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El senador Petro parece decidido a convertirse en el jefe natural del ‘partido anarquista de Colombia’

Por Juan Manuel Galán

Exsenador de la República

El país afronta una crisis económica, social y de salud pública sin precedentes, ocasionada por la pandemia del Covid-19. En un contexto como este, los ciudadanos esperan de sus líderes sensatez, grandeza, trabajo en equipo y soluciones reales. Al colombiano que ha perdido su empleo, que no tiene cómo pagar el arriendo, que tuvo que cerrar su negocio o que tiene un familiar en un hospital mal equipado en un municipio de cuarta categoría, no le interesan las peleas políticas y las disputas con fines electorales. Sin embargo, el senador Gustavo Petro ha decidido asumir su rol, como jefe de la oposición, con actitud mezquina, incendiaria y poco propositiva.

Su cálculo político es claro y evidente. Si al Gobierno le va mal, el partido de gobierno pierde las próximas elecciones presidenciales. La percepción de la ciudadanía sobre un gobierno, está estrechamente ligada al desempeño del país en áreas esenciales como el empleo, el crecimiento económico, la seguridad ciudadana, la provisión de servicios públicos, la calidad y el acceso a la salud y a la educación. Por algo dicen que cada uno habla de la fiesta según le va en ella. Y Petro entiende que en medio de la crisis es electoralmente rentable señalar y recalcar todas las problemáticas del país, presentes y de vieja data, para acrecentar el pesimismo y avivar la indignación.

Es por esto que llama a la desobediencia civil, a no pagar servicios públicos, a no pagar arriendos residenciales ni comerciales y a no pagar las deudas bancarias. Está solo a un paso de proponer el no pago de impuestos. Busca desestabilizar aún más las instituciones públicas y privadas, ya golpeadas por la pandemia, para que el sentimiento de caos sea generalizado y los votantes deseen un cambio drástico al otro extremo

del espectro político. Sus únicas propuestas son fiscalmente irrealizables en el corto y mediano plazo, pero son muy populares entre quienes afrontan necesidades, se sienten abandonados por el Estado y con toda la razón buscan aferrarse a una esperanza, por ficticia que sea. El senador Petro parece decidido a convertirse en el jefe natural del ‘partido anarquista de Colombia’.

Ahora bien, en este punto cabe recordar que el partido de gobierno está siendo víctima de sus propias prácticas, empleadas durante el cuatrienio pasado. En 2016, Iván Duque también llamaba a la resistencia civil. En ese entonces, cada acción del gobierno de turno era señalada de traicionar los valores de la patria y de la sociedad. En materia económica, cada cifra desfavorable era magnificada y cada conquista era ignorada. Esa actitud les dio frutos para ganar en 2018, pero ya no pudieron detener la indignación permanente que ayudaron a generar.

Pero volviendo al presente, Gustavo Petro sabe bien que si derrota a la derecha en 2022 todavía no habrá ganado la Presidencia. Su principal obstáculo es el centro del espectro político, que representa un cambio de visión y de enfoque, pero que no acude al extremismo. Por eso también ataca de manera ininterrumpida al Gobierno Distrital de Claudia López, en un afán de hacer daño a su aliado Sergio Fajardo. Se equivoca en esta estrategia, puesto que no es una persona en particular, sino una idea la que va a derrotarlo en las urnas. La idea de un liderazgo positivo, ecuánime, sin populismos, que toma decisiones fundamentado en la evidencia. El centro puede ser representado por diferentes personas que comprenden la importancia de la construcción colectiva, que toman decisiones sin tibieza y que defienden unos estándares éticos.

Claramente, esta columna no es una defensa del presidente Iván Duque. Mis profundas diferencias con el actual mandatario y con el partido de gobierno son ampliamente conocidas por la opinión pública. Mis puntos de vista al respecto han sido claros en los medios de comunicación y en las redes sociales. Pero sí soy un defensor de las instituciones, que se parecen a la salud en que solo se valoran cuando se pierden. A Colombia le ha costado mucho construir sus instituciones y su cultura democrática; miles de colombianos, incluidos los líderes del Nuevo Liberalismo en la década de los años 80, entregaron su vida para defenderlas.

Llamar a destruirlas es una falta de respeto con ese esfuerzo colectivo de tantas generaciones. Claro que hay que reformarlas, claro que tienen defectos, claro que hay que modernizarlas y llenar sus vacíos con prontitud. Pero eso se consigue dentro de un marco de respeto por las reglas de juego, sin violencia, sin la perversa “combinación de todas las formas de lucha”, sin populismo, sin el “todo vale” o del fin justifica los medios: sobre todo, escuchando y reconociendo el valor de diferentes puntos de vista.

Si al país le va bien, a todos los colombianos nos va bien. Las elecciones no se ganan señalando los errores de los demás, sino dejando claro por qué uno puede hacerlo mejor y por qué es capaz de despertar un nuevo sentimiento de esperanza en el pueblo colombiano.

Su cálculo político es claro y evidente. Si al Gobierno le va mal, el partido de gobierno pierde las próximas elecciones presidenciales

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