Por: ENRIQUE HERRERA ARAÚJO -Analista en temas de desarrollo rural- @enriqueha

Para comenzar, un diagnóstico en un párrafo: el campo colombiano es pobre, poco educado e informal. Se está despoblando, los negocios rurales tienen baja rentabilidad y hay inseguridad. La tierra se usa en lo que no es y en donde no es. La agricultura es poco competitiva, productiva y diversificada. Está enfocada en la producción primaria y dividida en un grupo de grandes productores en la agroindustria y otros pequeños productores dedicados a bienes de consumo y autosubsistencia.

La agricultura colombiana del siglo XXI si quiere ser disruptiva debe ser, sin lugar a duda, verde, digital y competitiva. Y para ello necesita:

Invertir en digitalización e inteligencia artificial. Y tal como lo anotó Luis Hernández: i) promover un ecosistema de servicios tecnológicos para la agricultura inteligente; ii) impulsar mayor conectividad en áreas rurales con potencialidades productivas y iii) fortalecer las habilidades digitales de los productores agropecuarios.

Formar científicos de datos agropecuarios para afrontar los retos de la agroclimatología, agrologística, competitividad, comercio y mercado; celebrar hackatones, es decir, convocatorias para abordar soluciones a los problemas del campo e impulsar plataformas digitales de compra-venta, servicios tercerizados y financiamiento. Pensar el agro sin lo digital es pensar en un agro del siglo XX, desconectado y no on line.

Promover un entorno apropiado para los negocios rurales y por ello, es indispensable disminuir la incertidumbre que genera un cambio de gobierno; así mismo, se debe dotar con bienes y servicios públicos la producción agropecuaria; mejorar la productividad y, por supuesto, conquistar mercados.

Es recomendable impulsar la nueva agricultura de los superalimentos. Estos superalimentos benefician el cuidado de la salud y si le sumamos el aguacate, cacao, las especies con grasas saludables, las frutas tropicales, andinas, amazónicas y las plantas aromáticas a los cultivos ya consolidados en el país (café, flores, banano, caña de azúcar, palma de aceite y banano) más los tradicionales (arroz, papa, plátano) y las hortalizas producidas de manera intensiva, encontraremos un norte y un gran potencial agrícola para el país. Y si con la agrotecnología transformamos las plantas en fábricas, es decir, una planta que hasta ahora producía granos, empieza a producir energía, bioplásticos, moléculas, enzimas, ingredientes, o sea, productos de uso industrial… el futuro es promisorio.

“Cabe preguntarse si la nueva regla fiscal erró al exigir austeridad en el periodo de transición 2022-2025”

La agricultura verde está abriendo nuevos hábitos de consumo -por las nuevas agendas de los jóvenes, la preservación del medio ambiente y el envejecimiento de la población del mundo- y, por lo mismo, la agricultura orgánica y saludable está ganando mercado en las vitrinas de sectores pudientes.

La Comisión Europea se propuso destinar al menos el 25% de las tierras de la Unión Europea a la agricultura ecológica para el 2030. Colombia, podría plantearse un porcentaje menor.

En cuanto acceso a la tierra es beneficioso jugársela con: i) el arrendamiento por períodos largos de tiempo. Con menos presupuesto accederán más familias a un predio; ii) el derecho real de superficie, que permite construir sobre el suelo de otro con derecho a apropiarse de lo que ha sido construido o cultivado sobre este sin que el dueño del suelo pierda su propiedad y iii) aumentar la tributación a las tierras empleadas con fines especulativos.

En el ordenamiento rural, los planes de ordenamiento territorial -POT- deben ser los ejes articuladores de la intervención territorial rural y en la misma línea deben fortalecerse municipios intermedios para que sean nodos o ejes de articulación, dinamización e interacción agrícola regional. 

Y en la agenda legislativa deben presentar un régimen especial tributario para el campo que establezca un tratamiento diferencial para, por ejemplo, el que invierta determinada suma en un proyecto productivo y que genere empleo formal; o que asocie en su proyecto productivo a un número determinado de pequeños campesinos; o que incorpore agrotecnología en su actividad productiva; o que incluya a jóvenes en su proceso productivo o que agroexporte. Ellos deben tener un tratamiento preferencial.

En temas de coyuntura es necesario afrontar el problema de hambre con una política pública de producción alimenticia y de control a la inflación de alimentos. En el tema de agroinsumos apostarle a los bioinsumos porque  disminuyen el impacto ambiental, generan mayor valor agregado y rentabilidad y producen alimentos más sanos y de mayor calidad. 

Así como el Gobierno impulsó la fabricación de vacunas Covid-19, debe hacer lo propio para la producción nacional de agroinsumos.  Pero igualmente, en el tema de agroinsumos tal y como lo está pensando el Ministerio de Agricultura, se deben impulsar canales especializados de comercialización para mejorar la eficiencia en la cadena de distribución; establecer una línea especial de crédito; crear dentro del servicio de extensión agropecuaria una línea especial para su buen uso y buenas prácticas y elaborar  un estudio de demanda de agroinsumos por cultivos y por regiones para conocer, monitorear y orientar la dinámica del mercado de dichos productos. 

Por último, la inseguridad y la falta de control del orden público desestimula la inversión. Una de las trampas de la pobreza es la trampa del conflicto. La seguridad es un bien público, proporciona confianza en las transacciones, certidumbre y mejora el clima de negocios y por lo tanto, al igual que hay un Gaula se debe crear una fuerza especial de despliegue rápido para la seguridad rural que complemente la tarea de los carabineros de la Policía.

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