Por Rodrigo Pombo Cajiao / Analista político, abogado / @pombocajiao

Todo lo que sabemos del profesor Sergio Fajardo políticamente es que quiere hacer las cosas bien, pero eso es aceptable para el aula de clase, lo cual es auténticamente insuficiente para gobernar una convulsionada nación. Fajardo tendrá que dar muchas explicaciones a los entes de control sobre su actuación en el descalabro de Hidroituango. Del porqué como gobernador no asistió a ninguna junta directiva de las Empresas Públicas de Medellín (EPM) y delegó en un tercero, trascendentales decisiones que hoy han dejado pérdidas por más de cuatro billones de pesos.

Las virtudes de Sergio Fajardo se acomodan bien a la de un sacerdote: medido en sus palabras, pulcro de acción, cándido de sentimientos y místico en su pensar. De no ser por su participación en política, nadie sabría que es matemático de profesión ni docente, pues a diferencia del profesor Mockus su manera de gobernar ha sido muy rutinaria y no especialmente pedagógica.

Salvo sus enemigos, pocos dudan que su pasar por la administración pública haya sido satisfactoria, lo cual no constituye mérito pues gobernar las conservadoras tierras de los paisas es poco más fácil que la eternidad de los cristianos.

Cualquier columnista quisiera poder decir algo serio de Fajardo, pero no se puede, no sabe a nada. Es capaz de decir que apoya las marchas de los estudiantes porque elevan legítimos reclamos y, a renglón seguido, afirmar, sin ruborizarse, que desconoce los reclamos. 

De sus vicios, ni hablemos; nadie los conoce. No porque tenga exceso de virtud aristotélica sino porque carece de vicio dionisíaco, es decir, carece de ese algo humanado que fascine a sus seguidores e incomode a sus opositores. Nadie conoce verdaderamente a Sergio Fajardo. Y ese es precisamente el problema. En la política el más grande valor a custodiar es la familiaridad, esto es, que la gente sepa qué esperar de sus líderes. 

Evitar los imprevistos, alejarse de las posturas intempestivas, revolucionarias, poco conocidas y exploradas siempre propias de los caudillistas.

Esa familiaridad es precisamente la que otorgan las doctrinas y las ideologías políticas pues la gente sabe a qué atenerse. Por más culto y lúcido que sea el gobernante si no obedece a un norte doctrinario, a una estructura de poder, cualquier antojo servirá de argumento para la arbitrariedad.

De él se sabe que no sabe de política, o que no quiere saber, que es aún más grave. Él no obedece a doctrinas políticas, que si acaso las conoce; tampoco a principios políticos, que si acaso no los asfixia con su soberbia al decir de Lucho Garzón. 

De él se dice que es obediente seguidor de sus seguidores, sobre todo de los más cercanos: del senador Jorge Enrique Robledo y los del MOIR aprendió el odio al libre mercado, a los TLC, al ALCA, así como el amor al intervencionismo estatal. A la alcaldesa Claudia López, le aprendió a acomodarse y nadar como pez en el agua en los mares de las políticas socialdemócratas. De los verdes sabe, o quiere saber, que son unas buenas personas, o creen serlo, pero no saben qué preferir, si la libertad, la igualdad o el orden en materia política.

De los “Santistas”, si tal cosa existe, recibió el discurso de la paz pero no se ha comprometido con ninguno de sus cuatro grandes y distintos significados: la paz como ausencia de guerra, la paz como proceso con las FARC, la paz como desarrollo integral estructural ni la paz como la manera de evitar muertes y masacres. 

Paradójico afirmarlo, pero de él sabemos lo que desconocemos, que es decir mucho, menos una cuestión: que él es el líder, que es alfabetizado y que quiere hacer las cosas bien. Todo lo cual es aceptable para el aula de clase, pero auténticamente insuficiente para gobernar una convulsionada nación.