El tono y el contenido de la gran mayoría de los mensajes de Gustavo Petro no corresponden a las de un político responsable que quiere llegar a la Presidencia de la República, sino más bien, al de un hombre que invita a la destrucción de la democracia.

Incendiario. Es la palabra que resume la forma cómo ha actuado Gustavo Petro, el líder de la Colombia Humana, el movimiento político que aspira a llegar a la Casa de Nariño, frente al estallido social —acompañado de un irracional vandalismo—, que ha vivido principalmente Bogotá y en menor escala otras ciudades como Medellín, Barranquilla y Cali.

Petro ha sido un provocador de los disturbios que se han presentado en las últimas semanas en el país, con el fin de sacar los mayores réditos políticos posibles del caos presentado por el vandalismo de grupos infiltrados en las marchas.

Solo hay que revisar sus redes sociales —especialmente Twitter— para entender la forma cómo ha actuado frente a la situación que se vivió en Bogotá durante las violentas protestas que se desencadenaron por el bárbaro procedimiento de la Policía en el caso del abogado Javier Ordoñez que terminó con su muerte. El jefe de la Colombia Humana se dedicó a transmitir por su cuenta en Twitter la destrucción de los CAI, las golpizas a los policías, las acciones del ESMAD.

El tono y el contenido de la gran mayoría de sus mensajes no corresponden a las de un político que quiere llegar a la Presidencia de la República. Corresponden, más bien, a un hombre que invita a la destrucción de la institucionalidad de la democracia. También a acentuar aún más la polarización política y social que vive el país. Frases como “la alcaldesa no manda”, “aquí les dejo poesía”, #PolicíaCriminal, hicieron parte de los videos y comentarios que compartió en sus redes sociales sobre los disturbios que estaban pasando en las calles.

No contento con darle esa difusión al caos; también aprovechó el momento para irse lanza en ristre contra quienes considera sus opositores políticos e hizo referencia a las investigaciones de Hidroituango y Electro Caribe para poner en la mira a los exalcaldes Federico Gutiérrez, Sergio Fajardo y Alejandro Char, que serán posiblemente sus más seguros contendores en la próxima contienda electoral que se desarrollará en este clima de beligerancia, donde Petro se mueve como pez en el agua.

En momentos como los actuales, donde el país requiere de la serenidad y liderazgo de sus dirigentes para buscar salidas de fondo a la inconformidad social, acentuada por la dura situación económica derivada de la pandemia del coronavirus, el país no ha visto en el jefe de la Colombia Humana un hombre reposado, de propuestas desde la orilla de la oposición. Por el contrario, desde su tribuna de las redes sociales, lo que ha venido haciendo es echarle más gasolina al incendio social.

Lo que sí es claro en esta coyuntura social, es que Petro atravesó esa delgada línea de informar a la ciudadanía de los hechos, a la instigación de la delicada situación de orden público que estaba pasando en el país. No le importó los 54 CAI destruidos, los 77 buses del servicio público quemados, los 194 agentes de la policía heridos. Tampoco condenó la equivocación de los manifestantes que trataron de imponer su ley. No se puede condenar solo los abusos de la Policía, también hay que condenar a quienes salieron a arrasar con todo lo que encontraban a su paso. Y Petro se quedó con un solo lado de la moneda. Tamaña equivocación de un hombre que dice ser la solución a los males sociales del país.

Discurso populista

En los últimos años ha quedado claro que Gustavo Petro es un pendenciero. Lo suyo no es la prensa tradicional, tampoco lo es hacer política con altura; quien no está de acuerdo con sus ideas y propuestas se convierte de inmediato en objetivo de sus ataques como ocurrió con la alcaldesa Claudia López. Ella se negó a echar para abajo el contrato del metro subterráneo, proyecto que había dejado listo Peñalosa. El resultado fue un ataque simultáneo a su gestión, incluso, anunció una demanda penal por anunciar el complejo hospitalario San Juan de Dios, porque Petro está empecinado que se debe salvar a toda costa los servicios de un hospital que no es viable financieramente.

Por esa razón las redes sociales, el discurso callejero y la plaza pública, son su mejor tribuna. A través de esa plataforma ha vendido el discurso de que es el hombre que llevará al país por el camino de la justicia social. En el que los pobres y los campesinos, tendrán un verdadero espacio para sus reivindicaciones sociales. Que la oligarquía, las mafias y la corrupción, gobiernan al país.

