El exministro de cuatro carteras, de origen conservador, acaba de publicar el libro Cómo avanza Colombia que es, en cierto sentido, la suma de sus realizaciones y la carta de presentación de su aspiración presidencial.

Desde los años 80, Mauricio Cárdenas viene acumulando experiencia en cargos de gobierno.

Mauricio Cárdenas Santa María ha sido profesor en universidades como las de Harvard y Columbia; también investigador de la Institución Brookings, el centro de estudios más importante de los Estados Unidos. Y como si fuera poco, ha manejado cuatro carteras ministeriales: Desarrollo, Transporte, Minas y Energía, y Hacienda.

Tiene 59 años y cree que es el momento de presentarse ante los colombianos como candidato presidencial. Se ve como un presidente adecuado para la situación del momento. “No todo está perdido, no es tiempo de caudillos, no nos tiremos al vacío. Más bien sigamos construyendo y aprendamos de nuestras propias experiencias. En este momento el país no puede darse el lujo de equivocarse, sería demasiado costoso. Entonces si uno tiene esa formación, tiene que ponerse al servicio del país”.  Su idea de gobierno combina diversidad de pensamiento con sentido de unidad.

Su carta de presentación es su libro Cómo avanza Colombia, que recoge casos de éxito en el manejo de los asuntos del país que posiblemente los colombianos no valoran en su real dimensión.

Alternativa: Exministro, ¿su libro es un llamado al optimismo sobre el futuro de Colombia?

Mauricio Cárdenas: Yo lo escribí en medio del pesimismo de la pandemia. En crisis como estas, las sociedades se desorientan un poco y todo parece malo. Ese es el escenario perfecto para los caudillos que proponen hacer borrón y cuenta nueva, y eso es peligrosísimo. Si Colombia escoge a un caudillo en las próximas elecciones, se va a equivocar. Ese caudillo llegará con el ánimo de refundar el país y de echar por la borda cosas que funcionan. Yo lo que digo ahí es ¡ojo!, Colombia, con mucho esfuerzo, ha logrado hacer mucho. Aprendamos de eso, no solo para que nos convenzamos de que somos capaces, sino para evitar que, en medio de las elecciones del próximo año, acabemos tirando por la borda cosas que han dado buenos resultados.

En el primer capítulo del libro usted destaca cómo se armó el modelo de concesiones para el desarrollo vial…

Es una historia de fracaso convertido en éxito. El país mantuvo históricamente un atraso en infraestructura. No se hacían las carreteras. El río Magdalena, que cruza de sur a norte nuestro país y lo divide en dos, realmente solo se podía atravesar por 11 puentes hasta 2014. De ese año a hoy se han construido 10 nuevos. O sea, en siete años hemos hecho lo que hicimos en dos siglos de vida republicana. Eso muestra que aprendimos las lecciones de un modelo basado en concesiones, en peajes, inversión privada e instituciones buenas como la Agencia Nacional de Infraestructura. Con este modelo también se aprendió que a los concesionarios no se les da plata si no entregan las obras primero. Ahora hay quienes están proponiendo que se acabe con las concesiones y que dejemos de cobrar peajes. Eso simplemente quiere decir que no se harían carreteras porque el Estado no tendría recursos.

Usted cuenta eso entrelazado con la historia del túnel de la línea…

Esa es una historia emblemática de lo que andaba mal. Desde el momento en el que se inició la construcción del túnel hasta que se terminó transcurrieron 20 años. Pasó de 700.000 millones de pesos a $4 billones en costos. Eso es lo que no podemos repetir. Son las lecciones que hemos aprendido y por eso tenemos hoy un modelo que está funcionando bien. Hay 30 grandes proyectos de infraestructura en construcción. Constituyen el programa más ambicioso en América Latina. Hay que hacer 20 más. Sería el presidente más calificado para lograrlo. Conozco el modelo y este país en todos sus rincones. Sé dónde están las necesidades, el financiamiento y no perdería tiempo.

“Esto (gobernar) no es de buenas intenciones, es de buenas ideas; de planeación, de método de liderazgo y de invertir el capital político en las áreas prioritarias”.

