Por ALEJANDRA MELÉNDEZ

Periodista

@alemelendezg

Ilustración de SYLVIA GÓMEZ

El distanciamiento social marca hoy la vida en medio de la pandemia. Volver a la calle será uno de los pasos más difíciles por la incertidumbre frente al contagio de la COVID-19. ¿Cambiará para siempre la forma cómo nos hemos relacionado durante años?

 

Hay pequeñas cosas que dábamos por hecho y que hoy, en un abrir y cerrar de ojos, han pasado a ser un privilegio. Salir al supermercado, caminar unas cuantas calles sin límite de tiempo o tomar un café en compañía. Despedirnos de beso y abrazo, salir a hacer ejercicio o tocar alguna superficie sin temor a contagiarnos por un enemigo invisible. Un enemigo llamado Coronavirus que tiene en vilo al mundo y que ya ha contagiado a más de 2.000.000 personas. Desde que la COVID-19 empezó a regarse desde China a Europa, Estados Unidos y Latinoamérica, el mundo cambió. Y lo seguirá haciendo. Cuando todo vuelva a lo que conocíamos como normalidad, muy probablemente habrá algunas cosas que nunca lo harán.

Cambiaremos radicalmente la forma cómo hemos vivido hasta ahora, cómo trabajamos, socializamos y compramos. Cómo nos educamos, nos divertimos y cómo cuidamos nuestra salud y la de los miembros de nuestra familia. El distanciamiento social es por ahora, una de las armas más potentes para frenar la propagación del virus, por lo menos, mientras el mundo logra una vacuna que le brinde inmunidad a la población, —que puede tomar todavía un largo tiempo—. 

Según estudios recientes del Imperial College de Londres, una de las escuelas de medicina más presentes del mundo, imponer medidas de distanciamiento social intermitente cada vez que los ingresos a las unidades de cuidados intensivos (UCI) comiencen a aumentar, y relajarlos cada vez que disminuyan los ingresos, sería una de las formas de sobrellevar el virus hasta que la vacuna esté disponible. 

De hecho en la última semana, investigadores de Harvard plantean en el estudio “Proyectando la dinámica de transmisión del SARS-CoV-2 durante el período pospandémico”, la posibilidad de que se necesiten repetidas medidas de distanciamiento social durante varios años, al menos hasta el 2022. En el informe señalan que se necesitan con urgencia estudios serológicos longitudinales para determinar el alcance y la duración de la inmunidad al SARS-CoV-2. “Incluso en el caso de una eliminación aparente, la vigilancia del brote debe mantenerse ya que un resurgimiento del contagio podría ser posible hasta 2024”, afirman los investigadores. 

Frente a este panorama, el contacto físico con los demás será progresivo y traerá con ello cambios que pueden afectar nuestra salud mental y la manera que llevamos la cotidianidad ¿Cómo vivir con esa nueva realidad?

El psicólogo del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, Pedro Rodríguez Sánchez, señala que “debemos tomar conciencia y hacernos cargo de la situación que estamos atravesando. Aceptar que no es por capricho que no podemos salir y creer que esta es la solución para bloquear la transmisión del virus”. No obstante, advierte que pueden haber momentos de ansiedad por pensamientos y creencias de tener la enfermedad o por creer que no podemos tolerar tanto tiempo encerrados sin la actividad cotidiana.

Por otra parte, Rodríguez resalta que es importante considerar estas reacciones como algo normal y tomar medidas para evitar crisis de ansiedad que puedan presentarse. “Para una mejor gestión de las reacciones es importante que elaboremos un plan de actividades, tanto de tareas obligatorias relacionadas con el trabajo, con los cuidados de la casa. Así como tener rutinas para realizar: ejercicio, ocio, organización de papeles, pendientes de revisar. Y como complemento a esto no perder los contactos con familiares, amigos, conocidos. Una buena gestión de las reacciones emocionales y anímicas ante el confinamiento, nos va a ayudar a prevenir futuros problemas y a una mejor adaptación y reincorporación a la normalidad”, añade.

Terminar la cuarentena parece ser aún más difícil que empezarla. Y la experiencia de Wuhan, China, donde todo esto empezó, lo demuestra. El confinamiento que duró 60 días se dio por terminada hace unos días, pero sus habitantes aun no bajan la guardia. Los controles de movilidad de las personas son muy estrictos ante el temor de un nuevo brote. Los viajes en tren de una ciudad a otra deben ser justificados, algunos comercios han vuelto a vender en la calle y ya se puede ir a un centro comercial, eso sí, manteniendo la distancia social de dos metros. Los colegios, restaurantes, cines y teatros, aun no pueden abrir por miedo a aglomeraciones en espacios cerrados. 

Estamos frente a una realidad sin precedentes y llena de incertidumbres. El retorno a lo que éramos antes puede tomar semanas, meses, incluso años. Según, Timanfaya Hernández, psicóloga sanitaria y forense, cuando el mundo vuelva a abrir sus puertas y las personas puedan salir de sus casas, “va a haber un mayor predominio de la sintomatología ansiosa, porque a la hora de volver a nuestras rutinas seguirá prevaleciendo la idea de un pensamiento intrusivo, de cómo estar seguro. Esta pandemia marca un antes y un después, el 2020 será recordado siempre y nos deja una mayor sensibilidad en la medida que vemos que estas cosas existen, que no podemos controlar todo”. 

