Por Daniela Abisambra Bernal

Comunicadora social e internacionalista, premio CPB, Podcast Curioseame sobre la vida de los jóvenes.

@AbisambraD

El 27 de octubre de 2019, día de elecciones regionales en el país, fueron varias las propuestas que resultaron llamativas para los capitalinos a la hora de escoger como primera alcaldesa de Bogotá a Claudia López con más de 1 millón de votos. Una de las que más llamó la atención fue el manejo que la candidata le iba a dar a la creciente inseguridad presente en la capital en sus distintas modalidades que venía en incremento en los últimos años. Hurto a personas, a residencias, robo de motocicletas, de celulares y bicicletas, ataques sexuales y hasta homicidios por intentar llevar a cabo alguna de las anteriores, se convirtieron en el pan de cada día de la capital colombiana. La ahora alcaldesa aseguró en su candidatura que sería ella la nueva jefa de la Policía que haría temblar a los delincuentes. ¿Qué ha sucedido con esto? 

Luego de un año de mandato las cifras efectivamente han disminuido en la mayoría de las modalidades, pero ha aumentado en otras y lo que es más preocupante, la percepción de inseguridad continúa en aumento entre los habitantes de la capital. Entre las cifras que han disminuido en comparación con el 2019 se encuentran el hurto a personas, motocicletas, residencias y celulares; mientras que las que han aumentado son todas aquellas relacionadas con el hurto de medios de transporte como la bicicleta y el automóvil y los homicidios que han tenido un incremento del 1,5 % en el periodo enero-octubre en comparación con el periodo anterior de acuerdo con la Secretaría de Seguridad. 

Pero si en su mayoría ha disminuido la cantidad de actos vandálicos ¿por qué sigue habiendo una percepción tan alta de inseguridad? Esto en gran medida se debe a que la respuesta de muchos expertos al porqué de la disminución pues no ha sido por una mayor presencia policial o mejores sistemas de vigilancia, pero por las restricciones de movilidad que se han presentado desde el inicio de la pandemia. Recordando que tuvimos una de las cuarentenas más largas del mundo y sin ciudadanos en las calles (en comparación con los altos volúmenes que normalmente rondaban las calles capitalinas a diario). No debería sorprendernos ni tampoco deberíamos aplaudir dicha disminución en las tasas, como lo espera la alcaldesa al regocijarse y adjudicarse una victoria administrativa que en realidad corresponde es realmente a una externalidad producto de la pandemia. 

Lo que sí debiera sorprendernos es que el verdadero problema más allá de que no se haya visto una reducción sustancial de las cifras (entendiendo el contexto actual que ha favorecido a los datos de la Secretaría de Seguridad) radica en la normalización de la inseguridad en la que vivimos. Se ha vuelto tan común salir a la calle con miedo a ser atacado ya sea por hurtar alguna de nuestras posesiones o por delitos sexuales que hemos llegado a normalizar y hacerlo parte de nuestra cotidianidad. Hemos incluso llegado al punto de sentirnos responsables o responsabilizar a los otros por ser robado y/o atacado como si el agredido fuera el que está equivocado. “Es que para qué da papaya con el celular en la calle”, “quien lo manda salir en ese carro por ese lugar”, “para que usa joyas en Bogotá” y la más preocupante de todas en el caso de los ataques de carácter sexual: “para que se viste de esa forma”. 

Así que la pregunta radica aquí: ¿En qué momento la víctima de dichas agresiones se volvió la culpable de estas? Cabe resaltar que esto no nace necesariamente de la malicia de encontrar culpables entre los inocentes, al revés, creo yo que esta ha sido la forma no solo de los jóvenes, pero de todos los que en esta ciudad habitamos de afrontar esta problemática que nos aqueja constantemente y es privarnos de libertades para sentir seguridad. Libertad de coger transporte público con tranquilidad, libertad de utilizar los dispositivos electrónicos en lugares públicos, libertad incluso de vestir de cierta forma si se van a frecuentar horas o lugares considerados peligrosos. Esto debe cambiar.

Debemos empezar por varios puntos. El que es más evidente para todos es el refuerzo de un trabajo articulado entre instituciones públicas y privadas (como los servicios de celadores), un aumento de puntos de control en “zonas calientes”, y la implementación de nuevas tecnologías a los sistemas de vigilancia que los hagan más eficientes. Pero el que es más difícil de cambiar en el imaginario colectivo, es dejar de normalizar el crimen, el miedo y verlo como lo usual en la ciudad, como un robo más, un atraco nuevo o un simple número para una lista interminable en la parte de la culpa recae en la víctima y no completamente en el victimario. Debemos escandalizarnos por el robo de un dulce, por un atraco a mano armada, por una insinuación de un ataque sexual. Debemos cambiar la seguridad en nuestra ciudad, pero aún más debemos cambiar la manera en la que nos relacionamos con ella.

“Se ha vuelto tan común salir a la calle con miedo a ser atacado ya sea por hurtar alguna de nuestras posesiones o por delitos sexuales que hemos llegado a normalizar y hacerlo parte de nuestra cotidianidad”.