Por JUAN FERNANDO SÁNCHEZ  
Actor, productor teatral y gestor cultural

En la ceremonia 92 de los premios Oscar, dos películas sin precedentes, compartieron nominación a mejor película

El cine, seguramente es el arte más joven, y se le denomina el séptimo arte debido, entre otras cosas, a la comunión entre éste y las seis anteriores, y a la influencia tan fuerte que tiene sobre nuestra sociedad. El cine, definitivamente es mucho más que eso: es ese fragmento de vida que es recurrente en nuestro vocabulario diario, que hace referencia a momentos determinantes en la vida de las personas y de las sociedades; es la manera vivida y a la vez distante de sucesos que permite recrear la historia particular o colectiva si se quiere; es el participante silente de innumerables conversaciones; es ese espacio lleno de magia que traslada el mundo de las sensaciones a lugares específicos de la memoria.

Desde su primera entrega, en mayo de 1929 los premios Oscar han estado acompañados no solo por el reconocimiento al mérito obtenido, sino también, a su activismo social, denunciando desde su nacimiento diferentes aspectos de nuestra naturaleza humana o sucesos coyunturales que marcaron la historia en su época.

Si bien estos momentos han sido relevantes, son vistos como síntomas o episodios aislados por su desarrollo geográfico, condición narrativa o espacio sociopolítico en el que fueron contados. Cabe resaltar que también los galardones venían acompañados de transformaciones, no solo de contenido sino también en la vanguardia cinematográfica frente a sus recursos técnicos, cambio progresivo que fue haciendo evidente las coordenadas políticas en las que estas historias eran ubicadas y la intención de la voz de sus creadores.

Este año, fuimos espectadores de una competencia polémica debido a que la edición 92 de los premios de la academia, tuvo como aspirantes al galardón a mejor película, dos historias sin precedentes: una por el género con el que se relaciona; y la otra por la lengua en la que es interpretada. Estamos hablando de Guasón y Parásito. Esta última hizo historia y se convirtió en la gran ganadora de este año tras lograr cuatro galardones: Mejor película, Mejor guión, Mejor dirección y Mejor película internacional.

Dirigida por Bong Joon Ho, Parásito es una subida y bajada, un tránsito por diferentes géneros a través de la cual el creador nos habla de la desigualdad y los estímulos encontrados para vivir en la supervivencia a cualquier costo. Hace una reiterativa simbiosis entre los personajes. Cabe resaltar una anotación del director que afirma que “̈todos vivimos en un país llamado capitalismo”. Lo peculiar de estas nominaciones, es que al hablar de Guasón estamos hablando de un personaje activo en el universo de los superhéroes, que además de ser reconocible dentro del argot popular, ha sido interpretado en varias ocasiones (cabe resaltar la remarcable actuación que en esta entrega realizó Joaquin Phoenix); y por su parte, de Parásito podemos decir, que es la primera película surcoreana en estar en competencia convirtiéndose en una joya con seis nominaciones.

radiografía paralela de una realidad

Por otra parte, la película Guasón de Todd Philips, juega con la ambigüedad de un personaje del que no se conocen muchos datos de su procedencia en las puestas anteriores en donde se ha involucrado, determinando la violencia de sus actos por factores psiquiátricos, y una larga fila de maltratos a los que el personaje se ve expuesto. Si bien, no se justifica su accionar, sí se explica un poco su conducta. Un filme donde se respira un aire de angustiosa incomodidad en una ciudad gobernada por el caos.

Estas dos películas hacen parte de dos universos distintos pero comparten un mismo espíritu que denuncia una humanidad fragmentada, unos personajes golpeados por las circunstancias y arrojados a un desenlace, donde si bien son responsables también son consecuencia de un entorno que evidencia la pérdida de sensibilidad por las necesidades de los semejantes y sus debilidades.

El común denominador de los dos creadores, es la necesidad de exponer el retrato de la sociedad actual, por cuanto más allá del éxito en las salas o los múltiples reconocimientos que han obtenido hasta el momento cada una en su camino en paralelo, ya se convierten en un legado de las sociedades por ese vínculo intenso que tienen con el momento crucial que vivimos, donde la modernidad y el mundo virtual enmarcan a las personas en un escenario individual e indolente.

Lo realmente importante de estos dos filmes, es que son dos radiografías casi apocalípticas de nuestro hoy, un hoy lleno de estallidos sociales que no vivíamos en años, las juventudes reclamando una voz que había estado ahogada, y con los visos de un cambio de orden mundial.

Es muy vivificante, que en una época tan convulsa donde la aceptación y el prestigio empezaron a ser digitales, y la soledad de la interacción es más que habitual, existan espacios para remecerse y cuestionar ciertas posiciones, buscar en la conversación y la socialización de conceptos, un espacio de esperanza y de un activismo que transforme.

La reseña y crítica de estas dos películas las dejo en manos de ustedes. Si no las han visto: véanlas, y si ya las vieron: véanlas otra vez.

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