Las primeras semanas del profesor izquierdista en el poder ha desatado la preocupación en el empresariado peruano. No tiene gobernabilidad y su gabinete hizo derrumbar la bolsa.

Castillo se posesionó el pasado 27 de julio tras una larga disputa con Keiko Fujimori por el resultado electoral.

Por Catalina Gallo 

Periodista 

El nuevo presidente del Perú, Pedro Castillo, no lleva ni un mes en el cargo y ya enfrenta a los medios de comunicación en su contra, una fuerte devaluación y la justicia detrás de miembros de su gabinete. 

“Infortunadamente para Perú, a Castillo las cosas no le están marchando, no le están saliendo como deberían”, sostiene Juan Nicolás Garzón Acosta, profesor de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de La Sabana. 

Muestra de ello son, según el analista, la salida del país de 15.000 millones de dólares de inversión desde la llegada del docente de escuela al poder, la devaluación de la moneda –el sol– en más del 12 % en relación con el dólar, desde abril, cuando Castillo ganó la primera vuelta, lo cual ha incrementado los precios de productos básicos, y la poca confianza en el gobierno reflejada en la caída de la bolsa peruana.

Garzón explica que, además, tiene a la opinión pública en su contra y todos los días los medios de comunicación limeños publican columnas o editoriales desfavorables al gobernante de izquierda que anteriormente lideró con éxito paros del magisterio.

Por su parte, Dionne Cruz, politóloga y docente de la Pontificia Universidad Javeriana, argumenta que parte de este rechazo puede deberse a una campaña de desprestigio de la derecha, la cual ve amenazados sus intereses con un gobierno que plantea reformas estructurales tales como una asamblea nacional constituyente y la redistribución de los ingresos provenientes de la minería, la principal fuente de la economía del país vecino.

Precisamente, afirma la politóloga, uno de los retos de Castillo es ganarse la confianza del sector privado, que rechaza su postura y su ideología de izquierda porque lo ven como una amenaza para los intereses dominantes, aunque haya puesto a un moderado como Pedro Francke al frente de la economía. “Con Castillo se ha complicado la situación económica por miedo a políticas más sociales que buscan romper con el modelo neoliberal”, afirma la politóloga.

Estos cambios están asociados al origen de Castillo, un educador hijo de padres analfabetos, que representa a los campesinos y se viste como ellos, con sombrero, poncho y unos sacos que recuerdan al líder boliviano Evo Morales.

Guido Bellido, jefe de gabinete de Castillo, es marxista radical.

La espada de la vacancia

Tal vez el principal reto que enfrenta Pedro Castillo es lograr una gobernabilidad con una votación del 20 % en la primera vuelta de las elecciones y con una representación en el Congreso de solo 37 curules de un total de 130. 

Así mismo, como lo plantea Garzón, viene de un proceso electoral supremamente polarizado y muchos de sus votos pudieron ser más un rechazo a la candidatura de Keiko Fujimori, candidata de la derecha también cuestionada, que un apoyo real a Castillo. A esta dificultad para ganar la gobernabilidad se suma la inestabilidad política del Perú. Durante los últimos cinco años, el país ha tenido cuatro presidentes, y sobre cualquier gobernante pende, como una espada de Damocles, la posibilidad de que lo destituyan.

El analista Garzón agrega que en el país vecino existe la figura de la vacancia, con la cual el Congreso puede destituir a un presidente por incapacidad moral. “La destitución siempre está rondando a los presidentes del Perú, es una figura ambigua y quitarse esa preocupación de encima es un reto para el gobierno”.

Primer ministro controvertido

Por otro lado, también existen dudas sobre las personas que Castillo ha nombrado en su gabinete. El primer nombramiento cuestionado fue el del ‘premier’ o jefe del gabinete de ministros, Guido Bellido, miembro del ala radical del partido oficialista de izquierda, Perú Libre, que respaldó a Castillo.

Solo su designación hizo que el índice bursátil cayera 6 %. El jefe de los ministros generó rechazo porque es cercano a Vladimir Cerrón, el verdadero poder en Perú Libre, y se define como marxista. Cerrón, un neurocirujano que no fue candidato presidencial por un fallo condenatorio en su contra por corrupción, ha manifestado su admiración por los gobiernos de Cuba y Venezuela. 

Además, recientemente la Fiscalía les abrió a Cerrón y a Bellido una investigación por lavado de dinero. Se les acusa de cometer irregularidades en la financiación de la campaña de su partido y a Cerrón, particularmente, de haberle pagado a la justicia para que fallara a su favor en otros procesos.

Uno de los grandes miedos de la derecha en Perú –y en general, de la región– es que el país se convierta en otra Venezuela, donde no haya democracia y se instale una dictadura populista; pero Garzón advierte que no es tan fácil que esto suceda en Perú, precisamente por la figura de la destitución.

Castillo incluyó otros personajes controvertidos en su equipo, como el exguerrillero de 85 años Héctor Béjar, excolaborador del dictador Juan Velasco Alvarado, posesionado como canciller, pero quien solo duró 19 días en el cargo. Su renuncia fue motivada por haber dicho que «el terrorismo en el Perú lo inició la Marina»;  e Iber Maraví, ministro de Trabajo, cuestionado por su cercanía al brazo político del grupo guerrillero Sendero Luminoso. Son más de 20 los funcionarios en tela de juicio por diversas razones que abarcan el pasado judicial y las calidades para sus cargos. Castillo necesita la confianza del Congreso para su gabinete y si lo rechaza dos veces podría optar por cerrar el Legislativo, como lo hizo hace un par de años Martín Vizcarra, a quien luego le cobraron su osadía con la vacancia.

A todas estas dificultades políticas de Castillo se suma que el país presenta una de las más altas tasas de muertes por covid-19 y tiene dificultades para salir de la crisis económica que está dejando la pandemia. El 70 % de la población tiene trabajos informales y la pobreza llega al 30 %. La combinación de crisis social y económica con poca gobernabilidad hace que el nuevo presidente peruano no la tenga nada fácil, y más cuando sus primeros actos de gobierno han sido un terremoto para la confianza ciudadana.