Por Daniel Saldarriaga Molina PBRO

Director ejecutivo Banco de Alimentos de Bogotá

Si alguna conclusión prematura ha dejado la pandemia es que los pobres se están volviendo más pobres y los vulnerables, más indefensos.

Hay una batalla que une a los invisibles, a los vulnerables y a los indefensos. Esa misma cuyo silencio recoge la angustia de quienes la viven y la indiferencia de quienes la ignoran. Sin importar género, raza, idioma o pasaporte, la lucha contra el hambre es una batalla de resistencia, pero también de esperanza. En el mundo, una de cada tres personas sufre alguna forma de malnutrición. En Colombia, son cinco millones, muchos de ellos niños y niñas, que se levantan buscando un alimento para vivir y de esa manera, intentar volver a soñar. 

Más allá de las decenas de guerras inconclusas que se han librado en nuestro país en nombre de banales ideologías o de los rugidos devastadores de la naturaleza, la lucha contra el hambre en Colombia no requiere de pactos políticos, pero sí de determinación social. Es la batalla que une a todos los que creemos que sí es posible romper ciclos de pobreza e inequidad. Es la apuesta de quienes celebramos la vida pero no una vida a cualquier precio: una digna y de calidad. 

La lucha contra el hambre cobra aún mayor relevancia en estos tiempos donde la incertidumbre es el plato fuerte de nuestros días. Si alguna conclusión prematura ha dejado la pandemia es que los pobres se están volviendo más pobres y los vulnerables, más indefensos. Si bien las recetas farmacológicas podrán ponerle fin al espiral de muertes y nos devolverán una tranquilidad aparente, el verdadero número de afectados por el Covid-19 y sus consecuencias tardará años, incluso siglos en ser revelado. 

Cuando la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, afirma que este año entre 90 a 120 millones de nuevas personas han ingresado a la pobreza extrema y al término de 2020, 300 millones experimentarán inseguridad alimentaria, no podemos asumir un compromiso distinto con nosotros mismos y con nuestra sociedad al de evitar que la pandemia del Covid-19 termine siendo sinónimo de miseria y la malnutrición se convierta en la segunda pandemia global. La pandemia del hambre sería, sin temor a equivocarme, no sólo una crisis social sino una tragedia humanitaria. 

En el Banco de Alimentos de Bogotá creemos que el hambre sí tiene vacuna: su generosidad. Pero además sabemos que es un virus que se puede evitar. La fragilidad de nuestros sistemas políticos, económicos y sociales puede ser enfrentada con voluntad y caridad. Las brechas de la desigualdad no se cierran con postulados retóricos, pero sí con actos de humanidad. Por eso, hoy quiero hacer un llamado a tantos corazones generosos que quieren ayudar a nutrir nuestra sociedad. Estoy convencido que no hay acto más heroico para alimentar nuestro mañana como sociedad que darle de comer al prójimo para así alimentar millares de sueños cuyas vidas hoy cuelgan del péndulo de la malnutrición, la mala salud, condiciones de saneamiento regulares y la más letal de las enfermedades: la hambruna. 

Materializar los derechos fundamentales, entre ellos el de la vida y la alimentación, requiere esfuerzos decididos y programas integrales. Desde hace 20 años cuando nació el Banco de Alimentos de Bogotá, no nos concentramos solamente en garantizar la disponibilidad y el acceso a alimentos seguros, nutritivos y suficientes, sino que también creemos que la malnutrición se combate con más y mejor educación. 

Por ello, articulamos esfuerzos para que el virus del hambre, ese virus invisible y silencioso no se siga propagando en Colombia. De la mano de empresas que creen en el futuro del país como Alquería, Colpatria, Friko, Nutresa, Alpina y Unilever, entre otras muchas, llegamos a donde están los más vulnerables. Trabajamos con la empresa privada, con más de cincuenta universidades de Colombia y de otros países, unimos esfuerzos a través de 5.500 voluntarios de buen corazón y 132 empleados que mueven alimentos y transportan voluntades. Con el apoyo de la Red de Bancos de Alimentos de Colombia que aglomera a más de veintidós bancos a nivel nacional y otros diez que estamos construyendo, queremos llegar y seguir llegando a esa Colombia que requiere de nuestra ayuda para erradicar —de una vez por todas— el hambre en nuestro país. 

Dimos un ejemplo de efectividad en los días más difíciles de la pandemia. Entre marzo y noviembre, hemos entregado más de 26 millones de kilos de alimentos, hemos atendido a más de un millón quinientas mil personas y hemos traducido en acciones el compromiso de cientos de personas generosas como usted que quieren salvar y ayudar a quienes hoy más lo necesitan. 

Gracias a sus donaciones hemos llegado a Quibdó, San Vicente del Caguán, Cúcuta, Palmira, Zipaquirá, Cartagena y Chaparral, por nombrar algunos municipios. También a los Santanderes, el Eje Cafetero, los Llanos Orientales e incluso a lugares tan alejados como el Amazonas. Ahora el reto que ustedes y nosotros tenemos es llenar platos en lugares donde el invierno está dejando huellas muy grandes. Vamos para el archipiélago de San Andrés, Dabeiba, Pasto, Ipiales, Chocó, Riohacha, entre otros. 

Como lo afirmaba recientemente el papa Francisco, “en el servicio de la caridad está en juego la visión del hombre”. A través del esfuerzo conjunto de autoridades, empresas y ciudadanos como usted lograremos erradicar la desnutrición para que esta no siga tiñendo de desesperanza las páginas de la historia de la Colombia del hoy y del mañana. Acompáñenos en esta cruzada contra el hambre, visite nuestra página www.bandocealimentos.org.co y haga sus donaciones. No necesitamos hacer cosas excepcionales para ser excepcionales.

“Ahora el reto que ustedes y nosotros tenemos es llenar platos en lugares donde el invierno está dejando huellas muy grandes. Vamos para el archipiélago de San Andrés, Dabeiba, Pasto, Ipiales, Chocó, Riohacha, entre otros”.