Hay un capítulo también dedicado al proceso para entrar en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el club de países con las mejores prácticas en diversos campos. ¿Qué lecciones dejó eso?

La primera: a veces a los colombianos nos cuesta pensar en grande, nos cuesta tener ambición global. La tienen nuestros deportistas y artistas, pero nos falta aún como país. El ingreso a la OCDE fue una demostración de esa audacia. Dijimos: vamos a entrar al club de los países más avanzados. Muchas voces en Colombia dijeron: “Nosotros no cabemos en ese club, no nos van a recibir”. ¿Cómo qué no? Tenemos con qué. Necesitamos gobernantes –y yo sería uno de ellos– que pisen fuerte en el escenario internacional, que sepan negociar lo que Colombia necesita y que tengan posibilidad de influir en las grandes decisiones globales. 

Pero el proceso de ingreso mismo dejó lecciones…

Fue tan valioso como estar adentro. Los exámenes que tuvimos que hacer para pasar nos enseñaron mucho. Reformamos muchas cosas que han mejorado la operación del Estado. Le doy un ejemplo: antiguamente aquí los funcionarios públicos daban sorpresas. A medianoche publicaban un decreto para que nadie se diera cuenta y al otro día ya estaba vigente. La OCDE nos dijo que si queríamos hacer algo teníamos que publicarlo antes, de tal manera que la gente pudiera opinar, y que quienes se vieran afectados  pudieran hacer preguntas; el gobierno, por lo tanto, está obligado a responder esas inquietudes. Eso es democracia. Como esta hay mil cosas más que hicimos como parte del proceso de ingreso.

¿Estar ahí en la OCDE puede quedar en riesgo si, por ejemplo, Colombia opta por un gobierno populista?

Se nos cierran puertas. Sobre todo si es un populismo que ignora las buenas prácticas, que no tiene interlocución, que se cierra a la inversión extranjera; que nos devuelve al proteccionismo, el modelo que la izquierda presenta como salida de la actual crisis. 

¿Qué tiene que ver el tema de la reducción de la informalidad con el programa para dar asistencia integral a los niños entre 0 y 5 años?

Son dos elementos que muestran que el azar también juega un papel en los aspectos de gobierno. Llegué al Ministerio de Hacienda con la convicción de que era necesario reducir la informalidad en Colombia y para eso eliminamos los aportes de los empleadores al Sena, al ICBF y a la salud. Eso alivió a las empresas y facilitó la contratación. Sin embargo, el ICBF vio en riesgo sus recursos. Nosotros le dimos garantía de que su presupuesto nunca iba a caer y de que, por el contrario, subiría siempre. Han pasado 10 años y ese presupuesto ha seguido creciendo conforme con el índice de inflación más dos puntos porcentuales por año, incluso durante la caída de los ingresos petroleros. El ICBF ha destinado esos recursos a llevar más menores de cinco años a los centros de desarrollo infantil (ahora hay 300). Al conocerlos, uno siente que este país tiene futuro. Niños y niñas de hogares de bajos ingresos reciben una atención integral tan buena como la de los niños de estrato seis. 

En su libro, Cárdenas resalta el avance de Colombia en infraestructura con el modelo de concesiones.

Usted dice que el problema de Colombia en el tema de impuestos es la evasión tributaria. ¿Cuál sería la fórmula para acabar con eso?

Hicimos una cosa muy importante: volver la evasión un delito y puede tener penas privativas de la libertad. Eso nos modernizó. Entonces hay que darle mucho despliegue a los casos de evasión que está investigando la Fiscalía, hay que aprovechar la información de los Papeles de Pandora, por ejemplo. La DIAN tiene que investigar, empezando por las 14 firmas de abogados que supuestamente abren cuentas para colombianos. Yo aproveché los Papeles de Panamá para iniciar muchos casos. 

En otro capítulo usted destaca el programa destinado a que tuviéramos deportistas de élite. ¿Cómo se hizo eso? 