En palabras de Rodríguez Sánchez, vamos a anticipar escenarios de posibles riesgos o problemas que nos invadirán en un futuro. El cúmulo de las reacciones de ansiedad, —que son normales—, y la forma en que se manejen y se gestionen van a tener mucho que ver en la aparición, o no, de un trastorno de estrés postraumático.

Los investigadores del Imperial College recomiendan que el contacto fuera del hogar, colegios o lugar de trabajo se deberá reducir hasta un 75 %. Por ejemplo si antes salíamos tres o cuatro veces por semana a una cena o comida con amigos y familiares, deberá reducirse a una vez por semana, evitando al máximo el contacto social.

Tenemos un gran reto por delante y es aprender otras formas de socializar. Otras formas de vivir. Y seguro, nos adaptaremos, como nos hemos adaptado al encierro y a hacer todo tipo de actividades bajo el mismo techo; trabajar, hacer ejercicio, comer, dormir, todo ello dentro de los mismos metros cuadrados. 

Con el alivio de saber que por lo menos todos estamos simultáneamente viviendo la misma experiencia, sin importar la ubicación geográfica. Por supuesto con diferentes realidades de vida y pasando días más duros que otros. Pero al fin y al cabo, todos estamos ante la misma incertidumbre, ante la misma espera de que todo pase y ante una montaña rusa de emociones.

Con el paso de los días hemos visto cómo el Coronavirus ha sacudido al mundo entero dejando a su paso miedo, incertidumbre, efectos devastadores en la economía y un gran cambio en nuestra cotidianidad. Tal vez debamos tomar ejemplos de otras culturales en donde la aversión al contacto físico ha sido inherente a la sociedad, como la finlandesa o la japonesa, donde mantienen un metro de distancia en cualquier fila y donde basta con una sonrisa para dar un saludo. Nada de besos y mucho menos darse la mano.

Mientras luchamos frente a esta pandemia podremos irnos haciendo la idea que cuando todo pase saldremos a un mundo nuevo en el que la vida social va a ser diferente. Los viajes de un continente a otro serán menos frecuentes y con mayores controles. Y los lugares que antes veíamos como normales y accesibles: bares, cafés, parques, museos, gimnasios o festivales, tendrán que reinventarse y ofrecer nuevas maneras de estar sin aglomeraciones. 

Y ya lo están haciendo en Italia, han propuesto una alternativa para poder disfrutar de las playas este verano, usar cabinas de metacrilato en la arena para aislar a las personas y evitar que el virus se propague. En China, los sábados por la noche ya son diferente: algunas discotecas abrieron sus puertas pero los ciudadanos deben ir con trajes especiales y les miden la temperatura antes de entrar. 

Todavía falta mucho por aprender sobre esta nueva realidad que le espera al mundo en las diferentes esferas sociales. Es tan incierta e impredecible como la misma carrera para lograr la vacuna que espera el planeta entero. Volver a la calle, como dicen los expertos, va ser más difícil, que cuando a mediados de marzo, empezó el simulacro de confinamiento en diferentes ciudades del país. Ahora, la pregunta es: ¿seremos capaces de volver a la calle?. El tiempo lo dirá.

El duelo ante la pérdida de un ser querido

Las cifras sobre los fallecidos a causa del Coronavirus no paran de aumentar. Cada día son miles. Miles de personas que mueren solas, sin sus familiares ni amigos. En estos tiempos de pandemia, la única despedida permitida a los difuntos es en la distancia. 

Para la psicóloga sanitaria y forense, Timanfaya Hernández, el duelo es un proceso de distintas etapas y el hecho de poder realizar una despedida de un ser querido facilita que comience de una forma adecuada. Poder despedirnos presencialmente forma parte de nuestro ritual, de nuestra cultura. Para calmar nuestro sufrimiento debemos ser capaces de entender que una parte de esa despedida podremos llevarla a cabo más adelante. 

Para afrontar el duelo en estos tiempo difíciles, podemos elaborar otras formas de dar el último adiós: escribir esa despedida en una carta, reunirnos aunque sea virtualmente con los nuestros. El psicólogo Guillermo Fouce, Presidente de la Fundación Sicología sin Fronteras, coincide en la importancia de hacer uso de las nuevas tecnologías con fotos o vídeos para rendir un homenaje al familiar o amigo fallecido.

En palabras de Hernández: en esta situación es indispensable el apoyo de los que nos rodean y hacer aquello que nos ayude a calmar nuestro pensamiento. La idea de poner una fecha para realizar esa despedida más adelante puede también ser útil. Da temporalidad. Por otra parte, es necesario entender que en este momento estos procesos se complican, muchos serán difíciles de elaborar. Cambiar nuestro sistema de creencias es tremendamente complicado y conviene acudir por ayuda psicológica en este proceso.

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