De las penurias en las calles de París, a convertirse en uno de los músicos más admirados por sus melodías y canciones que hablan de sus raíces y sus ancestros

Un día frío y lluvioso no pudo más. Sus maltrecho cuerpo no aguantaba una noche más en el duro cemento de las estaciones del metro que le servían de colchón. Sus doloridas manos no daban más para seguir golpeando el bongo de sol a sol. Sus pies se resistían a dar un paso más en busca de desperdicios de comida para calmar el hambre. Entonces, ese día de invierno decidió lanzarse al Sena. En pleno centro de París, para que las gélidas aguas arrastraran por última vez su cuerpo y la vida se fuera para siempre.

Pero sobrevivió. No supo cómo ni tampoco comprendió que el Sena en lugar de llevárselo a sus entrañas, lo lanzó a la orilla. Quizás era una señal divina que le cambió la vida para siempre. La vida de Yuri Bedoya no fue nada fácil en La ciudad de la luz. Allí había llegado en los años ochenta a estudiar economía en la Universidad de la Sorbona. Pero una tarde de estudios en casa quedó hipnotizado con las imágenes de la vida del cantante belga Jacques Brel que interpretaba su gran éxito Ne me quitte pas. La melodía le retumbó en sus oídos por el resto de sus días.

Esa melodía fue apenas una señal premonitoria en la vida de Yuri Bedoya, que solo se convirtió en realidad muchos años después. Metro de aquí allá golpeando un bongo que aprendió a tocar a punta de necesidad, era su día a día. El mismo que lo llevó a abandonar la universidad porque no había un centavo más para sostenerse.

Se subía al metro a cantar, a hacer un curso acelerado de francés, a no morir de inanición. Pero ahí, dándole al bongo a las melodías como Moliendo café, llegó la música. Llegó al mundo el nombre de Yuri Buenaventura. El amor por la música fue pasional, un reto, un desafío, que entendió que había perdido ese día que se lanzó al Sena. Cuando salió de las aguas a punto de hipotermia, entendió que por fin entre él y la música había una relación de amor que ha perdurado en el tiempo y que convirtió a este menudo hombre, en uno de los músicos más grandes de los ritmos africanos y la salsa.

Después de esa agónica noche, regresó a Buenaventura. A sus raíces, con la idea de grabar su primer disco Herencia Africana, que le dejó más deudas que satisfacciones. Con los poquitos pesos que quedaban, incluyó en el disco una versión improvisada de Ne me quitte pas, en versión salsa, que por esas cosas de la vida llegó meses después a manos de una modesta emisora en París. Fue en una media noche, también fría, que un productor de Universal Music escuchó la canción en la radio de un taxi que lo llevaba de regreso al hotel.

A partir de ahí a Yuri Buenaventura la vida le comenzó a sonreír. Pero no fueron los franceses ni tampoco la comunidad hispana que se volcó por las melodías de Herencia Africana y su disco estrella Ne me quitte pas. Fueron los francoparlantes negros de Marruecos, Senegal, Guyana, Madagascar, Haití, que vieron en estas melodías a su África pero en francés.

Desde entonces, su música se convirtió en un himno y sus seguidores, especialmente los francoparlantes, no han dejado de comprar y de bailar sus canciones. Esas que buscan enseñar las raíces africanas de este gran artista quien años más tarde recibió de las manos del gobierno francés el título de Caballero de las Artes y las Letras. Yuri Buenaventura, no dejará de cantar nunca, y sus canciones llevan el sello de sus raíces, de su tierra, de sus ancestros, de esa Buenaventura que hierve al medio día, con ese clima pegajoso del Pacífico igual que su música.

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