Es un buen ejemplo de cómo los estímulos fiscales pueden ayudar a potencializar comportamientos y actitudes positivas. La gente se pregunta por qué de repente Colombia, que no ganaba medallas en las competencias internacionales, pasó a ser un país que en unas olimpiadas puede ganar cinco o seis medallas. Eso sucedió por una estrategia bien planeada y liderada. Comienza por generar semilleros de deportistas. A quienes se destacan se les empieza a pagar una remuneración para que se dediquen a su disciplina, a pagarles entrenadores –muchos de ellos extranjeros– para que puedan adquirir las mejores técnicas; a pagarles la asistencia a competencias y a darles premios por las medallas. Ese ecosistema es el que está produciendo los resultados que hoy vemos. Y no es solo una cosa de más recursos. Haber convertido a Coldeportes en un ministerio es algo muy importante. 

“A veces a los colombianos nos cuesta pensar en grande, nos cuesta tener ambición global. La tienen nuestros deportistas y artistas, pero nos falta aún como país”.

El punto es que se necesita planeación también… 

Yo quiero ser un presidente de Colombia que, antes de pensar en cortar las cintas, piense en cuál es el diseño institucional necesario para lograr los resultados. Hay que tener unas reglas de juego, una institucionalidad. Ese es el eje de mi libro. No se trata de buenas intenciones, sino de buenas ideas; de planeación, de método de liderazgo y de invertir el capital político en las áreas prioritarias. 

A propósito de la nueva institucionalidad, ¿la pandemia debería implicar un cambio en el manejo de la salud?

Sí. Hay que gastar más recursos en estar preparados porque en cualquier momento nos puede llegar otro coronavirus, tener más capacidad para movilizar los recursos para hacer pruebas y producir vacunas. Esta pandemia nos hizo ver también fortalezas como tener una cobertura en salud universal. Ese es un gran avance y lo hicimos estando yo en el gobierno. Lo mismo aplica a otros retos como el cambio climático. Tal vez la siguiente gran tragedia universal puede venir de la crisis asociada al clima.

Sobre el narcotráfico: ¿Usted le apostaría a una solución consensuada internacionalmente o seguiría con la guerra actual?

Colombia está en el peor escenario con esto. La comunidad internacional, que no ha resuelto este problema, viene a decir: “Ustedes tienen que declarar una guerra”. Nosotros no podemos seguir siendo los ‘paganinis’. Tenemos que exigir a la comunidad internacional mucho más y sobre todo, reglas de juego. Ahí nos falta una vocería más audaz. Soy de la línea de que a la legalización no le ha llegado todavía el día, pero eso no quiere decir que la alternativa sea que nosotros estemos en una esquina dando la guerra que nadie más está dando.

Cárdenas ha trabajado con tres expresidentes, pero no considera a ninguno su jefe.

¿Qué ha aprendido durante estos meses en los que ha estado recorriendo el país y reuniéndose con la gente?

Mucho sobre el cambio climático. Ha sido mi tema en la Universidad de Columbia en los últimos tres años: la energía y el cambio climático. Creo que interpreta el sentimiento de los jóvenes colombianos, de quienes también he aprendido que están buscando oportunidades, no subsidios o ayudas. Quieren crecer, tener empleo y proyectarse a escenarios más globales.

¿Plantearía una reforma estructural de la educación?

Por supuesto. No nos debemos enfocar tanto en las carreras universitarias en este momento. Necesitamos educar más jóvenes, pero dándole prioridad a la formación técnica y tecnológica, sin que eso signifique que no puedan seguir avanzando. 

Otra debilidad institucional del país parece estar en los partidos políticos. Usted acaba de ver cómo la bancada de su partido quiere imponer un candidato sin un proceso democrático en el cual usted pueda estar. ¿Se necesita una reforma política para cambiarlos?

Portada del libro que acaba de publicar el exministro y aspirante a la Presidencia.

Sí, es una de las grandes debilidades institucionales que tenemos. La gente no quiere a los partidos, por eso la mayoría de los candidatos a la Presidencia están recorriendo el país y buscando firmas. Eso no es bueno. Una sociedad necesita buenos partidos para darles estructura y orden al debate de las ideas y al ejercicio de gobernar. Hay que modernizarlos. Si no, no vamos a tener buena democracia ni buen gobierno.