Por: REMBERTO BURGOS

Médico neurocirujano, miembro de Número, Academia Nacional de Medicina

En la Córdoba recóndita, la de los límites territoriales vulnerables, existía un campesino sabanero quien gozaba de una gran simpatía por su bonhomía y poca credibilidad por sus faraónicas exageraciones. De gran imaginación, contaba que la brisa en marzo del Sinú tenía tanta potencia que, en una ocasión, mientras cabalgaba en su briosa acémila, sonó el eco de una canción que se repetía y repetía:

“Compadre Ramón, Compadre Ramón le hago la visita…”.

Resulta que un pedazo disco de vinilo (LP) había quedado colgando en el tronco de una palma de corozo y el viento soplaba tan fuerte que hacía que la espina tocara el acetato simulando así un tocadiscos del tiempo viejo. Orgulloso de su mula, refería que eran tan rápidos sus pasos que cuando la hacía galopar, los postes de luz que pasaba a orillas del camino parecían las cerdas de un cepillo de peinar.

Es el cerebro del embustero, tiene una estructura con menor materia gris y muchas conexiones de sustancia blanca. Su lóbulo frontal tiene 14% menos de la gris (“disco duro”) y 25% más de sustancia blanca. En otras palabras, se preocupan menos por los aspectos morales de sus mentiras y poseen unos cables sinápticos con conexiones abundantes preparadas para timar. Es directamente proporcional la capacidad de engaño a la concentración de sustancia blanca. Los mentirosos tienen menos vergüenza y empatía, nada les da pena. No se sonrojan y carecen del eritema que aparece cuando se saltan los principios y gradualmente adquieren el entrenamiento que hacen los individuos para mentir. Los estudios de resonancia nuclear magnética funcional muestran que cuando se miente la mayor activación se registra en el lóbulo prefrontal, asiento este de las funciones ejecutivas superiores.

Los falsarios profesionales se hacen. Practican desde años y utilizan la propiedad única que tiene el cerebro: la neuroplasticidad. La capacidad de adaptarse ante las “recién y nuevas realidades construidas.” El cerebro del embustero se va acomodando tanto a sus nuevas mentiras que su parlante emocional, la amígdala del lóbulo temporal, lo apagan las nuevas conexiones. Silencian los sentimientos de culpa y elimina de un tajo el rechazo, que, como seres humanos, se experimenta cuando se miente. Son témpanos emocionales. Con una seriedad y frialdad aprovechan el silencio de la amígdala temporal y dicen sus mentiras sin inmutarse. Ni el pestañeo los delata. Cuando se publicó esta investigación (Nature-Neurociencia 2017) se habló del acostumbramiento a mentir y la resbalada aparatosa que hace la bondad y empatía en el lóbulo prefrontal de los mentirosos. Es la mentira, un misil para alcanzar el poder.

De tanto decir mentiras el encéfalo del embustero hace un castillo de globos que se va sembrando en sus circuitos cerebrales: sus falsedades se convierten en certezas. Todo lo que dicen lo creen: la sarta de embustes se vuelven dogmas de verdades. Se les olvida que las mentiras son como los huevos de iguana: para sostenerlos hay que encadenarlos uno tras otros y cada vez con mayor fantasía y fuerza. Viven una doctrina de invenciones. No existen las mentiras delgadas, cuando se empieza las que siguen debe ser de mayor calibre para soportar la previa.

De lo que sí es cierto es que los mentirosos son inteligentes, audaces y timadores. Tiene la capacidad de fantasear y vender mundos imaginarios, constructores de humo con argumentos de absurdos. Son deshonestos. Tienen alteraciones en su personalidad, frágil autoestima y se acercan a la alteración psiquiátrica denominada mitomanía. Esta es la amalgama de narcisismo e histeria. Son mezcla de espejismos y autoengaños.

En Semana Santa  hay una costumbre en el Caribe que merece todo nuestro rechazo como destructor del ecosistema. La caza rudimentaria de las iguanas para extraerle los huevos. Se atenta contra la especie y se altera el equilibrio del medioambiente igualmente pasa con las pompas de mentiras que escuchamos en estos días. No duran, se revientan solas y para compensar el humo prófugo perdido en el imaginario social se hace una hoguera una de mayor tamaño. Cero consistencias, vacías por dentro, como el “chicle bomba”. Vale la pena preguntarse: ¿qué sentido tiene en un país sediento de soluciones estafarlo con mentiras?

Diptongo:

La verdad es el notario de la credibilidad y la confianza que la vida, sin costos, nos ha regalado para certificar nuestras motivaciones.

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