Por Daniela Abisambra Bernal / Comunicadora social e internacionalista, premio CPB, Podcast Curioseame sobre la vida de los jóvenes/ @danielaabisambrab

La vida nos dio un giro de 180º. Lo que dábamos por sentado como un abrazo, una salida con amigos, un concierto rodeados de multitudes o un saludo a nuestros padres y abuelos, pasó de ser una realidad inocente a un peligro inminente y solo nos preguntamos ¿en qué momento ocurrió?

El 2020, fue un año tan complejo que no podemos encerrarlo en un solo tag. No podemos decir que solo desastre o preocupación, tampoco que fue un año perdido. Para algunos significó crecimiento, para otros desesperanza, para muchos otros miedo y frustración, pero algo que ciertamente podemos decir fue común para todos es que fue un año que definitivamente no olvidaremos. 

Cuando nos comimos las 12 uvas a las 11:59 p.m. el 31 de diciembre deseamos muchas cosas para el año que comenzaba. Viajes, estabilidad financiera, suerte en el amor… pero nunca nos imaginamos que la salud sería aquel deseo que con mayor fuerza teníamos que pedir. Con el comienzo de un año se reavivan las esperanzas, los jóvenes estamos más comprometidos que nunca a cumplir nuestros sueños, nos inscribimos a un gimnasio que probablemente ni asistamos meses después, nos proponemos a cambiar, a trabajar más duro, a mejorar. Pero con la llegada de marzo y con esta la alerta de una pandemia, estos anhelos de año nuevo de un golpe se fueron esfumando.

Entonces la vida nos dio un giro de 180º a todos. Lo que dábamos por sentado como un abrazo, una salida con amigos, un concierto rodeados de multitudes o un saludo a nuestros padres y abuelos, pasó de ser una realidad inocente a un peligro inminente y solo nos preguntamos ¿en qué momento ocurrió?

¿En qué momento tantos cambios terminaron produciendo esta nueva realidad social? Una realidad en la que los jóvenes nos vimos enfrentados a un nuevo rol hasta el momento desconocido: cuidar de quienes cuidaban de nosotros. Esta nueva realidad implicó una vida nueva, una vida en pandemia. 

El cambio más grande que nos trajo esta nueva normalidad fue una nueva sensación de responsabilidad colectiva. Nos vimos obligados a hacer un giro en nuestras prioridades. Dejamos de hacer lo que mejor sabemos hacer los jóvenes y es acumular experiencias en el mundo real para pasarlas a crear virtualmente por y para nuestros mayores. Pues para nadie es un secreto que lo que más nos lleva a cuidarnos de esta enfermedad no somos nosotros mismos sino nuestras familias. Acá el punto no es que nos creamos inmortales ni que no haya jóvenes que se enfermen o estén realmente asustados de contagiarse. Pero el hecho innegable que nuestro mayor miedo es la fragilidad de nuestros padres o abuelos y la potencial culpabilidad de ser nosotros quienes llevemos hasta su puerta esta temible enfermedad. Así pues, nuestros días se convirtieron en una pantalla más. Lo que antes era repudiado por los padres por nuestro excesivo uso se convirtió en nuestro único modo de socializar. 

Se pararon o postergaron indefinidamente nuestros planes. Los intercambios fueron cancelados, las anheladas graduaciones se volvieron un diploma enviado por correo y una felicitación virtual, los primeros empleos de muchos se vieron finalizados antes de incluso poder arrancar. La generación del cambio tuvo que cambiar. Nos tuvimos que detener, desacelerar el ritmo que llevábamos, nos tuvimos que sentar a pensar y por un momento dejarnos de mover.

Las “zoomfiestas” se volvieron nuestro plan de fin de semana, cambiamos el bar por el supermercado (lugar predilecto para las salidas, una labor de la que se libraron los padres), nuestra tolerancia al encierro y a la fatiga fueron puestas a prueba, las aplicaciones para conocer gente se dispararon. Se pusieron a prueba muchas de nuestras relaciones entre ellas las amistades. Muchas relaciones flaquearon y bastantes otras comenzaron. Empezamos a ver quien a pesar de la distancia y el espacio estaba y quien no era más que un amigo de compañía. Muchos amoríos terminaron por la dificultad de verse, por la monotonía de una videollamada o solo una visita en casa y muchas otras encontraron en el encierro un motivo para darse una oportunidad con alguien nuevo.

Pero no solo nuestra vida social y amorosa cambió. Nuevas preocupaciones surgieron y reforzaron otras ya existentes. Y para no irnos más lejos hablemos de dos casos en específico: el deterioro de la salud mental como un efecto colateral del encierro y el creciente miedo a la incertidumbre laboral producto de la crisis económica que trajo la pandemia y que se quedará con nosotros por un tiempo. Un estudio hecho por UNICEF en América Latina arrojó que el 30 % de los jóvenes están experimentando ansiedad desde marzo y el 46 % tienen menos motivación para hacer las actividades que antes disfrutaban. De igual forma la realidad económica nos deja a más de uno con un sinsabor que refuerza las cifras anteriores: si la búsqueda y mantenimiento de trabajo en condiciones normales era un desafío, en estas es casi una utopía. 

Podríamos quedarnos horas y muchas hojas de texto explorando la cantidad de cambios “negativos” o desafíos que nos ha impuesto la nueva realidad en nuestras vidas, pero entonces no habríamos aprendido nada de lo que este año nos enseñó y es el valor de las cosas pequeñas. El valor de una conversación cara a cara, de un abrazo a nuestros seres queridos, la oportunidad de ver al otro como un par y no como un riesgo. Si hay algo que este año nos dejó fue la revalorización de lo más simple, la salud, compartir un espacio con los que queremos, pero también la posibilidad de replantearnos nuestros cimientos, reinventarnos y persistir.