad. 

Por no querer reconocer que se equivocó y que Transmilenio es la única opción viable presupuestal y técnicamente para la Carrera Séptima, —claro, una nueva versión de Transmilenio, con buses eléctricos y un diseño que respete el patrimonio de la vía—, se está empecinando en hacer cambios que ponen en riesgo la funcionalidad del proyecto. Aparte de cambiar la capacidad y el color de los buses, y de otros ajustes menores de espacio público, pondrá estaciones de baja capacidad a ambos lados de la calzada, en el tramo de mayor tráfico entre la Calle 40 y la Calle 100. Hará un Transmilenio mal hecho, para poder decir que no es un Transmilenio. 

Este Transmilenio a medias de la Séptima costará lo mismo que el anterior, pero tendrá menos capacidad y una menor integración con el resto del sistema. Ese costo de no querer aceptar que se equivocó lo pagará la ciudadanía. Algo muy similar podría pasar con el proyecto de la Calle 13 que cuenta con estudios y diseños detallados pero que será recortado sin ningún estudio serio que justifique el cambio.

Otro anuncio que corre el riesgo de no tener sustento es el de la extensión del Metro hasta Suba. Aunque han avanzado en estudios de prefactibilidad, y que la misma alcaldesa afirmó que la financiación está asegurada, lo cierto hasta el momento es que no está claro cómo se va a financiar. Hace unas semanas el Distrito señalaba que podría costar unos $16 billones, de los cuales la ciudad tendría que aportar unos $4,8. Dentro del cupo de endeudamiento de $10,8 billones solo incluyeron $800 mil millones para estudios y diseños. Si Claudia López se gasta todo el cupo de endeudamiento en otros proyectos ¿Cómo va a financiar los $4 billones de la construcción? Por eso le he insistido que es muy importante que presente cuanto antes el plan de financiación.

En lo relacionado con la migración venezolana, la alcaldesa no ha planteado una política clara. Su actuación en este asunto ha sido reactiva y bastante limitada, al punto que incluso ha caído en la trampa de señalar a los migrantes venezolanos como responsables de la inseguridad en Bogotá, sin evidencias sólidas, y desviando la atención de causas persistentes que ya se manifestaban mucho tiempo antes de que la migración se intensificará. Es lamentable que desde la Alcaldía se promueva una visión 

negativa de las migraciones y que al mismo tiempo no contemos con una política para aprovechar todo el capital humano que viene con ellas, como lo han hecho otras sociedades en el mundo.

También he cuestionado que haya nombrado dentro de su equipo a Cesar Carrillo, la mano derecha de Jorge Rey, el exgobernador de Cundinamarca a quien la misma Claudia López llamó hace un par de años “el rey del cartel del volteo de tierras”. Luego de mi cuestionamiento, la alcaldesa desvió la atención con insultos y nunca respondió por qué nombró a Carrillo, ella misma a través de Twitter, como miembro del equipo que lideraría la concertación regional del POT. Seguimos esperando claridad en el tema.

Claudia debería entender la importancia de la crítica. Los gobiernos pueden ser mejores si escuchan más a sus contradictores y se dan la oportunidad de corregir. Las críticas no deben ser señaladas de mentirosas o mezquinas. La alcaldesa debe aceptar que se puede equivocar y que incluso para corregir deba cambiar de posición. Lo que está mal es que persista en el error y en los mensajes engañosos, para no tener que aceptar que se equivocó.