Óscar Murillo nació en Colombia, pero parte de su vida desde niño la vivió en Londres. Ahora es un artista que viaja de país en país con su obra sobre la materia oscura de la opresión.

Murillo nació en La Paila, corregimiento del Valle, pero vivió y se educó desde niño en Inglaterra.

A los 10 años, Óscar Murillo fue ‘trasplantado’. De La Paila, un pueblo cañero y afro del centro del Valle del Cauca, sus padres se lo llevaron a Londres, la urbe global británica. Todo un trauma –reconoce–, aunque con compensaciones como la posibilidad de obtener el conocimiento para ver la realidad como la percibe hoy.

Mientras su cabeza se llenaba de nostalgia y romanticismo al pensar en su arraigo con el país, y sobre todo con La Paila, se educó y se convirtió en artista plástico. La hoja de vida menciona una licenciatura y una maestría en Bellas Artes. Ahora recorre el mundo para reafirmar sus ideas y alimentar su obra en distintos escenarios.

A La Paila volvió cuando tenía 17 años, y desde entonces siente la necesidad de regresar de vez en cuando para recibir una bocanada de alegría y llenar los sentidos de naturaleza, de campo. Pero, con los años, el lado romántico de esa relación se ha desvanecido, y se desvaneció aún más tras la larga temporada que Murillo pasó allí, viviendo el día a día de la gente, mientras transcurría el tiempo de confinamiento por la pandemia. 

“Condiciones aún por titular”, la instalación de gran formato que está hoy en el Museo de Arte de la Universidad Nacional, refleja eso que el artista define como “el sentimiento generalizado de la injusticia. Algo que va más allá de las ideologías”. Hace siete años, en el mismo lugar, comenzó su exploración con telas negras, pesadas, que constituyen el elemento esencial de este trabajo y “hablan de la opresión, la tiranía que tiene al planeta enfermo”, explica la curadora María Belén Sáenz de Ibarra.

La instalación pasó por diversas exhibiciones internacionales y “ahora ha vuelto con nuevas capas de pintura y con las cicatrices del recorrido”, explica la presentación de la exposición. 

En el amplio espacio donde están colgadas las telas, hay además videos que gritan violencia y sometimiento, bancas de iglesias católicas del siglo XIX sin patas, muñecos sin piernas, arcilla, rocas de maíz transgénico y cemento, hierro fundido y otros objetos creados o recogidos por el artista en su maleta de migrante impenitente.

Bancas de iglesias católicas excomulgadas en Europa y puestas en pie de resistencia.

Murillo es un artista negro. “Fíjese en mi cara y lea mi nombre. ¿Qué más voy a representar?”, dice. Sin embargo, aclara que su discurso no es sobre la raza (aunque le critica a los de la suya que no son conscientes de que detestan su propia piel), sino sobre la opresión obrera en términos globales. Opresión que se camufla, según sus palabras, en ámbitos tan distintos como la iglesia, el centro comercial y la televisión; que está todo el tiempo en la mediocridad de la calle y, para él, solo la aliviana la naturaleza exuberante, “esos inmensos tanques de oxígenos que nos dan vida”.

“¿En su obra hay lugar a la esperanza?”, es la última pregunta. “Absolutamente. Estamos hablando de la idea del exorcismo. Vamos a despertarnos para afrontar la realidad con inteligencia”.

Las telas negras de Murillo estarán colgadas en el Museo hasta el 25 de junio de 2022. Luego entrarán de nuevo en los guacales en las que llegaron para ir a otro lugar del mundo por nuevas capas de materia oscura.

Niños en frecuencia

La exposición tiene un fragmento llamado Frecuencias, un proyecto concebido en 2013 por el artista, en La Paila, que se volvió global. Más de 60.000 niños de escuelas de 30 países han participado en su desarrollo, que empieza por instalar lienzos en los pupitres para que los chicos pinten lo que quieran. Las telas llenas de dibujos, frases y símbolos son luego cosidas e intervenidas con pintura por el artista. “No se trata de la inocencia de los niños, porque ellos también están inmersos en esa negociación de doctrina. Sus manifestaciones están permeadas por la cultura pop y el consumismo”, argumenta. 

Lienzos de niños que, para el artista, reflejan el adoctrinamiento.

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