Fotografía: Prensa Presidencia.

Por: Rodrigo Pombo Cajiao

Analista político – abogado.

Gustavo Petro es una persona muy ordinaria para un cargo tan extraordinario. Una vulgar alma que se mancha de lugares comunes, como el de la mentira, la exageración y el cinismo, para “conectar” con las masas y acceder al poder. Esa parece ser la regla de la modernidad. En estos tiempos tenemos que reconocer que lo exquisito, lo culto, lo prudente y lo coherente, es patrimonio de una élite que se recoge en la excepción.

Petro siempre tiene tesis incontrovertibles que nunca convencen a nadie serio. Esgrime, -cual redentor gladiador-, soluciones milagrosas cuando no viles mentiras que ilusionan a las incautas masas. Ayer, como administrador, prometía la construcción de 1.000 jardines infantiles; una soñada ciudadela universitaria; la más ambiciosa malla vial posible y un metro, que poco importaba su elevación siempre que se pudiera adjudicar. De aquello, nada. Ni una piedra sobre otra. Ninguna ejecutoria.

Todo ello por no mencionar el problema de las basuras, la inseguridad y la precaria prestación de los servicios públicos que afectaron a más de 7 millones de espíritus que habitaban por aquél entonces la gran capital de la República.

Hoy nos promete subsidios para los desempleados; el reenfoque de la Junta Directiva del Banco de la República y la política monetaria; el irrespeto de la regla fiscal para favorecer el gasto público social; la estocada a las políticas extractivas como también la compra de tierras a través de Títulos del Tesoro. Todo eso, además, acompañado de un sofisticado control de cambios.

También se comprometió con el pago de no menos de 140 billones de pesos para pagar el pacto del Dr. Santos con las FARC, para lo cual necesitará no menos de cinco reformas tributarias. De modo que la “ciencia” que Petro importa de las fracasadas recetas internacionales, no consuela pero si intranquiliza.

El canciller Álvaro Leyva y el comisionado de paz, Danilo Rueda, se reunieron en La Habana con el Eln.

Cuál paz? 

En materia de orden público nos embarcó en la Paz total como si la “paz estable y duradera” del pasado fuera un remedo, una simple burla para dividirnos como sociedad, quizás, irredimiblemente. Ayer fue la Paz estable y duradera; hoy la Paz total y mañana será la definitiva. En suma, para el revolucionario burgués siempre existe una excusa que explica el fracaso de la revolución del ayer y las causas de la revolución futura.

Es cierto que todos los hombres se equivocan, pero hay algunos que jamás aciertan, como se lee en la sapiente obra “La Marca de España”. Petro es uno de ellos. Su afán de poder no solamente lo llevó a cometer en el pasado los más deleznables crímenes (los que hemos dado por inexistentes) sino que es capaz de mentir indefinidamente, hasta las puertas del infierno. Por eso es imposible que atine: su odio, su sed de venganza, su visión de guerra de clases, lo ha llevado a conformar unas mayorías políticas jamás antes vistas; las mayorías entre los fanáticos revolucionarios y el “régimen”; sí, ese régimen del que hablara tanto y que dio por muerte a Gómez Hurtado.

El nombramiento de su gabinete fue lento porque obedeció a la negociación con los clanes políticos tradicionales, donde no faltaron los partidos Liberal y Conservador que, según su propia voz, ocasionaron la violencia en el país. Fue lento y, salvo contadas excepciones, como los ministros de Justicia o de Educación, constituye un cuerpo dogmático o, peor, politiquero.

La cancillería se dejó en manos de un antiguo amigo de Tirofijo, el negociador de las Farc en La Habana, como símbolo de la revictimización de millares de desplazados y otras tantas víctimas de las otrora Farc. Sin duda, la vocería del Estado la carga un hombre que apoya las tiranías de izquierda como cuota de las Farc en el gabinete.

La ministra de Salud, Carolina Corcho, y la ministra de Minas, Irene Vélez, han generado fuerte polémica por sus declaraciones.

La pregunta que hay en el país es de dónde saldrán los 60 billones de pesos para comprar tres mil hectáreas de tierra.

En qué manos

Las locomotoras de ingreso del país se dejaron en manos de ministras polémicas y peligrosas: las doctoras López de Agricultura y Vélez de Minas y Energía. El freno ha sido abrupto y en buena parte explican la fuga de capitales, que tanto daño le han propinado a la confianza del país y del peso colombiano.

La política quedó en manos de quienes mejor saben hacerlo y lo han hecho desde siempre: políticos tradicionales que harto saben de componendas y acuerdos bajo la irrestricta tutoría de los expresidentes Samper, Gaviria y Santos.

La salud, unísono logro del pasado gobierno en la peor época de nuestra historia, quedó en manos de una agitadora ministra que harto sabe de incendiar pero poco sabe de curar.

Y los otros cargos son trascendentales pero en manos de irrelevantes, salvo, quizás, el peligrosísimo ministro de Defensa, de quien espero jamás lea estas letras por temor a mi integridad personal. Ya habíamos acuartelado nuestras tropas; permitido el cultivo de la gasolina de la guerra y la minería ilegal como causa eficiente de nuestro conflicto. Ahora tendremos unas fuerzas desprestigiadas, acoquinadas y justificadas desde adentro, quienes recibirán unas inefables contra órdenes y un adoctrinamiento oficial letal.

El poder efectivo quedó cooptado por Roy, Benedetti, Gaviria, Santos y Samper. Por eso no extraña que Petro llegue tarde a cuánto compromiso adquiere, seguramente porque no ha recibido suficientes instrucciones del “régimen” para poder comprometer su palabra y sus buenos oficios.

Y ante semejantes afrentas y amenazas de cambio y de revolución, la clase media, que llegó a ser la mayoría de esta amada nación, tomó fuerzas y entendió que antes que ser colombianos eran padres y madres de familia, que el mundo es pequeño y que la ciudadanía universal por cuenta de las sociedades líquidas y tecnológicas es lo que se impone. Ellas son conscientes que pueden invertir donde quieran para evitar las inclemencias de un gobierno que hasta ahora empieza pero que no hace falta ser erudito para presagiar su destino y comprender que ya se hundió el mayor crecimiento económico reciente por cuenta de una elección política equivocada.

Con lo cual, se puede afirmar que si Petro cumple, destruye, y si no lo hace, decepciona. Y no olvidemos que en estos pagos la decepción se traduce en muertes y violencia. Y así podemos decir que anduvimos los primeros 100 días del socialismo del siglo XXI en lo que queda de la Colombia de Núñez y Caro.

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