Por Óscar Montes

Periodista, analista político 

Considerado el mejor alcalde que ha tenido Barranquilla en sus lustros de existencia, con una aprobación del 90 % de su gestión, Alex Char ha sido tentado para ocupar la fría silla de la Casa de Nariño

Cuando uno recorre algunos barrios populares de Barranquilla, como Las Américas, La Sierrita, La Paz, Las Malvinas o Santo Domingo, y les pregunta a los habitantes quién pavimentó sus calles y construyó sus parques, donde ahora juegan felices sus hijos, no dudan en responder: “Esto es obra de Alex”. Así, a secas. Todos ellos saben a quién se refieren: están hablando de Alex Char, el alcalde que solo necesitó dos administraciones para cambiarles la vida a cientos de familias que antes, a duras penas, sobrevivían en verdaderos barriales, donde el futuro que les esperaba a sus hijos era la drogadicción o el hampa. 

Eran cientos de familias que carecían de lo más elemental, como los servicios de acueducto o alcantarillado. Tampoco tenían escuelas o centros de salud. Todos llegaron a Barranquilla años atrás, cargados de ilusiones, a forjar un mejor futuro, pero se encontraron con una ciudad que les dio la espalda, así como también le había dado la espalda al río Magdalena, a pesar de tenerlo en sus narices.

La Barranquilla procera e inmortal, como dice el himno de la ciudad, vivió durante muchos años ignorando el progreso, pero también desamparó a quienes llegaron a ella en busca de un mejor destino. A todas esas personas, Alex, a secas, les cambió la vida.

Con el programa Barrios a la obra, puesto en marcha en su primera Administración en 2008 y continuado en la de Elsa Noguera y, ahora, en la de Jaime Pumarejo, el entorno de miles de familias se transformó para siempre. El programa fue concebido como un trabajo en equipo entre la Administración distrital y la comunidad: unos ponían recursos y maquinaria, y otros, la mano de obra. Todo a un ritmo impresionante de 24/7, es decir, veinticuatro horas al día durante los siete días de la semana.

Detrás del cemento —hoy muy criticado por quienes consideran que las continuas Administraciones han debido focalizarse en lo social— venía la nueva vida, porque para un barrio marginal, cuyos habitantes carecían de lo básico, contar con vías pavimentadas significaba pasar del infierno al cielo.

Después vinieron los parques, los centros de salud, las escuelas y otras obras que dignificaron la vida de los habitantes de esos cientos de barrios, quienes hoy le agradecen a Alex por haber pensado en ellos.

El otro gran dolor de cabeza de Barranquilla era la formación de los arroyos en época de lluvias, que no solo paralizaban la ciudad, sino que arrastraban personas que morían mientras las aguas turbulentas las arrojaban al río Magdalena.

Los tristemente célebres arroyos no solo atentaban contra la productividad y la competitividad de la ciudad, sino que también enlutaban a decenas de familias barranquilleras. Los noticieros de televisión se recreaban mostrando las imágenes de las aguas que arrastraban personas y vehículos, así como con los testimonios de los “héroes” que arriesgaban sus vidas y se enfrentaban a la creciente para tratar de salvar a quienes estaban a punto de ser devorados por las aguas pestilentes. Hoy, todas esas imágenes son historia. Los “arroyos asesinos”, como los llamó el propio Alex Char, dejaron de ser noticia. La recomendación de una comisión de expertos —que en la década del ochenta propuso trasladar la ciudad a otro lugar, ante la imposibilidad de convivir con los arroyos—, por fortuna, está archivada.

Alex Char y los miembros de su equipo, entre ellos, Elsa Noguera y Jaime Pumarejo, quienes después lo sucedieron en la primera y segunda Alcaldía, respectivamente, lograron que Barranquilla fuera vista con otros ojos, tanto nacionales como internacionales.

Las exitosas administraciones de Char, elegido en sus períodos como el mejor alcalde del país y con una aprobación del 90 %, lo convirtieron en protagonista de la política nacional y su nombre forma parte de la baraja de presidenciables.

Se trata, sin duda, de la figura política con mayor proyección de la región Caribe, en donde cuenta con gran respaldo popular. Alcaldes y gobernadores quieren conocer de primera mano cómo logró transformar una ciudad que, por décadas, padeció el abandono y parecía un caso perdido. Esa tarea de replicar el “modelo Barranquilla” a ciudades y departamentos es una de las misiones que tiene pendiente Alex Char y a eso quiere dedicarse, en tanto escucha voces —cada día más insistentes— que le dicen que llegó la hora de dar el salto a las grandes ligas de la política nacional.

En una zona que sufre a diario el rigor de decisiones tomadas en mullidos sillones bogotanos, la posibilidad de que alguien de la costa llegue a tener protagonismo político y electoral en el futuro inmediato tiene buen recibo.

Mientras ese momento llega, este ingeniero civil de la Universidad del Norte, juniorista hasta la médula, hijo de Fuad Char y Adela Chaljud, esposo de Katia Nule y padre de Alejandro y Mariana, sigue trabajando para nunca dejar de ser Alex, a secas, como lo conocen los habitantes de Barranquilla, en especial, los del sur, a quienes, sin duda, les cambió la vida. Detrás del cemento llegó el progreso.