Así ha vivido la capital colombiana los días de cuarentena para evitar la propagación de la COVID-19 y blindarse de sus devastadores efectos

Bogotá está viviendo al revés: de puertas para adentro. Sus más de siete millones de habitantes están metidos en las casas, en los inquilinatos, en los albergues de caridad. Están refugiados, como el 9 de abril de 1948 cuando fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, la ciudad se convirtió en llamas y el toque de queda encerró a los ciudadanos. Como en las guerras del pasado, esperando que el enemigo no ataque y no aniquile más. Que no deje el reguero de muertos que se cuentan por decenas en otras grandes urbes del mundo como Nueva York, Madrid, Londres o París.

Bogotá es distinta desde el pasado 19 de marzo. Continuará igual hasta el 27 de abril. Y cuando los bogotanos se asomen de la puerta de su casa hacia afuera, lo tendrán que hacer con cautela. Vestidos como astronautas —máscaras que cubran boca y nariz, guantes en las manos y ropa que tape la totalidad del cuerpo—, como lo ordenó la Organización Mundial de la Salud (OMS). Así volverán a explorar su territorio. Ese que hace tan solo unas semanas era de calles sin ley ni orden; del caótico y tortuoso tráfico; de andenes invadidos por vendedores informales; de continuas alertas amarillas por la contaminación del aire; de los 60.000 hurtos semestrales; los 54 robos diarios en Transmilenio; de las riñas y la violencia callejera que superaba los 358 casos por cada 100 mil habitantes.

Esa era la Bogotá de hace tan solo unas semanas. Ahora, es de calles vacías, desnudas que dejan al descubierto las huellas de una urbe que había vivido sin resuello las 24 horas de día. Es la ciudad que regresó a lo elemental, a lo clásico, para sobrevivir y entender que era urgente hacer un alto en el camino. Es la ciudad que se contempla desde los balcones y las ventanas de edificios. Es la ciudad que logró entender, que si no se refugiaba entre las paredes de sus viviendas, no tendría cómo sobrevivir a la pandemia del Coronavirus. Y mucho menos en una capital pobre, donde el sistema de salud es precario y el número de camas en las Unidades de Cuidados Intensivos son contadas con los dedos de las manos.

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La emergencia provocada por la pandemia del COVID-19 ha juntado a la ciudad. A los ricos y a los pobres. A los empresarios y a los empleados. Que han confiado en su alcaldesa, que llamando a las cosas por su nombre, los bogotanos han creído a ojo cerrado en sus acciones. Primero, en lo que llamó un simulacro, en pleno primer festivo del año, decidió que en lugar de salir a pasear era hora de ensayar cómo la ciudad se iba a comportar guardada en casa. Luego, la ciudad acató las medidas del gobierno Duque y los bogotanos pasaron del ensayo, a la obligación de permanecer en casa.

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Esa ciudad que estaba acostumbrada al rebusque diario, a asistir religiosamente todos los días a la oficina, a la vida social en las noches y los fines de semana en uno de sus 20.000 bares, 37.000 restaurantes y más de 3.000 discotecas, está cerrada. Clausurada. Recorrer sus calles de oriente a occidente o de norte a sur, es un mismo paisaje: desolación, silencio, ulular de sirenas de ambulancias y carros de Policía; de cientos de repartidores en bicicletas, motos y a pie; de oficinas y entidades públicas a puertas cerradas y doble candado; de parques vacíos, plazas donde solo se escucha el revoloteo de las palomas; portales de Transmilenio señalizados cada metro para guardar una distancia prudente al virus; el aeropuerto en silencio y con una larga e interminable fila de aviones ubicados en la plataforma, que dejaron de volar y hoy parecen más un recuerdo del pasado y no parte de la globalización de la nueva era del planeta.

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Es una ciudad que bulle en su encierro. Que no ha tenido el mejor comportamiento familiar y las denuncias por maltrato físico y violencia se han disparado.

La Línea Púrpura del Distrito que atiende el llamado de las mujeres violentadas registra en tan solo una semana —20 al 27 de marzo— 1.336 pedidos de auxilio. El reporte de Medicina Legal en la última semana de marzo señala que el 86 % de esa violencia familiar en cuarentena la sufrieron mujeres en pareja y adolescentes.

La ciudad tiene los ojos puestos en el centro de operaciones del presidente Iván Duque y de la alcaldesa Claudia López. Son unos de los pocos lugares de la ciudad que han estado activos. Donde se trabaja largas jornadas. En la Casa de Nariño no se ha descansado desde que empezó la cuarentena. Se trabaja en los frentes de salud y de alivios económicos, que es uno de los grandes coletazos del virus. Los colombianos están preocupados por sus trabajos, por su sustento diario.

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Desde la Alcaldía se comanda la emergencia de la capital y cada día se entrega un completo informe a los ciudadanos. La preocupación de ahora, es cómo retornar a la calle después del 27 de abril, si ese día el gobierno del presidente Duque y su equipo de asesores en la pandemia decide abrir de nuevo las puertas de las casas de los colombianos.

En el pequeño centro de operaciones, con un enorme tablero multimedia, López y su equipo de colaboradores diseña el plan para que la ciudad retorne lentamente a su vida de calle. Para ello, trabajan sobre dos pilares: El primero, que las Unidades de Cuidados Intensivos no superen el 70 % de ocupación en caso que la pandemia se dispare. Y para atender esta emergencia del virus la ciudad tiene a disposición 26 hospitales donde están disponibles 346 Unidades de Cuidados Intensivos. Llevarla al límite es la gran preocupación del equipo de médicos y de epidemiológicos.

El segundo pilar, es el control en la movilización en Transmilenio. “La vida no va a ser normal como antes”, ha reiterado Claudia López en sus mensajes diarios. Antes del confinamiento, 2.400.000 bogotanos se movilizaban a diario en este medio de transporte público.

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La nueva vida después de la cuarentena tan solo permitirá la movilización diaria del 35 %. Más personas a bordo de los buses es poner en riesgo todo lo que se ha logrado en este tiempo de encierro. Muy posiblemente se impulsará aún más el uso de la bici y menos coches rodando por la ciudad.

Todo este sueño de salir de casa se logrará, siempre y cuando, se lleve a cabo el plan de pruebas masivas para detectar el contagio en personas asintomáticas. Para ello, la Universidad de los Andes donó a la ciudad 100.00 pruebas moleculares. El Distrito invirtió $9.200 millones en otras 100.000 más y de paso adquirió 200.000 pruebas serológicas. Este plan masivo de pruebas antes del 27 de abril determinará qué tan afectada está la ciudad con el virus y si de verdad ha llegado la hora de no vivir más al revés.

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