Por: Óscar IVÁN ZULUAGA
Economista
Exministro de Hacienda

El impuesto que más castiga a los pobres y a la sociedad en general es la inflación, porque la subida de precios generalmente precede (y excede) el aumento de los salarios. Por esa razón el camino para construir una economía sana y sólida se inicia con una inflación baja. No es pretencioso afirmar que el logro más destacado de la economía colombiana en los últimos veinte años es haber llegado a la liga de los países de baja inflación (menor al 4% anual).

Hoy enfrentamos una amenaza de alto calibre a ese logro histórico. El último informe del DANE muestra que en los últimos doce meses (a marzo de 2022) la inflación total es del 8.5%, agravada por el hecho de que la inflación de alimentos es del 25% y la inflación anual para los sectores más pobres es del 10.3%. Este hecho se torna más preocupante al añadir que los agentes del mercado esperan apenas una disminución leve y gradual de la inflación a partir de agosto de este año, lo cual amplía los riesgos en el manejo de la economía en plena campaña electoral. Esta coyuntura inflacionaria marcará el rumbo de la política económica y social de un nuevo gobierno.

A lo anterior se suman, por una parte, el efecto socialmente dramático del aumento de la pobreza durante la pandemia y, por otra parte, el aumento del precio global del petróleo, los alimentos y otros productos básicos, fruto de la invasión rusa de Ucrania. Veamos cómo todos estos factores configuran una suerte de “tormenta perfecta” que debería estar en el centro del debate político y económico.

Una de las consecuencias sociales más devastadora de la pandemia es el aumento en la pobreza y la desnutrición. Según el DANE, 21 millones de colombianos viven en condiciones de pobreza (42% de la población), de los cuales 7.7 millones padecen pobreza extrema. Cerca de 2.5 millones de colombianos disminuyeron una comida al día por la pérdida de ingresos y 560.000 niños están desnutridos. Y para agravar aún más el panorama, 2.5 millones de niños entre cero y cinco años y 3 millones de colombianos mayores de 70 años viven en la pobreza. Imagine por un momento, apreciado lector, qué va a pasar con estos millones de colombianos con una inflación de alimentos del 30%. En condiciones de tan dolorosa precariedad, la inflación no es una mera estadística: es una condena de hambre. La inflación mata, y de no atenderse con prontitud y audacia puede conducir a una explosión social.

¿Cómo hacerle el quite a esta catástrofe que parece inminente? Lo primero que se necesita es un alto nivel de coordinación entre las decisiones del Gobierno y las del Banco de la República, cuya independencia es necesaria hoy más que nunca y queda en entredicho en caso de que Colombia elija un gobierno populista como el de Petro. El funcionamiento de los mercados financieros puede producir pérdidas millonarias en el ahorro de millones de colombianos y los costos de financiación del Gobierno Central se pueden disparar si no hay señales acertadas que inspiren confianza. Lo segundo que se requiere es una política de choque en el crédito para el sector agropecuario, en especial para los pequeños y medianos productores, con tasas de interés reales de cero para abaratar y aumentar la producción y así presionar los precios de la cadena alimenticia a la baja. Un tercer frente de acción es el de las transferencias monetarias a los sectores más pobres, los que padecen las más graves consecuencias del aumento en los precios de los alimentos. El Gobierno debe rápidamente reorientar el gasto público para mitigar este drama social de física hambre. Países como Alemania, España y Francia ya han decretado trasferencias económicas transitorias por el alto costo del petróleo y la energía; Colombia debe hacer lo propio en relación con los alimentos.

De no actuar con celeridad y eficacia en este tema, podemos matar las posibilidades de la recuperación social y multiplicar los riesgos económicos y de gobernabilidad para el nuevo gobierno, cualquiera que sea. Hoy, en Colombia, hay que luchar contra la inflación para salvar vidas y evitar el hambre.

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