Por María Emma Mejía / Excanciller y exembajadora ante Naciones Unidas/ @MariaEmmaMejiaV

El relacionamiento de Colombia con el gran Caribe se convirtió en un mandato constitucional y Carlos Holmes Trujillo, excanciller de Colombia, recientemente fallecido, batalló por la inclusión de este vínculo estratégico en nuestra Carta Política cuando fue constituyente en 1991.

Las relaciones diplomáticas entre Colombia y Cuba nuevamente están caldeadas debido al informe oficial de Inteligencia Nacional que, según cita revista Semana, “recientemente llegó a la Casa de Nariño, advirtiendo injerencia cubana en asuntos de independencia y soberanía de Colombia”. Este documento pone en vilo las relaciones bilaterales que de manera histórica nos ha costado tanto trabajo construir.

Desde 1959, cuando triunfó la revolución de Fidel Castro y diferentes movimientos insurgentes brotaron en América Latina, el argumento de romper relaciones diplomáticas con Cuba reunió el consenso de distintos sectores políticos que atribuyeron la violencia y los problemas de orden público a la acción del comunismo internacional. Desde entonces, este se ha convertido en el argumento favorito de quienes pretenden justificar el hartazgo social a costas de una conspiración foránea con miras electorales. 

Dos rupturas de relaciones diplomáticas entre Colombia y Cuba en el siglo XX han quedado en la historia como hitos que no se pueden repetir. La primera, en 1961, bajo el Gobierno de Alberto Lleras Camargo y la segunda, en 1981, durante la administración de Julio César Turbay Ayala. Hoy, en un contexto político no muy diferente al que motivó la última ruptura diplomática, es la guerrilla del ELN la que está en el centro del debate, mientras algunos sectores políticos piden al Gobierno nacional revisar las relaciones con Cuba.

Resulta irónico pensar que, desde un principio, Simón Bolívar planteó la necesidad de independizar a Cuba para contener la expansión del colonialismo europeo y norteamericano en América Latina. El Libertador alguna vez dijo: “La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres, sino inexorable decreto del destino. Unámonos y seremos invencibles”. La historia nos demuestra, desde las raíces de nuestra configuración como República, la existencia de vínculos estratégicos con el Caribe. 

Esta tradición es la prueba material de un legado histórico y cultural que acompaña nuestro proceso de construcción como nación e, incluso, determina la orientación de nuestra política exterior. El relacionamiento de Colombia con el gran Caribe se convirtió en un mandato constitucional y Carlos Holmes Trujillo, excanciller de Colombia recientemente fallecido, batalló por la inclusión de este vínculo estratégico en nuestra Carta Política cuando fue constituyente en 1991.

Desde 1959, cuando triunfó la revolución de Fidel Castro y diferentes movimientos insurgentes brotaron en América Latina, el argumento de romper relaciones diplomáticas con Cuba reunió el consenso de distintos sectores políticos que atribuyeron la violencia y los problemas de orden público al ejemplo cubano. 

Los drásticos cambios impuestos al interior de la isla, entre ellos, la nacionalización de las empresas extranjeras, prontamente fueron castigados por los Estados Unidos. 

En la región, las consecuencias tampoco se hicieron esperar. En diciembre de 1961, el gobierno de Alberto Lleras rompió relaciones con La Habana y pidió convocar una reunión con los cancilleres americanos, de acuerdo con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. La reunión, celebrada en 1962 en Punta del Este, Uruguay, tuvo como resultado la expulsión de Cuba de la OEA, con el respaldo de catorce países, entre ellos, Colombia, y la abstención de otros seis (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y México). La exclusión de Cuba del principal proyecto político regional de la época obedeció simbólicamente a la filosofía de “América para los americanos”, como resistencia al brote de células comunistas en diferentes latitudes de América Latina. 

Quien promovió la distensión regional, aprovechando el contexto internacional heredado de Contadora y la paz en Centroamérica, fue el expresidente Virgilio Barco. Su política de crear acercamientos con Cuba en el marco de escenarios multilaterales permitió reunir el apoyo de algunos países por medio de las votaciones respecto a Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra. La gestión de Barco en materia de política exterior no solo sentó las bases para que el expresidente Gaviria restableciera relaciones consulares y diplomáticas con la isla, sino que demostró la mejor faceta del multilateralismo, en donde es posible el diálogo, aun cuando existen coyunturas difíciles como las que vivimos por estos días.

Un ejercicio pragmático de la política exterior se hace más que necesario en estos momentos de reconfiguración política internacional cuando, hace cuatro años, Colombia, con el respaldo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, junto con Cuba y Noruega en condición de países garantes, entregaba al mundo un acuerdo de paz sin precedentes con la guerrilla de las FARC. Esta acción, que logró reunir el mayor respaldo multilateral en la historia reciente del país, hoy tristemente nos vuelve a enfrentar contra quienes fueron sus protagonistas.

La difícil problemática que enfrentan Colombia y Cuba por la presencia de los líderes del ELN asentados en la isla como resultado de los protocolos en el proceso de paz con esta guerrilla, más allá de poner en jaque el diálogo diplomático con Cuba, suscita el mejor ejemplo de que por estos días no hay diálogo que valga ante las dificultades que existen para destrabar las negociaciones. El terrible atentado cometido por el ELN contra la Escuela General Santander en 2019 nos recordó la faceta más cruel del horror de la violencia en Colombia, y, por si fuera poco, ante la ausencia de un diálogo directo con este grupo guerrillero, la situación podría llegar a ser más crítica.

Mientras el mundo reacomoda sus piezas y el llamado a la unidad revive desde Washington, de la mano del nuevo secretario de Estado y arquitecto del deshielo hacia Cuba durante la administración Obama, Antony Blinken, se hace necesario que Colombia replantee su estrategia con dos aliados históricos como Venezuela y Cuba.

Un redireccionamiento oportuno en materia de política exterior podría merecer el firme respaldo de la Casa Blanca y del Congreso demócrata, partiendo de que Venezuela y Cuba son actores fundamentales en el relacionamiento hemisférico. Más aún, en nuestra larga carrera por alcanzar la paz, Cuba ha sido determinante en facilitar todos los diálogos entre los diferentes Gobiernos de Colombia y las guerrillas de las FARC y del ELN, por lo que sería un error histórico continuar con una agenda polarizadora en un momento que necesita, más que nunca, reconstruir el multilateralismo latinoamericano.

“Se hace necesario que Colombia replantee su estrategia con dos aliados históricos como Venezuela y Cuba”.