Por ALEJANDRA MELÉNDEZ
Periodista
@alemelendezg

Madrid no es Madrid. Es una ciudad desolada. Sin turistas, esos tan habituales que en un día normal recorren las calles ávidos de cultura, de buena mesa, de una caña en las famosas terrazas que hacen parte de su sello de puertas abiertas para el mundo.

Al cierre de esta edición se cumplían 10 días de estar en cuarentena después de que el gobierno de Pedro Sánchez, decretara el pasado 14 de marzo, el Estado de Alarma en España por la crisis del coronavirus. Inicialmente dijo que sería durante 15 días, pero en su última comparecencia informó que se extiende hasta el 11 de abril. Europa en estos momentos, según la OMS, es el epicentro de la pandemia con más de 179.584 infectados. En España la cifra sigue aumentando, hoy son 33.089 los contagiados y 2.182 personas fallecidas.

Desde que los casos se convirtieron en miles, Madrid frenó en seco. Sus calles atestadas de visitantes y locales andando con prisa para ir de tapas o a sus actividades habituales, se vaciaron. Todo está cerrado, menos los supermercados, las farmacias, kioscos de prensa, gasolineras y el transporte que funciona a media marcha. El ambiente es desolador. Las live cam de la Plaza de Sol o la Gran Vía, muestran a una que otra persona, que parecen fantasmas recorriendo estos lugares. Un autobús o un taxi aparcado esperando un posible pasajero que asome por la boca del metro.

Poco a poco los madrileños han tomado conciencia de la dimensión de un virus que tomó distraída a la ciudad y que no ha sido una situación fácil de asimilar. Todo es nuevo. En los tiempos modernos jamás se había visto algo parecido. Los pocos que salen lo hacen haciendo uso de mascarillas y guantes. Productos que por estos días también están agotados en las farmacias.

Vivir en una ciudad con Estado de Alarma significa no poder salir de la casa, salvo para comprar alimentos, medicinas y productos de primera necesidad, acudir a centros sanitarios, asistir a mayores, menores, personas dependientes con discapacidad o especialmente vulnerables. Y los que tienen mascotas, pueden salir a darles un breve paseo pero asegurándose de no entrar en contacto con personas.

En las redes sociales ya es viral el hashtag #QuédateEnCasa con el que quieren crear conciencia en la gente y así evitar el colapso de las entidades de salud y bajar la curva de transmisión.

“A ver si la gente lo entiende con una canción”, tuiteaba la cantante española Olaya Alcázar hace unos días junto a un video en el que interpretaba un tema creado exclusivamente para esta crisis sanitaria. “Quédate en tu puta casa”, se ha convertido ya en la canción viral de la cuarentena. El post ha alcanzado los 66 mil likes y 35 mil retweets.

La solidaridad ha salido a flote estos días. En los elevadores se ven notas escritas a mano por personas que ofrecen ayuda para comprar alimentos a los mayores que viven solos, y desde hace un par de noches, el sonido de un aplauso colectivo se escucha desde las ventanas y los balcones de las casas españolas. Una iniciativa que empezó por un mensaje de WhatsApp y que se convirtió en un gesto de agradecimiento a los que siguen trabajando para afrontar el Covid-19.

Unos héroes que están jugándose la vida en la calle por todos para superar esta crisis, el personal sanitario, los de los aeropuertos, cajeros, repartidores y empleados de gasolineras, por mencionar solo algunos.

No se sabe hasta cuándo va a durar estos días llenos de paradojas. Solo queda esperar y tal vez preguntarnos ¿qué podemos aprender de todo esto? ¿Cómo ocupamos el tiempo en nuestros días de la sociedad moderna en la que vivimos?

Por ahora lo más responsable es quedarnos en casa. Ver la vida desde el balcón y añorar los tiempos en los que salíamos libremente sin miedo a enfrentarse a un enemigo invisible que se ha ensañado con el mundo. Por lo menos, en tiempos de coronavirus –en el mundo globalizado–, podemos seguir en “contacto social” con los amigos y la familia por medio de los teléfonos y las aplicaciones de mensajería. Ya habrá tiempo para las conversaciones frente a frente, los cafés, las terrazas, los museos, los parques, el gimnasio, los saludos de beso y los abrazos. Lo que sí, es que después de todo esto, nada será igual.

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