Un discurso populista, de extrema izquierda, como el que vendió en su momento su amigo Hugo Chávez en Venezuela para conquistar la masa de jóvenes inconformes y capturar sus votos. Esa es parte de la estrategia de la Colombia Humana. Sus cuadros de activistas realizan una tarea proselitista con ese discurso en los barrios populares de las ciudades. Ofrecen, como en los mercados de baratijas, soluciones para todo.

Desde esa tribuna lanzó su arenga de desconocer el mandato del presidente Duque. “Apareció la mafia y con su dinero untado de sangre compró masivamente a unos y a otros para alcanzar la Presidencia”. El siguiente paso de manera irresponsable fue llamar a la “desobediencia civil”. Que los colombianos dejaran de pagar los servicios públicos y que no enviaran a sus hijos al colegio.

En la política colombiana no hay ningún antecedente histórico de tamaña irresponsabilidad y radicalización de la izquierda. Porque la izquierda que encarna Petro es populista. Su tarea ha sido de una política dinámica y maniquea que tiene como único objetivo polarizar.

La izquierda a nivel mundial tiene dentro de sus estrategias darle palo al Gobierno de derecha que está en el poder; apelar al pueblo con su discurso populista en busca de votos, pero en los momentos de dificultad institucional siempre envía un mensaje de tranquilidad, para evitar el pánico, la desestabilización institucional. Petro hace todo lo contrario. Califica al Gobierno de turno como un régimen dictatorial y eso, en Colombia, no es el caso, como ocurre en otros países de América Latina. Lo grave es que sus bases creen a ojo cerrado lo que el líder de la Colombia Humana difunde en sus redes. Y esas bases se han vuelto violentas, anárquicas y están infiltradas por organizaciones internacionales que han encontrado un caldo de cultivo para vandalizar.

Pescando en río revuelto

Los estragos económicos causados por la pandemia que han llevado a un galopante desempleo que supera el 22%, más de cinco millones de empleos perdidos en los cinco meses de confinamiento, empresas en quiebra y un despegar lento de todos los sectores en el país, se han convertido en el caldo de cultivo para que el populismo impulse una insurrección electoral.

Pedir que los colombianos no paguen los servicios públicos o que no envíen a sus niños al colegio porque el Gobierno de Iván Duque es un Gobierno ilegítimo, es una actitud populista e irresponsable de un político que tuvo ocho millones de votos en las pasadas elecciones presidenciales.

Lo grave de este asunto es que Petro tiene claro que ninguna de sus dos propuestas es viable, pero también sabe que el populismo demagógico da réditos políticos, en una contienda electoral que se avecina como las más turbulentas que haya tenido el país.

Por eso el presidente Duque ha salido a hacer un llamado a la unidad nacional y ha dicho que en estos tiempos de pandemia “no faltan los correveidiles y los estafetas del neochavismo, que quieren en nuestras naciones salir a sembrar el caos y cabalgar sobre el discurso del caos a sus nefastas pretensiones para acceder al poder”.

La preocupación no solo es del presidente Duque. Los dirigentes políticos de otros partidos también ven con preocupación cómo Petro ha manipulado a su favor la difícil situación económica y las marchas de protesta social con un mensaje irresponsable, populista y que no aportan solución alguna al país.

Por el contrario, su estrategia está dirigida a incentivar el caos y la polarización. Incendiar es su verbo de campaña, cazar peleas con ministros y antiguos aliados políticos, que cada vez se alejan más, como es el caso del senador Jorge Robledo, que coincidía en muchos temas, pero no comparte esa radicalización de Petro. Lo suyo es neopopulismo chavista. Mostrando sus garras que lo aferren al poder. Cada vez más radicalizado y señalando a los demás de los males sociales y económicos que hoy enfrenta el país. Y que él, como el ave fénix, llegará para salvarlo.

Lo que sí es claro en esta coyuntura social, es que Petro atravesó esa delgada línea de informar a la ciudadanía de los hechos, a la instigación de la delicada situación de orden público que estaba pasando en el país.

En momentos como los actuales, donde el país requiere de la serenidad y liderazgo de sus dirigentes para buscar salidas de fondo a la inconformidad social, el país no ha visto en el jefe de la Colombia Humana un hombre reposado, de propuestas desde la orilla de la oposición.

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