Las peleas de la izquierda están al rojo vivo. La renuncia de Ángela María Robledo a la Colombia Humana atizó aún más el fuego.

Por Rodrigo Pombo Cajiao / Abogado litigante y profesor universitario/ @rpombocajiao

Junto con Marx y Engels, pasando por Lenin, Stalin y Hitler, los comunistas, socialistas y socialdemócratas han sostenido que el gran problema de la humanidad es la situación material de las personas. Digámoslo en términos propios y quizás insuficientes: la subsistencia humana. Todo, o por lo menos todo lo importante, en consecuencia, se remite al materialismo dialéctico. De allí, su concepción del hombre y, de allí su cosmovisión política.

Por ello no es de extrañar que hayan comprendido la humanidad allende los innatos prejuicios personales, las tradiciones y costumbres sociales, las instituciones imperantes y la importancia de las libertades individuales; es que lo suyo era la condición de clase. No en vano centraron su discurso en la alteridad, una alteridad humana despiadada y cruel, una alteridad en función del odio y del resentimiento; digámoslo de una vez; en la guerra de clases.

Nicolás Gómez Dávila, entendiendo como pocos tan singular situación, dictaminó: “La Izquierda pretende que el culpable del conflicto no es el que codicia los bienes ajenos sino el que defiende los propios”.

Y así como el humor es el sello de la civilidad, el resentimiento lo es de lo que vulgarmente se conoce como “izquierda”. ¿Cuál, si no el resentimiento que explica su discurso y su mensaje, su cosmogonía y su visión de futuro? Un futuro, por cierto, centrado en la dictadura del proletariado, del derribamiento de las “supraestructuras” sociales y políticas que oprimen la condición económica de la prole a manos del burgués, del oligarca, del militar y del banquero. 

Entre nosotros la situación no ha sido distinta. Para valernos de hechos objetivos, de aquellos históricos lo suficientemente bien conocidos, de lo inobjetable, bien vale la pena preguntarnos: ¿por qué de un supuesto desconocimiento electoral en 1970 surgió una letal guerrilla, mientras que con el abierto robo de los resultados electorales en el referendo plebiscitario del 2 de octubre de 2016 no hubo ni un atisbo de violencia?

De la guerrilla terrorista del M-19 se derivó, por ejemplo, el virulento rapto de una embajada; el asesinato de infinidad de inocentes; el secuestro de líderes políticos por la sencilla razón de pensar distinto y hasta la toma, masacre y posterior quema del Palacio de Justicia. De la victoria del “NO” al pacto del expresidente Juan Manuel Santos se desprendieron pacíficas marchas, reuniones de reconciliación entre los dirigentes políticos y hasta un valiente y ejemplar salvamento de voto en una sentencia de la Corte Constitucional a manos del magistrado Guerrero.

¿Por qué la diferencia? ¿Por qué de ciertos acontecimientos históricos se desprenden tan disímiles consecuencias? Por muchas razones, pero hoy exhibo una: porque el ADN del discurso de la izquierda es el resentimiento, lo que constituye tierra fértil para ser proclive a la violencia o, por lo menos, a la inefable tendencia de legitimarla y justificarla. 

A pesar de que los asintomáticos e ignorantes desconozcan el valor de la filosofía política y repudien una postura ante la vida, lo cierto es que toda, absolutamente toda actuación humana, está permeada por una cosmovisión y, si me apuran, por una cosmogonía.

Así las cosas, volvamos: digamos que los socialistas y socialdemócratas encuentran en el resentimiento el consuelo de sus actuaciones. Los análisis, para ellos, no son deontológicos, como tampoco de tradiciones, prejuicios y valores éticos, que acaso harto les molestan e incomodan. Para ellos, la cuestión es lo material, la supervivencia física. De allí el homo faber de Marx y de ahí, en gran medida, el odio de clases. Al fin de cuentas, la antropología de la concepción humana lo define todo, o casi todo.

Lo que explica el actuar violento de lo que se conoce vulgarmente como “la izquierda” es, entonces, el resentimiento que los acompaña; una especie de fuerza motivadora básica de la especie humana que conmueve —ya no digamos conciencias, pues en ellas no creen— sino destinos. 

Son los socialistas los que han desplegado en las sociedades modernas inusitado odio; uno de esos tan insólitos como venenosos y mortíferos. Para ellos, la libertad personal y la cultura del mérito son las sepultureras de las igualitarias almas; por eso su aversión y desprecio. 

Ellos piensan en códigos binarios: el que no está conmigo está contra mí y, en ocasiones, incluso, no son pocos quienes ponen en boca de Cristo tan sacramental sentencia cuando lo que enseña monseñor Ospina es que Cristo profetizó: “El que no está contra mí, está conmigo”, que es, por supuesto, cosa diferente.

Por eso, quizás, es que de un suceso histórico de similar naturaleza e idéntico grado moral se desprenden tan disímiles consecuencias. Mientras que “la derecha” entiende que el dolor se supera con institucionalidad, democracia y republicanismo, para los de “izquierda” radical ese mismo hecho histórico constituye combustible que justifica un actuar violento, un actuar plagado de sangre y venganza. Por eso es que son ellos los que han decidido legitimar de algún modo el uso ilegal de la fuerza, so pretexto de los fines ulteriores que persiguen. 

Su existencia, su razón de ser, en suma, se mide en torno a una especie de alteridad atropellada y cruel; se reduce a una especie de guerra de clases, a un odio entre hermanos, a una fratricida contienda en donde el dolor y los padecimientos de “los unos” se explican en función del éxito, de los placeres y beneplácitos de “los otros”. Sí, de aquellos “privilegiados” a quienes no dudan en bautizar sistemáticamente como oligarcas, burgueses, terratenientes, banqueros o empresarios.

El problema es que la sed de odio y resentimiento lo llevan por dogma; por eso se convierten en auténticos cuervos entre sus propias filas. Con esa cosmovisión no es de extrañar la desconfianza, pues, en ese marco antropológico, la lealtad es imposible y el buen futuro es impensable: todo para ellos es apocalipsis, crítica y menosprecio. 

Por eso acuden inexorablemente a la figura del caudillo, único capaz de poner orden en las huestes partidistas. Y por eso aman el uso legítimo o ilegítimo de la fuerza hasta el cenit de la tiranía, pues el fin lo amerita y la causa lo justifica.

Se equivocan, en definitiva, quienes en nuestros pagos creen que la cuestión está cifrada entre la extrema izquierda de Petro y la izquierda dogmática de los verdes con Claudia López a la cabeza. De las primeras líneas desertó Ángela María Robledo, pues su odio no le ha dado para tanto, y se preparan a recibir a Armando Benedetti, quien, por su relativismo moral, no dudará un segundo en abrazarlo para evitar su desaparición política.

Lo realmente preocupante es que, en el hábitat social en el que nos desenvolvemos, lo de moda es la reinserción del villano, el canon del apóstata, la ética del converso, así como el heroísmo se encuentra en los verdugos del ayer y la valentía en quienes se acomodan a ver pasar enfrente de sus narices un cambio de valores. Allí, el exasesino es el perfecto profeta, como también el curador de desgracias y desperfectos comunitarios.