Por Rodrigo Pombo Cajiao/ Abogado y profesor universitario / Analista político/ @rpombocajiao

Claudia López va a cumplir un año frente a las riendas de Bogotá. Ha sido una administración marcada por la pandemia del coronavirus, pero también por sus enfrentamientos abiertos con el presidente Duque, la cúpula de la Policía, los empresarios y hasta con el presidente del Concejo de la capital. Los bogotanos no saben dónde termina la Claudia política y dónde empieza la Claudia alcaldesa. Su inestabilidad emocional ha puesto sobre la mesa lo evidente: que le falta cordura. Grande para oponerse y pequeña para gobernar.

Claudia López es una valiente lideresa política de izquierda. Una socialdemócrata de la vieja escuela, de la escuela que hace de la palabra el vehículo “gaitanista” de la idea. En lo que a mi respecta, la considero pulcra de mano y bolsillo, una mujer indiscutiblemente hecha a pulso, pues su origen social empieza muy abajo y hoy ostenta la segunda magistratura de la política colombiana. Nadie le ha regalado nada, todo lo ha logrado a punta de palabra, gritos, alianzas y demandas. Una mujer brillante.

He tenido el privilegio de haber debatido con ella en infinidad de ocasiones tanto en privado como mediáticamente. Inteligente, ácida, veloz de mente y de lengua, fugaz en ideas, pero perseverante en sentencias. Determinante para entender el país de hoy y, lo más importante, para comprender el país que nos están montando.

La falta de cordura

La cuestión inicial reside en la manera como en nuestras sociedades nos quedamos deslumbrados con las cabezas lúcidas, quizás superiores; cabezas veloces y preparadas, pero mal puestas, desubicadas. Al momento de gobernar siempre cuenta más la sensatez que los pergaminos académicos.

Digámoslo sin eufemismos: a las mentes lustrosas se les denomina perspicaces, pero a las ubicadas se les llama “cuerdas”. Y en la política, para ser exitoso en la oposición cabe la perspicacia, pero para gobernar con eficacia y tino se requiere de cordura.

Y la inestabilidad emocional de la alcaldesa ha puesto sobre la mesa lo evidente: que le falta cordura. Grande para oponerse y pequeña para gobernar. Se hincha cual Demóstenes para atacar desde las curules de la oposición, pero pareciera esconderse bajo la ruana cuando de poner la cara frente a las alarmantes cifras de desempleo, inseguridad y pobreza se trata.

El maltrato a sus subalternos, tal y como lo ha denunciado el abogado liberal Juan Pablo Estrada en Twitter; la incoherencia entre lo prometido y lo atendido, como lo ha denunciado el presidente del Consejo Distrital Carlos Fernando Galán y las enormes 

diferencias entre los ataques a los megaproyectos de la administración Peñalosa (como el Metro o el Transmilenio) para después sacar pecho cuando fue ella misma quien denunció el proceso licitatorio, según lo ha recordado el exsecretario de gobierno Miguel Uribe, comprueban que en tareas de gobierno la tribuna pareciera albergar un enorme déficit de cordura.

No tiene autoridad para exigir autoridad

A pesar del confinamiento, la delincuencia se ha tomado todo el espacio público y la solución del alto gobierno distrital se limita a demandar una revolución en las fuerzas del orden. Y ella grita, y vuelve y grita para regañar a generales de la Policía versados y conocedores de sus compromisos, no obstante, cuando de mostrar algo de empatía y solidaridad se trata, se esconde y vacila, y vuelve y se esconde como si las 

muertes de sus colegas policías valieran poco y el desahucio de la institución hiciera parte de su agenda política.

Ni la arenga, ni el reclamo, ni la vulgaridad en ella son novedosos, pero una cosa lo era en la cumbre de la oposición y otra, muy distinta, en la cabeza del Gobierno. Las víctimas del vandalismo, que son la gran mayoría de ciudadanos que ven afectados sus derechos fundamentales por cuenta de la violencia y quienes aportan su grano de arena para cabalgar hacia la senda del progreso generando empleo, trabajando felizmente y produciendo riqueza, se han visto amenazados por una alcaldesa que antes de tomar la posta de la institucionalidad pareciera seguir jugándosela por las fuerzas disolventes.

La Policía pareciera haberle respondido con un lenguaje implícito pero letal: “usted no tiene autoridad para exigir autoridad”. Una persona que junto con los suyos no ha hecho mérito distinto que el de incendiar y desunir a nuestra comunidad política, que ha preferido apoyar a quienes se han alzado en armas para imponer por la fuerza sus creencias políticas y que de alguna manera legitima cualquier conducta violenta siempre y cuando se alineé con sus intereses políticos, no cuenta con la legitimidad necesaria para exigir resultados en materia de orden público. 

Más lentitud que talante

Que su partido de gobierno haya decidido hacer alianza política con la extrema izquierda, la extrema desmovilizada, amnistiada e indultada en las instancias parlamentarias, es totalmente legítimo, pues de lo que se trata es de oponerse al gobierno democrático del presidente Duque. 

Lo cuestionable es que, con casi un año en su cargo, no se haya dado cuenta que ya gobierna. Lo intrigante es que con más de un millón de votos encima la corregidora no se haya dado cuenta que ya ingresó al mosaico histórico de los gobernantes, no de los líderes vulgares. Y, ese honor, a mi modo de ver, compila a ofrecer soluciones efectivas antes que a escurrirse en los barrizales de las excusas y el pretexto.

Olvida con frecuencia que han sido nuestras instituciones republicanas, como la Policía, —por precarias y defectuosas que hayan sido—, las que nos han mantenido resilientes frente a la embestida terrorista y la hambruna fratricida de la pobreza. Han sido también los servidores públicos los que durante décadas han mantenido a flote un barco inmensamente aquejado pero que bajo el fácil y pletórico ataque de la corrupción se ha visto aún más minado que empoderado. Claro que debemos emprender la cruzada contra la corrupción, pero con el rifle telescópico no con la escopeta de perdigón.

En suma, cual Savonarola, levanta con extrema facilidad el dedo inquisidor para señalar culpables, pero se nota cuanto desconoce el destino del florentino. No se gobierna exitosamente con la mentira como método y el resentimiento como faro.

Bastaría finalizar estas letras afirmando que la cantidad de obras públicas heredadas de la administración que tanto criticó, por vastas que ellas sean, no son combustible suficiente para salir por la puerta grande. La humanidad, las buenas maneras democráticas, la coherencia y la empatía son las que transforman sociedades desde el liderazgo político, no las obras prestadas por la historia. 

Son todas esas virtudes las que constituyen la cordura del buen gobernante y son ellas mismas las que le otorgan legitimidad para exigir autoridad.